sábado, 11 de marzo de 2023

[ 3' 40'' ] El reencuentro





No hay sensación más gratificante que la producida por una buena ducha tras una larga jornada de trabajo. Mientras que el vapor y los chorros de agua caliente le liberan de la tensión acumulada, un dolor persistente en el hombro y una cicatriz en su brazo le recuerdan, constantemente, que la vida puede cambiar en un instante.

<<<<<<>>>>>>

Su humilde origen junto con la repentina pérdida de su padre le obligaron a dejar su pueblo y probar suerte en la gran ciudad. Su vida podría haber dado un giro inesperado cuando ganó un torneo de póker, pero en lugar de continuar por ese camino incierto, decidió enfocarse en algo más seguro y, aconsejado por su novia, apostó por invertir el premio en un pequeño local. Tras años de esfuerzo y dedicación logró convertirlo en una compañía de inversiones.

Desde el primer momento, dejó claro que tenía un don para las finanzas y pronto descubrió su habilidad en los negocios y su capacidad a la hora de tomar decisiones difíciles. Durante toda su trayectoria profesional utilizó sistemas poco convencionales alejados de las reglas absurdas que había aprendido en la universidad. Sin embargo, los resultados hablaban por sí solos y con el paso del tiempo se convirtió en uno de los inversores más ricos, respetados y exitosos del mercado bursátil.

<<<<<<>>>>>>

Utilizó dos toallas para secar su cuerpo y, al finalizar, las depositó en la cesta de la ropa sucia. Sobre la cama, cuidadosamente dispuestos, encontró una camisa de Armani, unos pantalones de motociclismo y una elegante cazadora de piel. Con cuidado, se vistió y se perfumó. Eligió con esmero un reloj adecuado para la ocasión y rebuscó, entre todas las gafas de sol que tenía, las más apropiadas para conducir en moto.

Una vez en el recibidor, sus ojos se fijaron en la cómoda de roble. Sabía que allí guardaba sus tesoros más preciados. Con calma, abrió el segundo cajón; de él sacó una caja envuelta en papel de regalo, adornado con motivos infantiles. Sus lazos de seda parecían haber sido atados por un artista; sin duda se trataba de un trabajo minucioso y detallado. Seguramente contenía el obsequio perfecto para la pequeña Sarah.

Dejó la caja y decidió centrarse en el sobre que yacía a su lado. Le sorprendió comprobar como el papel de alta calidad, junto con el sello de lacre rojo, hacía que el sobre pareciese más importante. Con sus dedos temblorosos, lo abrió, echó un vistazo a su interior y se aseguró de que se encontraba su carta junto con varios billetes de avión a un destino exótico, esos que solo se ven en las revistas de viajes. Ahora, finalmente, tendrían la oportunidad de escapar de su rutina y disfrutar de la belleza de aquel destino.

Después se dirigió hacia el garaje. Con una pequeña sacudida, la vieja y fiel Harley-Davidson cobró vida. Había sido un capricho costoso, regalo de su esposa Rachel, como recompensa por ganar su primer millón. El rugido de aquel motor le evocó tiempos pasados, tiempos mejores. Se incorporó a la carretera para recorrer el trayecto que había hecho tantas veces pero que aún le llenaba de emoción. El viento en su rostro, la sensación de libertad y la velocidad le permitían olvidarse del resto del mundo. Sabía que su Harley era su compañera fiel en cada aventura y se sentía agradecido por los momentos que podía pasar a su lado. Al igual que su esposa, formaba parte de su alma.

El tiempo se le agotaba. El encuentro era a las ocho menos diez y, por una vez en su vida, no quería llegar tarde a una cita tan importante. Le quedaban 32 millas por delante y contaba, tan solo, con una hora para llegar a su destino.

-¿Quién demonios se cita a una hora tan inusual como las ocho menos diez de la noche?- se preguntó entre susurros.

Surfeaba las curvas con una técnica impecable y, aunque en ningún momento pisó el freno, tampoco excedió los límites de velocidad. Conocía esa carretera a la perfección; cada fin de semana, recorría la distancia que separaba la ciudad de Providence de las cristalinas aguas de Newport. Cuando vio la infinita recta del puente de Jamestown-Verrazzano resistió la tentación de acelerar y se mantuvo a una velocidad prudente, rozando justo el límite. Al llegar a la isla de Rhode Island se encontró, de nuevo, con una carretera serpenteante que le obligó a reducir la velocidad. Sin embargo, tras pasar por el peaje del puente Claiborne Pell, más conocido como Newport Bridge, decidió dar más gas a la moto, inspiró profundamente y, entonces, sus pulmones recibieron una sobredosis de salinidad procedente de la bruma de la bahía. Después, la aguja del velocímetro empezó a subir de forma uniforme, superando las 80, 100, y finalmente, 120 millas por hora. Una vez sobrepasada la mitad del puente giró bruscamente el manillar y su moto hizo un quiebro extraño, estrellándose contra uno de los pilares de hormigón. 

Aunque inexplicable, había sido una decisión meditada durante años. Exactamente..., cuatro años; el tiempo transcurrido desde que su esposa y su hija perdieron la vida en ese mismo lugar. Durante todo este tiempo la culpa le persiguió, pues era él quien conducía el BMW el día del accidente. Intentó buscar una y mil excusas para no sentirse responsable: Quizás no debía haber bebido aquella cerveza, quizás los últimos rayos de sol le habían deslumbrado, quizás circulaba demasiado deprisa. Ahora, nada de eso importaba.

