jueves, 24 de abril de 2025

[ 2' 20'' ] El mundo de John Katzenbach (Actualización 2023)





"No lo tomes a mal. Voy a tener que alejarme durante una larga temporada. Se trata de un encierro voluntario y sin fecha de retorno. Por suerte, no hay camisa de fuerza que impida tener una pluma en mis manos, ni muro lo suficientemente alto que evite dejar volar mi imaginación."

Lo que esconde nuestra mente puede llegar a ser aterrador, en ocasiones la guerra de (H)artículos inconexos, de pensamientos demenciales, de voces que llevan a actuar de forma irracional tienen como única vía de escape el suicidio. Y el suicidio no es el peor de los males, no es un final perfecto, pero, al menos, es un final honroso.

Prometo volver. No permaneceré eternamente encerrado. El día del juicio final se acerca y me encontrará maquinando nuevas historias, purgando todo el daño que he causado. Me aferraré a la vida solo lo justo para ver tu retrato en sangre pudrirse entre las rejas de algún centro psiquiátrico.

Recibirás el castigo por los pecados que yo he cometido, pues has dado con el hombre equivocado al conocerme. Sé que no es justo pero no es cuestión de justicia sino de redención. Y no es simple palabrería, lo dice la biblia: "Morirá todo primogénito (First-born) en la tierra de Egipto." (Éxodo 12:29) y te sentirás como "el otro chivo, el chivo expiatorio escogido de entre todo el rebaño para ser enviado al desierto." (Levítico 16:10). Tú has sido mi elección.

Mientras tú estés disfrutando al calor del verano yo me mantendré oculto en la penumbra, en silencio, esperando que cometas el mayor error, elegirme. Examinaré tu vida como el psicoanalista que escucha pacientemente, mientras dibuja formas incomprensibles en su cuaderno de notas y, cuando menos lo esperes, actuaré como el profesor que reprende a su mejor alumno sabiendo que le producirá dolor. Mi castigo será tan severo que dejará en ti una huella indeleble.

Tu eres el paciente que desea mantener en jaque al psicoanalista mientras te debates por discernir entre lo real y lo que tu mente imagina. Sigo aquí, observando cómo se desvanece tu existencia ante mis ojos. Y ten en cuenta que mi diagnóstico te llevará a residencias que encierran sus secretos bajo un manto de esquizofrenia colectiva. Allí, encontrarás cientos de personas desconocidas con miradas perdidas, deambulando por pasillos interminables y apresadas por puertas siempre cerradas con llave. Definitivamente... aquello es otro mundo.

¿Conoces la historia del loco que quiso huir tirándose por el acantilado? ¿Realmente es así como quieres acabar? Quizá sea tarde. Mientras devoras mis libros, notas mi sangre recorriendo tus venas, transportando adrenalina hacia tu cerebro. En la soledad de tu cuarto, tienes la confianza ciega de que saldrás vivo, únicamente, por mantenerte encerrado en una celda acolchada. 
¡No puedes estar más equivocado!

¡Estás perdido! Tu encierro deja de ser una opción para convertirse en una necesidad; eso es síntoma de que he conquistado tu mente. Por fin perteneces a nuestro club, el más selectivo, el club de los psicópatas. Quieres más, y yo suelto sedal mientras te enganchas con más fuerza en el anzuelo... ¡Ya no puedes escapar!

Sientes el nerviosismo que percibe el estudiante en época de exámenes. Una lucha contra el tiempo por asimilarlo todo. Surgen, entonces, períodos de placer y de temores irracionales. Los capítulos desaparecen como las traviesas bajo el tren. De vez en cuando, evades tu mente recreando juegos de ingenio en un intento infructuoso de eliminar tu desasosiego. Y, al final, rememoras la incertidumbre sufrida mientras buscabas tu nota en las actas de la facultad.

Intuyes que se acerca el fin como el corredor de fondo prevé la cercanía de la meta por el dolor de sus piernas. Sigues con el psicoanalista en la mira y, únicamente, la sed de venganza es la que te impide parar de leer. Tus labios se secan y sientes ese sabor agridulce anteriormente conocido. Quieres acabar, temes olvidar lo experimentado, cuentas las páginas que restan y, sin embargo, a estas alturas, realmente, no quieres dejar de sufrir. El tiempo se hace eterno, insoportable, lleno de inquietud. La peor época de tu vida, la más intensa, la mejor. ¡Toda una contradicción!

