domingo, 27 de octubre de 2019
El lugar donde me gustaría estar...
Seguro que tienes un lugar que te regala paz, que se convierte en ese "refugio" donde te sientes a salvo, aunque la vida te quiera robar la calma...
Seguro que tienes un libro, o incluso un relato corto, que mientras lo lees, piensas, "no se da cuenta pero lo ha hecho para mí, si yo supiera, también hubiera escrito lo mismo"...
Probablemente, esa misma sensación también la sientes con algunas personas. Sí, esas que aunque solo sonrían para ti, te salvan de unas cuantas lágrimas y, de repente, son capaces de contagiarte su alegría... esas, que te ayudan sin pedirte nada a cambio, esas que les fluye la letra pero, sobre todo, esas que convencen con sus actos.
Esas que son como una cascada y te llenan de emociones...
Pues si eso te ocurre, quédate cerca...
Ese lugar y esas personas, te hacen bien.
(Palabras de Lau Alonso Pérez)
miércoles, 16 de octubre de 2019
[ 3' 20'' ] Tiempos de escasez
María metió sus pequeñas manos en el saco de lino que guardaba les fabes y fue sacando tantos puñados como comensales tendría al día siguiente. Como era habitual, cinco eran suficientes para satisfacer a un matrimonio con tres hijos, entre los que me contaba yo, con catorce años, y mis dos hermanas pequeñas, Florentina y Violeta.
Mi madre revisó, una a una, cada faba en busca de alguna mancha que delatara la presencia del "cocu", luego, tras descartar las dañadas, las introdujo en la olla y la llenó de agua hasta cubrirlas por completo. Les fabes pasarían la noche a remojo, empapándose, aumentando de volumen y, así, obteniendo una piel tersa y, al parecer, según dicen, más blanca.
Al día siguiente, como si de un efecto óptico se tratara, los cinco puñados parecían casi el doble. Mi madre se había levantado temprano para hacer sopas de ajo, que mi padre, Ramón, desayunaba habitualmente; un plato contundente para afrontar las horas que estaría en la mina barrenando la dura roca.
Mi madre le preparó un bocadillo de tortilla de patatas porque, cuando le brindaban la oportunidad, mi padre doblaba jornada para traer un sueldo mayor a fin de mes y, ese bocadillo sería su único sustento. Más tarde, hirvió la leche, extrajo las natas y tostó varias rebanadas de pan sobre la chapa de la cocina de carbón. Virtió un poco de malta y rellenó los tres tazones con leche, untó el pan con las natas y las espolvoreó con un poco de azúcar, conseguido de estraperlo. Aquel sería nuestro desayuno antes de partir hacia la escuela.
Tras quedarse a solas, era el momento de empezar con los preparativos de la comida y la limpieza de la casa. Vació el agua de la noche y rellenó la olla con agua fría, añadió una cebolla, tocino, chorizo y una morcilla mediana. Colocó la olla en el extremo más alejado de los aros que componían el llar, junto a la pared del tiro de la chimenea. Permanecería allí durante horas, medio olvidada, siempre lejos del intenso calor de las brasas. Entre tanto, María aprovechaba el tiempo para realizar las tareas matutinas, típicas del ama de casa.
De vez en cuando se acercaba hasta la cocina para echar un vistazo. El secreto de una buena fabada consistía en agitar la olla con cariño, "asustar les fabes" con medio vaso de agua fría cada vez que empezaban a hervir e introducir la cuchara de madera únicamente para probar el caldo, por si requería una pizca de sal. Por supuesto, la mera idea de remover los ingredientes mientras se cocinaban se hubiese interpretado como un sacrilegio.
Las horas pasaban y, en el interior de la olla, los ingredientes se cocían a fuego lento. El caldo en ebullición difundía un aroma penetrante, impregnando de un intenso olor a compango no solo la cocina, sino los lugares más recónditos de la pequeña casa.
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El capataz tenía sus trabajadores preferidos y, entre ellos, se encontraba mi padre; picadores que en una jornada realizaban más del doble de la tarea que hacían otros. Pero el capataz también era un hombre justo, conocedor de que el sueldo de los picadores era escaso, intentaba repartir los tajos equitativamente. Esa conducta no solo contribuía a evitar rencillas entre los compañeros por las diferencias de sueldo, sino que contribuía a ser mejor valorado ante sus superiores.