La circulación del carril en dirección Este había sido bloqueado pocos metros después del peaje, en cambio, en el otro carril se había formado una larga cola de vehículos de conductores que aminoraban su velocidad para satisfacer su curiosidad. Los empleados de la funeraria llegaron para retirar el cadáver que estaba atrapado entre los restos de la moto destrozada, mientras un trabajador de limpieza de carreteras esparcía arena sobre la mezcla de sangre y combustible que se había derramado por el asfalto.

Entre el amasijo de hierros descubrieron una caja que contenía los restos destrozados de un osito de peluche y un sobre, con una carta escrita por Jacob años atrás. Ahora, tal vez algún empleado de limpieza esté disfrutando de unas exóticas vacaciones gracias a esa inesperada recompensa.

<<<<<<<>>>>>>

A pesar de no haberme despedido de vosotras, lo que realmente importa es que estamos juntos de nuevo y solo lamento no haber tomado antes esta decisión.

Siempre noté vuestra presencia y ahora que estoy aquí, todo ha cobrado sentido. Puedo abrazaros y prometo que nunca más os abandonaré.

Rachel y Sarah, os amo con todo mi corazón.

Jacob Brandon

Esteban Rebollos (Marzo, 2023)




sábado, 18 de febrero de 2023

[ 2' 40'' ] Un encuentro casual




No fue la primera vez que te vi sentada en ese banco. Aunque eres una mujer joven, tu postura encorvada y tu mirada perdida me indicaron que tenías problemas.

Me preocupó verte allí, tan sola y triste, que decidí acercarme; quizás unas palabras de aliento harían que tu rostro reflejase una sonrisa.

Me aproximé con cautela, sin querer incomodarte, y me senté a tu lado en el banco. Recuerdo que alzaste la vista y, sin decirme nada, fijaste tus ojos en los míos; solo entonces te reconocí; habíamos coincidido varias veces en la consulta de psiquiatría.

En ese momento no sabía si preferías hablar o deseabas permanecer en silencio. Por suerte, y contra todo pronóstico, empezamos una conversación. Al principio, tratamos temas banales pero, pronto, nuestra improvisada charla derivó hacia asuntos más trascendentales.

Recuerdo que te animé a hablar de lo que te afectaba y confesaste que estabas luchando contra la depresión y la ansiedad y, a pesar de que te sentías identificada con algunas personas del grupo de terapia, seguías abrumada por la situación.

Estuvimos hablando un buen rato y, durante esos minutos, percibí un cambio gradual en tu rostro; poco a poco, aquella dura expresión se fue relajando y, me atrevo a decir, que me pareció percibir algo cercano a una sonrisa. Al terminar, me agradeciste no intentar darte consejos.

Fue emocionante ver cómo una simple conversación provocó un impacto tan positivo. Entonces me sentí feliz, y recordé la importancia que tuvo en mí ser escuchado y recibir apoyo en los momentos más difíciles. No siempre es necesario usar las palabras adecuadas o dar las respuestas correctas, a veces, con estar acompañado uno consigue sentirse a gusto y encontrar la luz al final del túnel.

Nuestras conversaciones continuaron y pude ver cambios significativos en ti. Empezaste a sonreír con más frecuencia, volviste a disfrutar con tu trabajo y encontraste a alguien con quien compartir tu vida.

Años después, aún seguimos en contacto. Cada jueves asisto a terapia: cuarenta minutos hablando de mis problemas y dejándome aconsejar por una persona que consiguió salir de su depresión.

De vez en cuando, coincidimos en el patio del hospital y ahí es donde me cuentas tus secretos; momento en el que me siento feliz por ti, por ver lo mucho que ha cambiado tu vida desde aquella primera conversación.

A pesar de ser tu paciente, espero seguir ayudándote siempre que lo necesites.


Esteban Rebollos (Febrero, 2023)


jueves, 16 de febrero de 2023

[ 3' 00'' ] La tristeza de Medea





Dicen que no hay nada más doloroso que perder a un ser querido, especialmente, si se trata de un hijo. Y es verdad, no hay palabras para describir el sufrimiento que se siente al verle partir antes que uno mismo. Pero mi dolor se mezcla con la vergüenza y la culpa, pues el verdadero motivo de su pérdida es que he sido una pésima madre y esposa.

Las primeras semanas después del accidente, me sumí en una profunda depresión al derrumbarse el mundo a mi alrededor. Me resultaba difícil controlar mis emociones y me escondía para llorar en cualquier rincón. A veces me refugiaba en el aseo, otras, en el cuarto de la limpieza, o simplemente me dejaba llevar por la tristeza mientras caminaba por los pasillos.

Sólo encontré alivio asistiendo a las reuniones de apoyo en el centro de psiquiatría. Allí nos juntamos un grupo de mujeres que perdimos a nuestros hijos. Colocamos las sillas en círculo para crear un ambiente de confidencialidad y, así, compartir nuestros problemas y sentimientos. Al principio, me costó abrirme a las demás. Me sentí avergonzada por lo que había hecho y tenía miedo de que me juzgaran, pero luego me di cuenta que es reconfortante saber que no estoy sola, que hay otras compañeras que están pasando por lo mismo y, al igual que yo, buscan la redención.