Relees la última frase y no hay vuelta atrás. Se acabó. La sombra lo envuelve todo. Cierras el libro. Lo miras. Quieres más. Piensas en lo vivido y, por fin, una sonrisa de satisfacción se dibuja en tu rostro.

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¡Ya sabes cuál será tu próximo reto!

Miras la estantería y allí se encuentra, esperándote, mi último libro.

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—¡Recuerda! Tienes un asunto pendiente conmigo...

...pagarás por mis pecados—

Escrito por Esteban Rebollos en homenaje y agradecimiento a John Katzenbach.


Esteban Rebollos (Abril, 2015)
Última actualización: Octubre, 2023


[ 2' 12'' ] Punto de inflexión


Cada noche, tras los golpes, los insultos y los platos rotos, la oía llorar. A veces se trataba de un sollozo ahogado, otras, en cambio, un leve gemido de sufrimiento.

Sergio, el viejo cascarrabias del edificio, no podía ayudarla como quisiera pues sus limitaciones le impedían enfrentarse a un hombre 30 años menor que él.

Estaba seguro que todo acabaría si su vecina tuviera el coraje de denunciar a su marido, pero esa no era una decisión sencilla de tomar ya que la joven temía las represalias de un hombre celoso y opresor.

Una noche, cansado de escuchar los gritos de la chica, decidió llamar a la puerta de la pareja y encararse con el marido. El hombre, que estaba borracho, le insultó, amenazó y, finalmente, acabó empujándole escaleras abajo. Una ceja rota y el cuerpo lleno de moratones fue la única recompensa recibida por ese imprudente acto de valentía.

Al día siguiente, el anciano decidió llamar a la comisaría y, tras veinte minutos de espera, por fin consiguió denunciar lo que estaba padeciendo la chica.

Y gracias a esa denuncia "anónima", aquella misma tarde, una patrulla de la Policía Local se presentó en el domicilio de la pareja y, poco después, los vecinos observaron cómo se llevaban al joven esposado. Esa noche, por primera vez, no la escuchó llorar.

A pesar de lo sucedido, ella no ratificó la denuncia y su marido regresó tres días después. Aunque la primera semana no hubo discusiones, tras las campanadas de Nochevieja se volvieron a escuchar golpes y gritos.

Como era de esperar, el nuevo año empezó con nuevas lesiones. Una fractura en el brazo, una costilla quebrada y, sobre todo, la vergüenza por mostrarse con la cara amoratada impidieron que Raquel saliese de casa esos primeros días.

Sergio, atento a todo lo que le pasaba a la joven, la vio sollozando mientras tendía la colada. Con la vista perdida y encerrada en su mundo interior, no había dudas de que estaba sufriendo una profunda depresión.

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La mañana del día de Reyes, una llamada de Sergio alertó a la policía de lo sucedido momentos antes. Quince minutos después, un coche patrulla aparcó frente al edificio y el anciano fue, inmediatamente, detenido. Por supuesto, no se resistió; a sus 86 años poco le importaba lo que fuera de su vida tras haber apuñalado al joven.

Ahora, su rostro aparece sonriente en la sección de sucesos de todos los noticieros. Nadie, salvo Raquel, conoce la verdadera razón de dicha sonrisa...

Ese mismo día, Raquel encontró en su buzón una carta con un: "Espero que disfrutes de mi regalo. ¡Feliz Día de Reyes!".

Aquel fue un decisivo punto de inflexión en la vida la joven, desde entonces, ha rehecho su vida, sonríe más a menudo y, por supuesto, no ha vuelto a llorar.

Esteban Rebollos
(Enero, 2023)

Nota del autor: En España, 49 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas en 2022 y, lamentablemente, según los datos de principios de año, no parece que el 2023 vaya a ser mejor.

[ 0' 40'' ] En el camino






Apenas dispongo de unas horas para cruzar la frontera antes de que las tropas rusas me impidan el paso.

Las líneas aéreas han suspendido todos sus vuelos con destino u origen en Ucrania y miles de vehículos permanecen bloqueados en las carreteras.

Atrás dejo familia, amigos, años de trabajo, sudor y lágrimas. Demasiadas lágrimas. He vivido momentos de grandes sacrificios para tener un futuro en mi tierra que, ahora, se ha desvanecido.

Ligero de equipaje me desplazo serpenteando pueblos o ciudades y, a pocos días del inicio del conflicto, los numerosos puestos de control ya han provocado que las carreteras se vuelvan peligrosas.