Lamentablemente, ese día Ramón no tuvo suerte y no formó parte de los mineros que alargaron su jornada, así que volvió con su bocadillo bajo el brazo. Llegó sudoroso tras subir la empinada rampa que unía la carretera con el grupo de pequeñas casas que componía nuestra aldea. Era una subida de tierra y piedras sueltas, adecentadas por los propios vecinos en las múltiples sextaferias realizadas después de la guerra. Este año, antes de que llegase el otoño tendrían que reunirse para reparar algún pequeño tramo que las primeras lluvias de primavera habían agrietado por completo.
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A las cuatro en punto la comida estaba sobre la mesa. La fabada había pasado de la olla a una fuente de loza, único vestigio de los escasos regalos de boda que perduraron tras la guerra.
Nuestro padre se servía primero. Troceaba el chorizo, al igual que la morcilla, en cinco partes y rebuscaba los trozos más pequeños para depositarlos en su plato. Después se echaba apenas tres cucharadas de fabes y rellenaba el plato con caldo casi hasta el borde. Luego nuestra madre repartía al resto. Primero me servía a mí, supongo que por ser el hijo mayor. Sin apenas disimulo se entretenía buscando los mayores trozos de compango para echarlos en mi plato. Mi padre la miraba y cuando ella volvía la vista, le hacía un gesto de aprobación. A continuación servía dos buenas raciones a mis hermanas, mientras que ella se echaba el resto del caldo, una cucharada de fabes y los pocos trozos desmenuzados de chorizo y morcilla que aún quedaban en el interior de la fuente.
Mi padre decía: "Antonio solo tien que crecer y facese un home... Metelu na mina ya ye cosa mía", mientras apoyaba su mano en mi hombro y sonreía a mi madre.
Sin apenas hablar, comíamos todos en silencio. Los platos se rebañaban con trozos de pan, a veces de trigo, a veces de centeno, a veces, como ese día, con el pan del bocadillo que mi padre no tuvo oportunidad de comer.
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Aunque la guerra había terminado hacía algunos años, aún seguían siendo tiempos de escasez.
Cuando cumplí dieciséis, mi padre hizo realidad su promesa; habló con el capataz y empecé a trabajar en la mina. Al principio, como peón en el exterior, después como ayudante minero dentro de la galería, más tarde "posteando" en las rampas y al final, junto a mi padre como barrenista.
A partir de entonces, comenzaron mejores tiempos; dos sueldos en casa y cuando doblábamos, casi tres. Hoy en día, cuarenta años después, al olor de una fabada recuerdo aquella olla, aquel aroma intenso y, sí, a pesar de todo, echo de menos aquelles fabes de antaño.
(En recuerdo de mis abuelos, Ramón y María, y de mis tíos, Antonio y Violeta)
Esteban Rebollos (Octubre, 2019)
viernes, 12 de abril de 2019
[ 4' 45'' ] La casualidad no existe
—Amanda, ¿eres una bruja o una timadora? —le preguntó el inspector en su primer encuentro. En aquella ocasión, la pequeña aún no conocía la respuesta.
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La primera vez que tuvo una visión apenas tenía doce años. No supo explicar a su madre como unas imágenes tan aterradoras se habían apoderado de su mente y una sensación de inquietud le había despertado. Ante la insistencia de la pequeña, la madre decidió llamar a la policía. En menos de veinte minutos, un coche patrulla llegó a las puertas de la casa y dos hombres uniformados se las llevaron para prestar declaración en la comisaría más cercana. Nunca se habían sentido tan avergonzadas ante las miradas inquisitivas de los vecinos. Una vez en presencia del inspector, no pudieron dar una explicación convincente de como la pequeña Amanda conocía el paradero de dos cadáveres en plena Sierra de Madrid, más aún, cuando nadie había alertado sobre su desaparición. Desgraciadamente, tres días después encontraron los cuerpos congelados de dos excursionistas bajo los restos de un alud. A pesar de todo, algunos altos mandos de la policía consideraron el acierto de la niña solo una mera casualidad.
Durante las siguientes semanas, una actividad febril se apoderó de la mente de Amanda; era raro el día que no se despertaba con algún presentimiento. A veces, se frustraba porque las sensaciones percibidas eran tan ambiguas que no sabía interpretarlas y otras, en cambio, lograba dar indicaciones precisas para dirigir una brigada de salvamento en plena noche. Comprobó que con la ayuda de ansiolíticos descansaba mejor y sus predicciones eran más acertadas. Esa fue una época en la que todo formaba parte de un aprendizaje.