Sin embargo, no todos los casos son iguales. Según cuentan, el bebé de Almudena se ahogó en la bañera con tan sólo dos meses, los hijos de Sofía desaparecieron una fría noche de noviembre y la hija mayor de Laura murió desangrada en un accidente doméstico. Historias adornadas para ocultar que han sido negligentes con sus hijos o los han perdido de forma violenta, incluso, utilizando sus propias manos. En ocasiones las miro e intento comprender el sufrimiento que las envuelve, pero no es posible, ya que el dolor siempre es indescriptible.

De vez en cuando, las reuniones semanales dejan de ser tristes y emotivas; a veces, nos reímos mientras compartimos los recuerdos felices de nuestros hijos. Hay momentos en los que nos sentimos más livianas, como si el peso del dolor fuera un poco más fácil de sobrellevar pero, al finalizar, cada una de nosotras vuelve a su celda para llorar en soledad. Y allí es donde me doy cuenta de que, aunque compartimos el dolor, yo soy diferente. Sé que no todos comprenden lo que siento pero, aún así, me importa lo que piensan. Estoy segura de que mi exmarido cree que soy un ser despreciable por haber matado a nuestro hijo.

Me encuentro ingresada en el pabellón de psiquiatría, dentro del módulo de reclusas peligrosas. Cuando llegué me dijeron que mi pequeño de cinco años había muerto. Es verdad que no recuerdo bien aquella noche, pero sé que la suerte no tuvo nada que ver con ello. Tras el juicio quedó probado que fui yo quien soltó su cinturón de seguridad para después estrellar mi coche contra uno de los pilares del puente.


                 <<<<<>>>>>


Sabes que lo hice por despecho y comprendo que no quieras perdonarme. Sólo deseo que algún día puedas entender que estoy tratando de hacer bien las cosas. Ahora, mi objetivo es recuperarte y, si me esperas, te daré otro hijo.


Esteban Rebollos (Febrero, 2023)


jueves, 26 de enero de 2023

[ 2' 12'' ] Punto de inflexión


Cada noche, tras los golpes, los insultos y los platos rotos, la oía llorar. A veces se trataba de un sollozo ahogado, otras, en cambio, un leve gemido de sufrimiento.

Sergio, el viejo cascarrabias del edificio, no podía ayudarla como quisiera pues sus limitaciones le impedían enfrentarse a un hombre 30 años menor que él.

Estaba seguro que todo acabaría si su vecina tuviera el coraje de denunciar a su marido, pero esa no era una decisión sencilla de tomar ya que la joven temía las represalias de un hombre celoso y opresor.

Una noche, cansado de escuchar los gritos de la chica, decidió llamar a la puerta de la pareja y encararse con el marido. El hombre, que estaba borracho, le insultó, amenazó y, finalmente, acabó empujándole escaleras abajo. Una ceja rota y el cuerpo lleno de moratones fue la única recompensa recibida por ese imprudente acto de valentía.

Al día siguiente, el anciano decidió llamar a la comisaría y, tras veinte minutos de espera, por fin consiguió denunciar lo que estaba padeciendo la chica.

Y gracias a esa denuncia "anónima", aquella misma tarde, una patrulla de la Policía Local se presentó en el domicilio de la pareja y, poco después, los vecinos observaron cómo se llevaban al joven esposado. Esa noche, por primera vez, no la escuchó llorar.

A pesar de lo sucedido, ella no ratificó la denuncia y su marido regresó tres días después. Aunque la primera semana no hubo discusiones, tras las campanadas de Nochevieja se volvieron a escuchar golpes y gritos.

Como era de esperar, el nuevo año empezó con nuevas lesiones. Una fractura en el brazo, una costilla quebrada y, sobre todo, la vergüenza por mostrarse con la cara amoratada impidieron que Raquel saliese de casa esos primeros días.

Sergio, atento a todo lo que le pasaba a la joven, la vio sollozando mientras tendía la colada. Con la vista perdida y encerrada en su mundo interior, no había dudas de que estaba sufriendo una profunda depresión.

««««»»»»

La mañana del día de Reyes, una llamada de Sergio alertó a la policía de lo sucedido momentos antes. Quince minutos después, un coche patrulla aparcó frente al edificio y el anciano fue, inmediatamente, detenido. Por supuesto, no se resistió; a sus 86 años poco le importaba lo que fuera de su vida tras haber apuñalado al joven.

Ahora, su rostro aparece sonriente en la sección de sucesos de todos los noticieros. Nadie, salvo Raquel, conoce la verdadera razón de dicha sonrisa...

Ese mismo día, Raquel encontró en su buzón una carta con un: "Espero que disfrutes de mi regalo. ¡Feliz Día de Reyes!".

Aquel fue un decisivo punto de inflexión en la vida la joven, desde entonces, ha rehecho su vida, sonríe más a menudo y, por supuesto, no ha vuelto a llorar.

Esteban Rebollos
(Enero, 2023)

Nota del autor: En España, 49 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas en 2022 y, lamentablemente, según los datos de principios de año, no parece que el 2023 vaya a ser mejor.

jueves, 22 de diciembre de 2022

[ 2' 26'' ] Al mal tiempo, buena cara



Sergio, un año más, comió las uvas en soledad. Cada Nochevieja, desde que enviudó, coloca dos copas de cava en su mesa, una por él y otra por su amada, Aurora. Ella partió sin esperarle y él, una y mil veces, pensó en seguirla pero, por suerte, nunca tuvo el coraje de hacerlo.

María, en cambio, a pesar de estar rodeada de su multitudinaria familia, también comió las uvas en soledad. Con un divorcio traumático a sus espaldas, había aprendido a desconectar de todos los que la rodeaban y centrarse, únicamente, en sus recuerdos.

<<<<<<>>>>>>


A pesar de lo que pudiera parecer, las vidas de Sergio y María no distan mucho la una de la otra. De hecho, ya han coincidido en alguno de los comercios del barrio. Sus inusuales puntos de encuentro, entre otros, han sido el banco, la farmacia y, en múltiples ocasiones, el supermercado. Lugares en los que han intercambiado miradas y sonrisas; un signo inequívoco de complicidad.

Aquella mañana, Sergio salió muy temprano dispuesto a realizar las compras de última hora pero, antes de pasar por el mercado, decidió llevar su colada a la lavandería. Sin duda, una vieja superstición para iniciar el año con buena suerte.

Al llegar al establecimiento, una sorpresa le alegró el día. Allí estaba María, portando un cesto de ropa recién lavada lista para la secadora. Él, por su parte, sacó varias sábanas y mantas de un petate militar y las introdujo en la lavadora industrial. A continuación, se inventó la excusa de no tener cambio para iniciar una conversación con ella y, durante los siguientes cuarenta minutos, ambos mantuvieron una charla amena y distendida.

Una hora más tarde, por fin, pasó por el mercado donde compró todo lo necesario para preparar una espléndida cena, aún sabiendo que esa noche no tendría compañía.

Tras su conversación, ambos tuvieron la agradable sensación de haberse encontrado con un viejo compañero de Universidad, una antigua novia o un hermano al que se le hubiese perdido la pista hacía décadas.

María, a pesar de no haber salido de casa, en varias ocasiones se asomó a la ventana con la esperanza de encontrar un rostro amable mirándola desde el otro lado de la calle. Por desgracia, nadie esperaba bajo la lluvia.

<<<<>>>>>>


Una vez acabada la cena, Sergio descorchó una botella de cava y brindó por Aurora, su querida esposa, fallecida cuatro años atrás.

Por su parte, María, después de las campanadas, se preparó un té bien caliente con la intención de acostarse y dormir plácidamente, pero, alertada por el resplandor de un rayo caído a escasa distancia, cambió sus planes. Interpretó aquel hecho como un punto de inflexión en su vida, un despertar hacia una realidad en la que sus emociones tomaban fuerzas. Fue entonces cuando tuvo la imperiosa necesidad de salir a la terraza desde donde observó la luz cálida que desprendía el salón del chalet que tenía enfrente.

Sergio, finalmente, se había quedado dormido pensando en la belleza y simpatía de María pero, de pronto, el incesante golpeteo de una rama contra la cristalera del salón le despertó, invitándole a acercarse a la ventana. En ese instante, al verle, María agitó su brazo en señal de saludo y Sergio no pudo evitar responder con una sonrisa. Entonces, ella alzó su copa y él, con el corazón a mil, le devolvió el brindis.

Minutos más tarde, María se dejó llevar por un impulso desconocido hasta entonces; fue a la entrada, sacó su abrigo del armario, cogió un paraguas y, con un "Vuelvo pronto", salió velozmente de casa. Empujada por esa misma fuerza, extraña, inexplicable, que percibió durante todo el día, cruzó la calle, siguió ese "hilo rojo" del que muchos hablan y se detuvo frente a la casa de Sergio.
Bajo la intensa lluvia, dudó de sí misma, pensó que ya era mayor para tales locuras y fue entonces cuando decidió volver a su hogar.

Al mirar a través del cristal de la entrada, Sergio pudo verla bajo la lluvia, parada, dubitativa, intentando protegerse con su paraguas, maltrecho por el viento. La mujer con la que había soñado estaba frente a su casa pero, de pronto, vio como se giraba para retornar el camino. Se había arrepentido. En ese instante, Sergio comprendió que no podía perderla.
Se puso, rápidamente, un viejo jersey que tenía a mano y se lanzó escaleras abajo en busca de María.

Al llegar junto a ella, no hablaron. No fue necesario. Se fundieron en un abrazo y ambos se sintieron aliviados por saber que ya no estarían solos. Desde entonces, María y Sergio disfrutan de su amistad y de esos maravillosos momentos que comparten juntos.

<<<<>>>>


En la soledad de la noche, el mal tiempo fue el encargado de cambiarlo todo, de juntar dos almas que, quizás en otra época del año, no habrían unido su destino.

Ya lo dice el refrán:
"Al mal tiempo..."

Esteban Rebollos
(Diciembre, 2022)


domingo, 6 de febrero de 2022

[ 0' 40'' ] En el camino






Apenas dispongo de unas horas para cruzar la frontera antes de que las tropas rusas me impidan el paso.

Las líneas aéreas han suspendido todos sus vuelos con destino u origen en Ucrania y miles de vehículos permanecen bloqueados en las carreteras.

Atrás dejo familia, amigos, años de trabajo, sudor y lágrimas. Demasiadas lágrimas. He vivido momentos de grandes sacrificios para tener un futuro en mi tierra que, ahora, se ha desvanecido.