Veinte meses después, un aviso al 112 alertaba de la desaparición de un vehículo con tres personas en su interior. Carlos, Inés y su pequeño de dos años, Álex, no habían regresado de una corta escapada de fin de semana. Por aquel entonces, la policía ya había constatado el alto grado de aciertos de Amanda y decidió aprovechar sus habilidades psíquicas para localizar a la familia lo antes posible. Para ello, le mostraron algunas prendas de vestir y juguetes del pequeño que se encontraban en casa de los abuelos. La policía pretendía "acelerar" el proceso de localización. Como era de esperar, esa misma noche, Amanda entró rápidamente en un duermevela propicio para sus visiones y así, reveló que el coche se había precipitado por un barranco en Despeñaperros, tras salirse en una curva. Efectivamente, unas horas más tarde, hallaron el vehículo oculto bajo arbustos y maleza. Allí encontraron el cuerpo malherido de Álex junto a sus padres, medio moribundos. Por suerte, aunque con graves lesiones, todos consiguieron salir con vida de ese terrible accidente. Se había abierto una nueva vía de colaboración en la búsqueda de personas desaparecidas.
Por desgracia, algunas visiones llegaban demasiado tarde, cuando la víctima había perecido; esto dejaba una sensación agridulce en Amanda. Por una parte se entremezclaba el dolor por no haber podido salvar esa vida, con el hecho reconfortante de que los familiares recuperaran el cuerpo para darle, al menos, un digno final. En cambio, cuando averiguaba el paradero de una víctima que aún seguía viva, una sensación de bienestar la envolvía, la adrenalina recorría su cuerpo, y, como si de una droga se tratase, la motivaba más para seguir empleando sus habilidades.
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—¡Ayúdame a salir de aquí! —oyó decir. Aunque estaba convencida de haberlo soñado, el grito de la chica le pareció real y lo suficientemente intenso como para despertarla. Amanda descolgó el teléfono y marcó el número al que tantas noches había llamado.
—¿Inspector? La chica está en un pozo, rodeada de aceite. Muy cerca del lugar de la desaparición. Dense prisa. Aún está viva. —y colgó. Esas fueron sus únicas palabras; no dio opción a que el inspector Álvarez le hiciera una pregunta. Sabía por experiencia que cualquier otra información en esos momentos era superflua y un pequeño comentario podía entorpecer en la investigación. Amanda se vistió a sabiendas de que ya no volvería a retomar el sueño y, como en ocasiones anteriores, se dirigió caminando hacia la comisaría.
Atendiendo a la presión social por conocer todos los entresijos de la noticia, se decidió habilitar el pabellón municipal de deportes de Las Rozas para dar una rueda de prensa. Al día siguiente, decenas de medios de comunicación se concentraron para atender a las explicaciones de la policía sobre la liberación de una chica, secuestrada la semana anterior, en ese mismo barrio. A las dos de la tarde, los informativos de todas las cadenas conectaron en directo con la improvisada sala de comunicaciones.
En los televisores de toda España aparecían el subdirector general del Cuerpo Nacional de Policía y el delegado del Gobierno en Madrid sentados en el centro de la mesa, mientras que al verdadero cerebro de la operación, le relegaron a uno de los extremos. Eso no era lo que más enojaba a Amanda, sino que tras media hora dando explicaciones sobre el asalto a una nave industrial por parte de un grupo de operaciones especiales, la captura de los secuestradores y la posterior liberación de la joven, no habían agradecido la colaboración del inspector. Al menos, respetaron la voluntad de Amanda de mantenerse en el anonimato, básicamente, porque las estadísticas mostraban un increíble 94% de casos resueltos desde que contaban con su ayuda.
Amanda, sentada a escasa distancia de un televisor de cuarenta pulgadas y enfadada por el trato mostrado hacia su amigo, posó la mano sobre la pantalla y arrastró sus dedos hasta pararse sobre el demacrado rostro del inspector Álvarez. Por un instante creyó notar una sensación desconocida hasta entonces; quizás experimentaba ese sentimiento llamado "amor", aunque pronto comprendió que se trataba únicamente de una ilusión.
"¡Estáis en peligro! ¡Salid de ahí!". Una notificación en forma de luz parpadeante junto con un corto pitido alertaron de la llegada de un aviso. El inspector Álvarez volteó su móvil, leyó atentamente el mensaje y desenfundó su pistola bajo la mesa.
De pronto, uno de los reporteros de la primera fila dejó caer su micrófono, abrió su chaqueta y mostró lo que era, sin duda alguna, un chaleco explosivo. El terrorista gritó algo en un idioma irreconocible, pero, fuese lo que fuese, no tuvo tiempo de acabar la frase. El inspector Álvarez alzó su arma, apuntó a la cabeza del individuo y realizó un disparo certero. Su cuerpo cayó de espaldas sobre el resto de los periodistas.