Ligero de equipaje me desplazo serpenteando pueblos o ciudades y, a pocos días del inicio del conflicto, los numerosos puestos de control ya han provocado que las carreteras se vuelvan peligrosas.

Mis únicas pertenencias se encuentran en una mochila donde transporto lo imprescindible para subsistir durante unos días. Entre mi ropa, escondo documentos, dinero en efectivo y, por supuesto, mi pistola Stechkin, irónicamente, de fabricación rusa.

Tras años fuera de mi país, por fin regreso a la ciudad que me vio nacer, Kiev. Retorno para unirme a la milicia ucraniana y, si tengo que morir, lo haré en mi tierra, luchando contra el invasor.

Esteban Rebollos (Febrero, 2022)

miércoles, 18 de agosto de 2021

[ 0' 20" ] Veinte segundos

Veinte segundos es lo que tardaré en perder la conciencia y morir. Un tajo certero en mi pierna ha sido suficiente para que los sicarios del Estado acaben con mi vida. Y es que ser periodista, en un país como Rusia, es un riesgo que muy pocos estamos dispuestos a asumir.

Ahora, mi cuerpo descansa sobre una gran mancha de sangre que se extiende por el pavimento de la Plaza Roja. Por suerte, no siento dolor pero resulta irónico morir, precisamente, mirando al Kremlin.

Han pasado veinte segundos y ya estoy muerto. Lo sé.

Esteban Rebollos (Agosto, 2021)

lunes, 14 de junio de 2021

[ 3' 30'' ] Sin medias tintas




 (Una historia de la Yakuza)


Tras mi muerte me arrancarán la piel y la venderán al mejor postor.

Quizás sea un orgullo ser expuesto en una vitrina como un animal de caza —dijo Hikaru, esbozando una sonrisa.

******


Hikaru y Tadashi, amigos desde la infancia, practican Kendo dos veces por semana en el Budo Kyotoshi, en pleno corazón de Kioto. Desde hace más de seis décadas este dojo es el centro de reunión de los miembros de más alto nivel de las Yakuzas de la costa este japonesa.

Durante más de una hora, los continuos ataques, a veces con sables de bambú, a veces con dagas de madera, se acompañan de gritos agudos que aumentan la intensidad de cada golpe. Si bien, la mayoría de los envites son parados con el sable, algunos consiguen alcanzar el cuerpo del contrincante provocando gran dolor. Los golpes son tan contundentes que ninguna protección evita que aparezcan marcas y moratones bajo una armadura realizada con algodón, acero y cuero.

Tras la práctica intensa de cualquier arte marcial, no hay nada más reconfortante que disfrutar de un baño de aguas termales, el llamado, "onsen". Es ahí donde las conversaciones y acuerdos entre los miembros de distintos clanes adquieren su mayor relevancia. Más tarde esos pactos se firmarán, unas veces con tinta en los despachos de los grandes rascacielos, otras, con sangre en algún oscuro callejón.

Cuando Tadashi se quitó el casco y la armadura, lo primero que resaltó de su cuerpo fue su blanco hombro izquierdo. Única zona, de cuello para abajo, sin tatuajes. Sí, la única. El contraste de los colores negro y rojo hacía que su piel, en aquella zona aún virgen, resplandeciese con más intensidad. En cambio, en su espalda, una gran carpa japonesa nadando a contracorriente, le recuerda, constantemente, su deseo innato por triunfar.

El ritual del baño se inicia con una primera ducha tonificante y, a continuación, sentado en un minúsculo taburete, casi en cuclillas, Tadashi limpia su cuerpo con una pequeña toalla. Posteriormente, vestido con un kimono de algodón y chanclas de madera sale de los muros del acogedor dojo para dirigirse a las pequeñas oquedades talladas en la roca volcánica. Junto a él se extiende un gran espacio repleto de jacuzzis naturales, un lugar reservado únicamente para hombres. Sus cuerpos tatuados son señal inequívoca de la férrea jerarquía establecida dentro de la Yakuza.

Cada tatuaje, "irezumi", simboliza un hecho importante en la vida de su portador, habitualmente, éxitos relacionados con la actividad delictiva desarrollada en la organización. Desde los pequeños ramilletes de flores de loto o crisantemos en diversos tonos de grises que representan los asesinatos realizados por encargo, a los llamativos símbolos religiosos, personajes legendarios o serpientes multicolores que reafirman el estatus conseguido a lo largo de los años.


Y es que ningún tatuaje se realiza al azar, ni tan siquiera se trata de un capricho efímero. El maestro tatuador, único artista que puede hacerse cargo de un trabajo una vez empezado, es elegido por su larga experiencia en los diseños y el uso de las distintas tonalidades. No todos se atreven a utilizar en sus trabajos tintas de llamativos colores como el rojo, verde o amarillo. Solo unos pocos maestros tatuadores guardan el secreto de los pigmentos que los componen; en su mayoría elementos venenosos, perjudiciales para la piel si no se administran con mesura y conocimiento.


******


Se hicieron amigos mientras deambulaban por las calles que les vio nacer; calles de un barrio pobre, inmerso en los muelles portuarios de la gran ciudad. Crecieron entre timbas de marineros, prostitución, tráfico de drogas y estraperlo de mercancías proveniente de ultramar. Y, años más tarde, tras una adolescencia rebelde, decidieron buscarse la vida, acabando en el único lugar donde fueron bien recibidos, la yakuza regional. Allí comenzaron con pequeños encargos; normalmente trabajos de extorsión a comerciantes y constructores.

Con el paso del tiempo, obtuvieron un renombre dentro de la organización al no amedrentarse ante ningún grupo rival, aunque, por supuesto, no se libraron de algún que otro golpe o, incluso, algún que otro, navajazo. Sus trabajos, siempre en pareja, les llevó a recibir el apodo de los "Gemelos Rõnin", en clara alusión a la leyenda de los 47 samuráis que vengaron la muerte de su señor feudal.

Pero los problemas siempre acaban llegando y, en esta ocasión, como no podía ser de otro modo, de la mano de una mujer. Aratani, una chica de origen humilde, raptada y obligada a prostituirse en uno de los múltiples garitos de la zona portuaria, entró en sus vidas cuando los "gemelos" decidieron darle una oportunidad, sacándola de aquel ambiente. Con el paso del tiempo, ambos se enamoraron de ella y, por ella, empezaron las primeras discusiones.

A pesar de jurarse fidelidad y respeto, la rivalidad creció entre ellos. Cuando Tadashi decidió tatuarse una geisha con el rostro de Aratani, Hikaru se enfadó hasta el punto de retarle a un combate a muerte. Por suerte o por desgracia, el fatídico asesinato de la chica, por parte de un clan rival, evitó que el combate llegase a celebrarse. Más tarde, debido a ese trágico suceso, retomaron el contacto entre ellos, hasta consolidar, nuevamente, su amistad.

******


¿Cuántos tienes? —dijo señalando su cuerpo.

Demasiados. Hace tiempo que perdí la cuenta.

¿Y el hombro? Aún no está tatuado.

Está reservado para algo especial.
¿Cuál te gusta más?

No he visto ningún dragón.

******

Dos años después de aquel último combate de Kendo y antes de que el Alzheimer estuviese en su estado más avanzado, Hikaru le solicitó ayuda a su amigo para poner fin a su vida. Tadashi, atendiendo a su petición, inició el ritual del "seppuku", la milenaria ceremonia japonesa del suicidio, prohibido en nuestros días.


Ahora, Tadashi, luce un dragón en su hombro derecho junto al retrato de Aratani, su gran amor. Un recuerdo permanente de su buen amigo, Hikaru. Este es el único tatuaje de su cuerpo que no simboliza un asesinato, sino todo lo contrario, una muerte digna y honrosa.
Por supuesto, es el tatuaje del que más orgulloso se siente.


Esteban Rebollos (Junio, 2021)


martes, 27 de abril de 2021

[ 3' 45'' ] La llamada

Ocho años atrás, justo después de enviudar, Marta abandonó las formidables vistas de la sierra madrileña para trasladarse a un pequeño apartamento en pleno barrio de Embajadores. En aquel momento pensó que la cercanía de sus hijas sería sinónimo de estar más acompañada. Nada más lejos de la realidad.

Sus hijas pronto tomaron caminos muy distintos. La mayor encontró el amor en Irlanda y, allí se quedó para formar una nueva familia. En cambio, la pequeña visitaba a su madre, únicamente, cuando su vuelo hacía escala en Madrid, con suerte, una o dos veces al mes.

Durante esos años, la madre las llamaba en muy pocas ocasiones y, cuando lo hacía, evitaba hablar de sus sentimientos, de lo infeliz que se sentía y de la soledad en la que se encontraba. A pesar de todo, la hija menor intuyó que algo no iba bien y pudo confirmar sus sospechas durante una escala en Madrid. Finalmente, la madre le confesó que no podía olvidar a su marido y, aunque no lo dijese, le seguía echando de menos. Estaba convencida de estar pasando una depresión.

<<<<<>>>>>

Sin saber cómo, una llamada cambió su vida. Un desconocido había marcado su número de teléfono a altas horas de la noche y, lo que se inició como una inoportuna molestia, se convirtió en una conversación distendida y con un final sorprendente... la promesa de volver a hablar al día siguiente.

Y así fue. Esa misma mañana, la persona con la que habló la noche anterior, marcó su número de teléfono. Desde ese día, las llamadas se sucedieron una o dos veces por semana hasta que, poco después, pasaron a ser diarias. Álex era un hombre encantador, atento, cariñoso y, sobre todo, un buen conversador.

A partir de las primeras llamadas, sus charlas le hicieron sentirse especial. Por fin, Marta pudo hablar sobre sus sentimientos con alguien que se encontraba en su misma situación. 

Ahora hablan de todo, de todo lo que se les antoja: sus amigos, sus sueños, sus expectativas... Y, así, Marta comprende que es lo suficientemente joven y aún puede disfrutar de una vida mucho más placentera.

Desde hace dos meses, una sensación de alegría e ilusión invade todo su cuerpo. Por fin encontró su alma gemela; una persona maravillosa que tiene su misma edad, comparte sus mismos gustos y, sobre todo, le hace feliz.

Aunque habitualmente la mayoría de sus charlas tratan de cosas banales o temas cotidianos, a veces, también tienen sus momentos de intimidad. Es, entonces, cuando las conversaciones se vuelven más afectuosas y sugerentes. Y son, precisamente esos instantes, los que aprovechan para intercambiar sus secretos. Sea como sea, cada noche, Marta espera ansiosa la llamada que rompa su soledad.