Tras unos segundos de desconcierto, un tímido aplauso, iniciado con titubeo desde una de las últimas filas, se convirtió en una gran ovación en apoyo de la rápida respuesta del inspector. Los destellos de las cámaras fotográficas inmortalizaron el momento y los titulares de los principales diarios del día siguiente se centraron en una sola noticia, la heroica actuación del inspector Ernesto Álvarez.
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En la puerta, un letrero recuerda que el nuevo subdirector general del Cuerpo Nacional de Policía es aquel inspector Álvarez. Lo primero que llama la atención al entrar en el despacho es un gran retrato de Amanda sobre la vitrina de las medallas; esta es la manera de darle las gracias por su ayuda, no solo por salvar su vida, ni por influir en su meteórico ascenso sino por continuar con la misión de encontrar personas desaparecidas.
Amanda también tiene su propio despacho, mucho más modesto y, por supuesto, bien lejos de la comisaría. Ahora, vive en un bonito chalet con vistas a Navacerrada para sentir el fresco aire de la sierra. A pesar de la lejanía, siempre está conectada al teléfono del subdirector general.
En las paredes de su despacho no hay retratos, ni medallas, ni diplomas que le recuerden quién es. En esas paredes despobladas solo destaca un cartel con un texto motivador: «La casualidad no existe», en clara alusión a la labor que realiza con sus premoniciones.
Diez años después de aquel primer encuentro, Amanda Ochoa y Ernesto Álvarez siguen en contacto. Ella pasa habitualmente por las dependencias policiales, pero ahora, en calidad de "asesora" del Centro Nacional de Desaparecidos, un eufemismo para no reconocer que se trata de una vidente al servicio de la policía. Aquellos que pensaron que sus logros eran cuestión de suerte, ya han cambiado de opinión.
Efectivamente, diez años después, ambos conocen la respuesta a aquella primera pregunta.
Esteban Rebollos (Abril, 2019)
viernes, 15 de marzo de 2019
Confieso que te he sido infiel
Desde hace unos meses, miro a otras, paso el tiempo con ellas, pero créeme, sigo pensando en ti. No es tu culpa, ni mis gustos han cambiado, ni tampoco quiero hacerte daño. Quizás, ahora, necesite probar nuevas experiencias.
Siento reconocer que te he sido infiel y no creas que intento justificarme pero las circunstancias que nos rodean han facilitado este desliz.
Han sido muchas y, sinceramente, no recuerdo todos sus nombres, ni tampoco recuerdo dónde las conocí.
Cada noche te miro, tan cerca de mí, esperando obtener mi atención y, poco antes de dormir, prometo que mañana será distinto, que encontraré tiempo para estar contigo.
Perdóname, desde hace meses no hago otra cosa que ver series.
Te he sido infiel con "Peaky blinders", "Mindhunter", "True detective", "Breaking bad", "Luther", "Broadchurch", "La casa de papel", "El puente" y un largo etcétera.
Si me lo permites volveré a ti para tenerte en mis manos, pasar tus hojas, leer tus capítulos, en fin, vivir lo que tu vives y sentir lo que tu sientes.
Mañana será distinto, lo prometo.
Esteban Rebollos (Marzo, 2019)
- 1883
- 1923
- Atrapados
- Black
mirror
- Breaking
bad
- Blacklist
- Broadchurch
- Chernobyl
- Cobra Kai
- Collateral
- Cómo defender a un asesino
- Creedme
- Doctor Foster
- El abogado del Lincoln
- El alienista
- Elementary
- El cuento de la criada
- El embarcadero
- El hombre en el castillo
- Élite
- El juego del calamar
- El puente
- El marginal
- Gambito de Dama
- Ghost wars
- Hanna
- Happy valley
- Hermanos de sangre
- Homeland
- Jack Ryan
- Killing Eve
- La casa de papel
- La mantis
- La víctima número 8
- Lupin
- Luther
- Making a
murderer
- Manhunt:
Unabomber
- Manifest
- Mar de plástico
- Mare od Easttown
- Marginal
- Mindhunter
- Mr.
Mercedes
- Mr. Robot
- Ozark
- Paranoic
- Peaky
blinders
- Poker
face
- ¿Quién es
Anna?
- River
- Sense 8
- Sherlock
- Sucesor
designado
- Stranger
Things
- Taboo
- The
Bletchley circle
- The end
of the f***ing world
- The
Frankenstein chronicles
- The old
man
- The
rookie
- The
sinner
- True
detective
- Tulsa
king
- Vikingos
- Westworld
-
Yelowstone
- You
- Zona
fronteriza
viernes, 18 de mayo de 2018
Susana Rodríguez Lezaun
Serendipia: Descubrimiento o hallazgo afortunado, valioso e inesperado que se produce de manera accidental o casual, principalmente, cuando se está buscando una cosa distinta.