Ahora, canturrea mientras trabaja en su bufete. Incluso, afronta las tareas monótonas del hogar con una sonrisa y, por primera vez en meses, se encuentra con ánimo suficiente para preparar deliciosos postres, aún sabiendo que son solo para ella. Por fin se siente bien, libre y dispuesta a disfrutar de su vida.

<<<<<>>>>>

—¡Demasiado bonito para ser verdad! —le comentó una amiga.

Aquellas palabras revolucionaron su mente. Eso, y una reciente noticia de chicos jóvenes que embaucaban a mujeres para sacarles joyas y dinero, la sumió en la intranquilidad. Se prometió que a ella no le pasaría lo mismo.

—¿Sabes algo su vida? —le preguntó su amiga. Marta no supo qué responder... Y fue, precisamente en ese momento, cuando se dio cuenta de que aún no habían tenido su primera cita. 

Temiendo ser víctima de algún engaño, decidió indagar sobre Álex. Lo único que encontró fue un perfil de Facebook en el que se indicaba, literalmente: "Fotógrafo especializado en Gastronomía". Sus fotos mostraban prestigiosos restaurantes con espectaculares platos de alta cocina. Al menos, lo poco que consiguió hallar, no le pareció sospechoso.

Marta prefirió no pensar más en este asunto y retomó las conversaciones sin recelo. Por desgracia, todas las veces que intentó quedar con él, los compromisos profesionales de Álex le impidieron mantener un encuentro cara a cara.

<<<<<>>>>>

—Tenemos que hacer algo por mamá. Tú ya no volverás a Madrid y yo, con tantos vuelos, apenas puedo visitarla —esta conversación, mantenida meses antes, influyó en la vida de su madre más de lo que podían imaginar.

Cuando la hija menor colgó el teléfono, una sensación de nerviosismo invadió todo su cuerpo. Aconsejada por una compañera, había contratado un novedoso servicio de acompañamiento. Con toda educación le preguntaron por los gustos de su madre; si prefería un hombre o una mujer, o si tenía alguna fantasía que quisiera cumplir. Fue entonces cuando, realmente, descubrió lo poco que sabía sobre la persona que le había dado la vida.

<<<<<>>>>>

Durante cuatro meses, Marta recibió diariamente las llamadas de Álex. El teléfono sonaba, más o menos a la misma hora, y la conversación concluía unos cuarenta minutos después. Todo ello, aunque esperado, seguía animándola día tras día.

En un par de ocasiones las respuestas de Álex entraron en bucle y, solo entonces, Marta descubrió que se había enamorado de una máquina. Pensó que el uso de la Inteligencia Artificial había llegado demasiado lejos y, a partir de ese momento, no respondió a ninguna de sus llamadas. La ilusión por su vida cayó en picado. Realmente, nunca mencionó este hecho a sus hijas, pero fueron muchas las noches que pasó llorando. 

<<<<<>>>>>

Desde que había enviudado, no había mantenido una relación estable. Solo contactos esporádicos, en los que pocas veces había repetido con la misma persona. Desgraciadamente, la mayoría de los encuentros no habían cumplido con sus expectativas.

Aunque lo había sopesado en multitud de ocasiones y se consideraba mayor para inscribirse en una aplicación como Tinder, por primera vez, decidió romper sus propias reglas.

Entre todas las opciones disponibles, eligió la siguiente combinación:

"Varón, 48 años, cuerpo atlético, ojos marrones."

Estaba convencida de que había escogido las mismas características que la mayoría de las mujeres de su edad. No necesitaba más.

—¡A quién no le gusta un bombero! —pensó, mientras esperaba impacientemente que sonase el timbre de su apartamento.

Pero la realidad fue muy distinta. Finalmente, se cansó de responder las mismas preguntas: «¿Qué tal?», «¿Cómo te va?», «¿De dónde eres?». La mayoría de las conversaciones eran insustanciales y, una vez que mantenían relaciones, ninguno de los dos parecía mostrar interés por un segundo encuentro. 

Aunque no todos los hombres que conoció en Tinder eran tan poco interesantes, al final terminó bastante frustrada y prefirió abandonar la red para retomar su tranquila vida.

<<<<<>>>>

A pesar del gran enfado que tenía por haber sido engañada, no pudo evitar seguir pensando en Álex. Lo cierto es que aquellas llamadas le habían hecho sentir bien y le habían ayudado a superar el dolor por la pérdida de su marido. De vez en cuando, Marta aún disfruta conversando telefónicamente.

—¡Nadie, mejor que tú, conoce mis secretos! —le dijo antes de despedirse hasta el día siguiente.

(Y, efectivamente, Álex lo sabe todo sobre Marta, por eso,  ella... ella sigue confiando en él.)

Esteban Rebollos (Abril, 2021)

jueves, 22 de abril de 2021

[ 3' 00'' ] De puertas adentro

 




¡Nadie te creerá! ¡Nadie te creerá! ¡Nadie te creerá! -Una y otra vez, las palabras de su marido repicaban en su cabeza.
Y, efectivamente, nadie la creyó. No constaban denuncias. No había pruebas. Los testigos mintieron.
El juicio quedó "visto para sentencia".