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A veces, sin buscarla, la fortuna se cruza en tu camino. Desde hace algunos años, cansado de leer mediocres "best-sellers" de escritores archiconocidos decidí dar un cambio a mis hábitos de lectura, dar una oportunidad a autores noveles o cuyos nombres no destacan por cuestiones de "marketing" pero cuyos argumentos triunfan por sí mismos. Así descubrí interesantes autores como Joël Dicker (La verdad sobre el caso Harry Quebert), Shannon Kirk (El método 15/33), Karin Slaughter (Flóres cortadas), Robert Bryndza (Te veré bajo el hielo) o Manel Loureiro (El último pasajero), por nombrar sólo algunos pocos.
Un buen día decidí buscar una novela por su argumento en vez de por su título o autor; con la ayuda de Google, mi búsqueda se centró los términos "Asesino en serie en el Camino de Santiago" y, como resultado, obtuve múltiples reseñas sobre el primer libro de la autora que hoy os quiero presentar:
Susana Rodríguez Lezaun, periodista, escritora y actual directora del festival "Pamplona Negra" (un "alter ego" de nuestra "Semana Negra" de Gijón), creadora de una saga cuyos protagonistas son Irene Ochoa, una mujer maltratada y el inspector David Vázquez, encargado de investigar, entre otros casos, la muerte "accidental" del marido de Irene.
La saga consta actualmente de tres libros: "Sin retorno" (2015), "Deudas del frío" (2017) y, el recientemente publicado, "Te veré esta noche" (2018). Hablo de saga y no de trilogía, ya que me consta que el cuarto se está "fraguando" en la mente de la escritora. Aunque cada uno de los libros desarrolla un caso policial en donde el inspector Vázquez y su equipo son los encargados de resolverlo, existe una línea argumental basada en la tormentosa relación entre Irene y David.
Tras este post, creo que no es necesario indicar que os recomiendo cada uno de los libros anteriormente mencionados, ahora bien, aunque se pueden leer todos ellos de forma independiente, soy partidario de seguir el orden cronológico para no perder ningún detalle.
¡Zorionak, Susana!
Título: "Te veré esta noche"
Autora: Susana Rodríguez Lezaun
Editorial: DeBolsillo
ISBN: 9788466343657
Nº de páginas: 413
Si has llegado hasta aquí, quizás sea porque has encontrado algo interesante que leer. Si quieres ver alguno de mis otros comentarios o relatos breves puedes acceder a la página principal desde este enlace "El Viento del Norte".
Te invito a volver cuando quieras para mostrarte las próximas entradas que escriba.
¡Gracias por tu visita!
sábado, 20 de enero de 2018
[ 5' 50'' ] Informe Malena: Caso cerrado
Releyó el informe que él mismo había escrito, corrigió algunos errores tipográficos y tras repasar cuidadosamente los dos últimos párrafos decidió eliminarlos. En ellos, desvelaba información que aún debía mantener en secreto, datos que utilizaría como señuelo para conseguir ese puesto que tanto deseaba en la CIA.
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Al pasar bajo el arco de seguridad presintió que, a partir de ese instante, su vida cambiaría. Estaba en lo cierto. Le entregaron una credencial en la que se podía leer "Daniel Jacobs - Agente en prácticas", la cual colgó, con orgullo, de la solapa de su chaqueta.
Una joven secretaria le acompañó hasta la sala de espera del segundo piso. Allí, Daniel se acomodó en el sillón situado frente a la puerta del despacho, colocó su portafolios sobre una pequeña mesa de cristal y escudriñó cada rincón en busca de alguna cámara de seguridad. Por suerte, no encontró nada que le hiciera suponer que estaba siendo observado; odiaba sentirse acosado por cámaras de vigilancia.
-Señor Jacobs... mi nombre es James Carter, director del Departamento de Análisis de Perfiles Psicológicos -oyó decir al hombre rechoncho que llegaba por el pasillo a paso ligero, medio jadeando, en mangas de camisa y con un vaso de café en cada mano.
-Por favor, pase y siéntese. ¿Le apetece un café? -sin esperar la respuesta, el director posó uno de los vasos frente a Daniel, dejó caer unos azucarillos sobre la mesa y fue a sentarse en su butaca de piel, diciendo, -Lo tomo solo. El azúcar y la leche matan, bueno, ...la cafeína también mata. ¡De algo hay que morir! -esbozó una sonrisa y empezó a remover su café de manera obsesiva.
La tesis que Daniel Jacobs presentó para su doctorado consistía en un novedoso procedimiento de localización de personas desaparecidas. Desarrolló un algoritmo de Inteligencia Artificial para encontrar patrones capaces de rastrear conductas personales. El éxito en el ámbito universitario llegó cuando la revista "Science" publicó un artículo de su nuevo método de afrontar la investigación criminal, en cambio, el reconocimiento social lo obtuvo cuando la policía, con la única ayuda del "algoritmo" de Jacobs, rescató tres niños que habían sido raptados.
A pesar de que varias agencias gubernamentales estaban interesadas en sus servicios, solo la CIA había adquirido los derechos para el uso del programa. El Departamento de Análisis Antiterrorista había implementado el algoritmo para la localización, seguimiento y, posterior, detención de terroristas, delincuentes y espías a nivel mundial. Con el fin de comprobar las mejoras realizadas en el programa, se encargó al propio Daniel un minucioso informe sobre las actividades de "Malena", la espía rusa Masha Kuznetsova, una identidad ficticia creada por la CIA para el adiestramiento de sus agentes en materia de contraespionaje. Para ello, pusieron a su disposición todos los recursos de los que disponía la Agencia.
-Señor Carter, quiero mostrarle el informe que me encargaron -dijo Jacobs mientras sacaba algunos papeles de su portafolios.
-Sí, yo mismo lo solicité. ¿Qué información ha obtenido? -dijo el director, ávido por conocer los resultados.
-Señor Carter, aquí tiene el informe pero permítame que le haga un resumen -le dijo. El director no se molestó ni tan siquiera en consultar las más de cien páginas que Jacobs le había dejado sobre la mesa. La historia de la espía no le era nueva, de hecho, él había sido uno de los impulsores del programa de entrenamiento de nuevos agentes. Carter asintió y miró al joven a la espera de sus explicaciones.
-Masha Kuznetsova, nacida en 1981 en un pequeño pueblo cerca de Odessa, Ucrania. Padre militar, de origen ruso, y madre ucraniana, trabajadora en una fábrica de automóviles. Masha estudió en su pueblo natal donde destacó, sobre todo, por su excelente memoria visual.
Al terminar el primer ciclo, es llevada a Kiev a una escuela para alumnos de "altas capacidades"; allí potencian también su destreza en otras materias. En 1995, con tan sólo catorce años, la trasladan a Moscú donde se le pierde la pista hasta que siete años después reaparece como traductora en la Embajada de Rusia en Berlín.
-Efectivamente, es ahí donde comienza su carrera como espía. Prosiga, por favor.
-A partir de 2004, utiliza su trabajo en distintos consulados de Europa como tapadera para extender una gran red de espionaje. Posteriormente, es enviada a América Latina, donde desempeña labores de asesoramiento al gobierno de Venezuela, lo que culmina con la compra de equipamiento militar a Rusia por más de 2000 millones de dólares. Tras esto, reside además en Guatemala, Brasil y Argentina.
-Perdone... -interrumpió nuevamente el director -¿Sabe por qué la llaman "Malena"?
-Sí, claro. En Buenos Aires, mientras trabaja infiltrada en un grupo fascista, recibe la orden de asesinar a sus cinco componentes. En el plazo de dos días, sus cadáveres aparecen repartidos por toda la ciudad; fue entonces cuando recibe el alias de "Malena, la asesina rusa". A partir de ahí, se vuelve más violenta, participa en numerosos atentados y se le relaciona, al menos, con once muertes. Veinte meses después, se traslada a México en donde es captada por la CIA.
Tras su deserción del Departamento de Inteligencia Ruso, antigua KGB, pasó a cooperar con el gobierno estadounidense en el desmantelamiento de varios cárteles que operaban en la frontera. Tras ese trabajo cambia de identidad y, a partir de principios de 2011, se pierde todo rastro.
-¡De alguna manera había que recompensar los favores prestados! -exclamó Daniel.
-Desde entonces no se tiene constancia de que haya participado en actividades delictivas en Estados Unidos.
Fin del informe.
-Excelente trabajo, señor Jacobs.
¡Todo esto en apenas una semana!
Un equipo de seis personas hubiera tardado tres meses en obtener estos mismos resultados. Su procedimiento es asombroso. ¡Necesitamos agentes como usted en nuestra organización! -El director se puso en pie, extendió su mano para saludarle y, así, dar por finalizada la reunión.
Daniel recordó los dos párrafos que había eliminado del informe original y decidió que ese era momento de enseñar sus cartas. ¡Ahora o nunca!