<<<<<>>>>>

Barcelona, 1966

Carmen, modista, y Fernando, camionero, habían abandonado su Extremadura natal para labrarse una nueva vida en un próspero lugar como la Ciudad Condal. Durante las primeras semanas malvivieron en una habitación alquilada, con "derecho a cocina", racionando no solo la comida sino el poco dinero que habían ahorrado trabajando en el campo.

Cuando ya no quedaba rastro del queso, el aceite y el jamón traídos de Mérida empezaron a dudar si había sido una buena idea emprender esa aventura. Debían encontrar trabajo en las próximas semanas o los pocos ahorros de los que disponían desaparecerían por completo. 

Por suerte, Barcelona era tierra de oportunidades y, gracias a su casero, ambos encontraron trabajo en una fábrica de telas de algodón. A pesar de jornadas de diez horas, de lunes a sábado, con tan solo una tarde libre por semana, la entrada de dos sueldos les permitió encauzar su vida, ahorrar e, incluso, ayudar a la familia que aún permanecía en Extremadura.

Los primeros años fueron muy duros para unos recién casados tan jóvenes, pero, a pesar de todos los problemas, la ilusión de una vida en común les hizo estar más unidos que nunca.

Pasaron seis largos años hasta que él consiguió comprar un camión. Invirtieron todos sus ahorros en un viejo Pegaso de segunda mano, adquirido al propietario de una cantera en Mataró. Ahora, al menos, parecían vislumbrar un futuro prometedor.

En apenas unos años, todo su mundo cambió espectacularmente. Coincidiendo con el apogeo de la construcción, tras el primer camión, llegó otro nuevo, después, un piso en el Paseo de Gracia y un coche. Por fin, ella dejó de trabajar y se convertió en el ama de casa que tanto deseaba ser.

Pero una mejor vida requería más gastos, más esfuerzos, más horas extras.
Fernando comenzó a doblar turnos, a realizar portes a lugares más remotos. Así, aumentaron las noches sin aparecer por casa, durmiendo en pensiones de carretera, a veces, solo, a veces, en buena compañía femenina.

Fueron tiempos en los que ella empezó a sentirse sola y echarle de menos. Aún así, estaba orgullosa por el gran esfuerzo que él realizaba por ella, por los dos.

<<<<<>>>>>

Todo cambió desde el accidente. Una pierna amputada, el camión destrozado, deudas, alcohol y, también, los primeros malos tratos.

La pensión de él no llegaba para pagar los plazos del camión y las letras de la casa. Los problemas económicos se agudizaron y tuvieron que abandonar el piso de lujo para vivir de alquiler. Ella volvió a trabajar. Por las mañanas, de costurera y, por las noches, limpiando suelos en una nave industrial. A pesar de los dos trabajos, tampoco era suficiente para llegar a fin de mes.

-¿De dónde vienes a estas horas? ¡Ya no me quieres! ¿Con quién has estado? -cada día se repetían las mismas frases. A los ataques de celos, se le unían las miradas airadas y los chantajes emocionales por encontrarse impedido.

Más tarde, el grado de violencia aumentó. De las palabras, Fernando pasó a los hechos. A veces, destrozaba puertas a puñetazos, otras, le lanzaba botellas, la golpeaba bajo la ropa e, incluso, abusaba de ella.

Una noche, como tantas otras anteriores, él llegó de mal humor, bebido, con dolores en una pierna inexistente. Dolores que había intentado atajar, tras haber sido rechazado por otras mujeres, a base de medicamentos mezclados con alcohol.

Esa noche, Fernando llegó con ganas de sexo y ella, cansada, se negó. Él la insultó, la golpeó, la agarró con fuerza y con fuerza la violó.

-¡Eres mía! ¡Eres mi mujer! ¡Solo mía! -gritaba, mientras los vecinos escuchaban a través de las rendijas de las persianas.

Una escena repetida en múltiples ocasiones, en demasiadas ocasiones.

-¡Necesito ayuda! -pensó, mientras, medio desfallecida y aún dolorida, permanecía inmóvil sobre la cama.

Lamentablemente, sin tener con quién contar ni a dónde ir, decidió buscar la única salida posible...

<<<<<>>>>>

El cuerpo de Fernando reposa en la cama, apoyado sobre su costado izquierdo. El corte en el cuello hace que su cabeza describa un giro extraño. Las sábanas ensangrentadas y el cuchillo en el suelo son los únicos testigos del reciente crimen. Mientras, Carmen aún permanece tumbada a su lado, absorta, mirando al techo.

-¡Le he matado! -esas son sus únicas palabras cuando llega la pareja de la Guardia Civil. Y, efectivamente, esas palabras fueron las que la condenaron.

Sin denuncias, sin poder demostrar los malos tratos, sin testigos, sin nadie que la defendiese... el juicio quedó "visto para sentencia".

<<<<<>>>>>

Cuando se cerró la puerta de su nuevo cuarto, una sensación de bienestar la invadió por primera vez desde hacía mucho tiempo. Doce metros cuadrados, tres comidas al día y dos salidas diarias al patio de la cárcel se convertirían en su refugio, al menos, durante los próximos quince años.

A pesar de todo, de puertas adentro, su rostro reflejaba una sonrisa. Ella nunca compartiría el hijo que llevaba en su interior con un maltratador.
¡Ya había soportado demasiado!

Sabía que en los años setenta, una denuncia por malos tratos dentro del matrimonio, no hubiese prosperado.
Efectivamente, ¡Nadie la creyó!

Esteban Rebollos (Abril, 2021)