-Gracias, señor, pero... ¿No le gustaría saber qué ha sido de "Malena" desde entonces?
-¿Cómo dice? No hay un "después" de 2011. El perfil de Kuznetsova no se completó más allá de esa fecha. No era necesario para el adiestramiento.
-Usted sabe que no es así. La mejor manera de mantenerse en la clandestinidad es ser visible pero sin llamar la atención. -Apostilló -Lo aconsejable es residir en una pequeña comunidad de las afueras de la ciudad, donde apenas se tiene relación con los vecinos. Es decir, refugiarse bajo la apariencia de la típica ama de casa, la perfecta esposa y la ajetreada madre; hacer vida normal, comprar en el supermercado, llevar a los niños al parque y hablar con otras madres de lo difícil que resulta cuidar de gemelos. Nada fuera de lo habitual.
Efectivamente, tras pronunciar la palabra "gemelos", su corazón se paró. Se dio cuenta de que ningún algoritmo, ninguna inteligencia, por muy artificial que fuera, podría deducir eso. Supo que no tendría que haber dado aquel dato. Su boca se secó, aunque, era inútil seguir hablando. Levantó la vista y sus ojos se encontraron con los del director. Por un instante fue capaz de leerle la mente. Le había descubierto y era tarde para enmendar su error.
Aunque no lo había dicho expresamente, no solo acababa de desvelar la existencia real de "Malena" y su familia, sino que había descubierto que era capaz de identificarles y, por tanto, ponerles en peligro.
-Reconozco que sería un buen final, pero aún debemos mejorar su programa. Preséntese mañana en el departamento de Perfiles y, allí, le asignarán un destino. ¿Es lo que buscaba, no?... Le felicito-. Ahora, sí, ahora le estrechó la mano.
Las falsas palabras de Carter y su fría despedida hizo que a Daniel le embargase una sensación de desasosiego. Cuando devolvió su credencial en la entrada notó como si un desgarro interior lo partiera en dos. Tuvo la impresión de haber fallado en el momento más crítico de su vida. Ya no tendría una segunda oportunidad.
Al director le gustaba el café solo, sin leche ni azúcar y, además, no le importaba que estuviese frío. El que Jacobs no se tomó, sería el tercero de la mañana en la cuenta de Carter.
-¡De algo hay que morir! -exclamó, mientras removía el café.
A las dos de la tarde, Carter se puso las gafas, sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y pulsó la memoria M1. Un tono intermitente de llamada se escuchó a través del minúsculo altavoz, hasta que, por fin, una voz femenina respondió.
-¡Hola, cariño! ¿Qué me cuentas? -le respondió en tono jocoso.
-¡Nos han descubierto! ¡Toma nota! -dijo Carter, con voz seca. A continuación, le explicó lo sucedido y le dio unas instrucciones breves y claras.
No era la primera vez que Mariah se encontraba en una situación como esta. Sabía bien cómo actuar, así que, memorizó el nombre y la dirección que le había indicado su marido; era todo lo que necesitaba.
-¿A qué hora llegas, Jim? -preguntó, como si la conversación anterior no hubiese existido.
-Saldré un poco más tarde. Pasaré por el centro a hacer alguna compra y recogeré a los niños a las cinco. Nos vemos en casa a la hora de la cena.
-Perfecto, os espero. -Con calma, Mariah se preparó para lo que vendría a continuación.
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Se incorporó a la autopista y circuló más de treinta kilómetros en dirección Norte. Concentrada en sus propios pensamientos, visualizó lo que pasaría en apenas una hora. Estaba acostumbrada. Conducía sin prestar mucha atención al resto del tráfico hasta que la voz metálica del navegador le recordó cual era el camino más rápido hacia Silver Spring.
Veinte minutos más tarde, el sedán plateado de Mariah Carter recorría una céntrica calle del lujoso barrio donde residía Daniel. Tardó poco en encontrar el número buscado, aparcó su coche bajo la sombra de un roble y salió a inspeccionar la zona. Comprobó que la casa no disponía de cámaras de vigilancia ni sistema de alarma, así que, decidió entrar a través de la ventana de la cocina y esperar sentada en una cómoda butaca del salón. Se sentía tranquila y segura de sí misma, probablemente, por la confianza que le proporcionaba su Beretta 9mm Parabellum.
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Había pocas cosas tan gratificantes como una ducha de agua caliente. Mariah permaneció entre espuma y jabón hasta bajar su nivel de adrenalina. El agua limpió no solo su piel sino también los pecados de su alma; fue entonces, cuando sintió la tranquilidad que solo proporciona el "trabajo" bien hecho.
A las seis menos diez, James Carter entró en el garaje en su Chevrolet deportivo; aunque no era un coche apropiado para ir de compras y, mucho menos, para llevar dos sillas de bebé, se negaba a cambiarlo por una berlina familiar. Su vida había dado un giro radical desde el nacimiento de sus gemelos.
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En algún lugar de la casa de la familia Carter se encuentra un expediente desaparecido de los archivos de la sede central de la CIA en Langley, Virginia. La portada, amarillenta por el paso del tiempo, tiene como único identificador las iniciales "M.K." escritas con tinta roja. Dentro, descansan más de setecientas páginas sobre alguien que, según la versión oficial de la Agencia, nunca existió. Masha Kuznetsova, más conocida como "Malena", y ahora esposa de James Carter, sigue en busca y captura por espionaje internacional en más de veinte países. Se le atribuyen atentados en embajadas de medio mundo y se le relaciona, al menos, con once muertes.
Aunque, ahora, deberían ser... doce.
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El cuerpo de Daniel Jacobs apareció en la ducha de su casa con el cráneo fracturado. El informe oficial incluía la expresión "accidente doméstico".
-¡De algo hay que morir!
Caso cerrado.
Esteban Rebollos (Enero, 2018)
miércoles, 27 de diciembre de 2017
La novela negra no entiende de fronteras
Casi todas mis lecturas de este 2017 tienen un denominador común: bellos paisajes, alterados por asesinatos, secuestros y misteriosas desapariciones.
A principios de año preparé mis maletas y partí en busca de los culpables de tanta inquietud. Comencé deambulando por las calles de mi tranquilo Gijón, después recorrí las orillas del río Baztán, me adentré en la siempre peligrosa Nueva York, crucé los inhóspitos parajes de Suecia, caminé descalzo sobre lagos congelados en Londres y permanecí escondido tres días en un frondoso bosque de Queensland, aún así, llegué a tiempo de embarcar en un misterioso crucero de lujo y quedar atrapado en una terrible tormenta en la cordillera alpina del Tirol.
Por supuesto, cada día sigo viajando y descubriendo nuevos paisajes; aún son muchos los destinos por visitar y muchos los kilómetros por recorrer.
Eso sí, todo ello ...sin salir de casa.
- Deudas del frío (Susana Rodríguez Lezaun)
- El editor indiscreto (F. Bellart)
- El experimento (Sebastian Fitzek)
- El último susurro (Gema Tacón)
- La sustancia del mal (Luca D'Andrea)
- La cacería (J.M. Peace)
- La chica en la niebla (Donato Carrisi)
- Arrancada (Karin Slaughter)
- Terapia (Sebastian Fitzek)
- El pasajero 23 (Sebastian Fitzek)
- En la mente del hipnotista (Lars Kepler)
- Ofrenda a la tormenta (Dolores Redondo)
- Tinta, una muerte inexplicable (Carlota Suárez García)
jueves, 22 de junio de 2017
Ayer lo empecé, ...hoy lo terminé
Últimamente he decidido adentrarme en la lectura de autores poco conocidos o noveles, salirme un poco del típico "best seller" que suelo leer y experimentar con lecturas de otros autores no tan consagrados como, por ejemplo, Sebastian Fitzek, Lars Kepler o Donato Carrisi.
En mi búsqueda de novelas para leer este verano, he descubierto "Te veré bajo el hielo" ("The Girl in the Ice") del autor británico Robert Bryndza (1979) que acaba de publicar en España su primera novela negra. Sólo decir que la he leído en menos de siete horas, me ha enganchado desde el principio y, sin tener una trama con muchos altibajos, ha sabido mantenerme en vilo todo el tiempo.
El descubrimiento del cadáver de un chica bajo una gruesa capa de hielo en un parque en el sur de Londres, una detective con sus propios demonios personales y un asesino en serie son excelentes ingredientes para prever una trama llena de intriga y emociones.
En su página web, Robert Bryndza nos anuncia sus próximas novelas "Una sombra en la oscuridad" ("The Night Stalker"), "Aguas oscuras" ("Dark Water"), "Last Breath" y "Cold Blood" que completan la serie de la detective "Erika Foster".
¡Ya estoy deseando leerlas!
Título: "Te veré bajo el hielo"
Autor: Robert Bryndza
Editorial: Roca Editorial de Libros
ISBN: 9788416700530
Nº de páginas: 402
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Te invito a volver cuando quieras para mostrarte las próximas entradas que escriba.
¡Gracias por tu visita!