Mis únicas pertenencias se encuentran en una mochila donde transporto lo imprescindible para subsistir durante unos días. Entre mi ropa, escondo documentos, dinero en efectivo y, por supuesto, mi pistola Stechkin, irónicamente, de fabricación rusa.

Tras años fuera de mi país, por fin regreso a la ciudad que me vio nacer, Kiev. Retorno para unirme a la milicia ucraniana y, si tengo que morir, lo haré en mi tierra, luchando contra el invasor.

Esteban Rebollos (Febrero, 2022)

[ 4' 45'' ] La casualidad no existe




Amanda, ¿eres una bruja o una timadora—le preguntó el inspector en su primer encuentro. En aquella ocasión, la pequeña aún no conocía la respuesta.

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La primera vez que tuvo una visión apenas tenía doce años. No supo explicar a su madre como unas imágenes tan aterradoras se habían apoderado de su mente y una sensación de inquietud le había despertado. Ante la insistencia de la pequeña, la madre decidió llamar a la policía. En menos de veinte minutos, un coche patrulla llegó a las puertas de la casa y dos hombres uniformados se las llevaron para prestar declaración en la comisaría más cercana. Nunca se habían sentido tan avergonzadas ante las miradas inquisitivas de los vecinos. Una vez en presencia del inspector, no pudieron dar una explicación convincente de como la pequeña Amanda conocía el paradero de dos cadáveres en plena Sierra de Madrid, más aún, cuando nadie había alertado sobre su desaparición. Desgraciadamente, tres días después encontraron los cuerpos congelados de dos excursionistas bajo los restos de un alud. A pesar de todo, algunos altos mandos de la policía consideraron el acierto de la niña solo una mera casualidad.

Durante las siguientes semanas, una actividad febril se apoderó de la mente de Amanda; era raro el día que no se despertaba con algún presentimiento. A veces, se frustraba porque las sensaciones percibidas eran tan ambiguas que no sabía interpretarlas y otras, en cambio, lograba dar indicaciones precisas para dirigir una brigada de salvamento en plena noche. Comprobó que con la ayuda de ansiolíticos descansaba mejor y sus predicciones eran más acertadas. Esa fue una época en la que todo formaba parte de un aprendizaje.

Veinte meses después, un aviso al 112 alertaba de la desaparición de un vehículo con tres personas en su interior. Carlos, Inés y su pequeño de dos años, Álex, no habían regresado de una corta escapada de fin de semana. Por aquel entonces, la policía ya había constatado el alto grado de aciertos de Amanda y decidió aprovechar sus habilidades psíquicas para localizar a la familia lo antes posible. Para ello, le mostraron algunas prendas de vestir y juguetes del pequeño que se encontraban en casa de los abuelos. La policía pretendía "acelerar" el proceso de localización. Como era de esperar, esa misma noche, Amanda entró rápidamente en un duermevela propicio para sus visiones y así, reveló que el coche se había precipitado por un barranco en Despeñaperros, tras salirse en una curva. Efectivamente, unas horas más tarde, hallaron el vehículo oculto bajo arbustos y maleza. Allí encontraron el cuerpo malherido de Álex junto a sus padres, medio moribundos. Por suerte, aunque con graves lesiones, todos consiguieron salir con vida de ese terrible accidente. Se había abierto una nueva vía de colaboración en la búsqueda de personas desaparecidas.

Por desgracia, algunas visiones llegaban demasiado tarde, cuando la víctima había perecido; esto dejaba una sensación agridulce en Amanda. Por una parte se entremezclaba el dolor por no haber podido salvar esa vida, con el hecho reconfortante de que los familiares recuperaran el cuerpo para darle, al menos, un digno final. En cambio, cuando averiguaba el paradero de una víctima que aún seguía viva, una sensación de bienestar la envolvía, la adrenalina recorría su cuerpo, y, como si de una droga se tratase, la motivaba más para seguir empleando sus habilidades.

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¡Ayúdame a salir de aquí! —oyó decir. Aunque estaba convencida de haberlo soñado, el grito de la chica le pareció real y lo suficientemente intenso como para despertarla. Amanda descolgó el teléfono y marcó el número al que tantas noches había llamado.

¿Inspector? La chica está en un pozo, rodeada de aceite. Muy cerca del lugar de la desaparición. Dense prisa. Aún está viva. —y colgó. Esas fueron sus únicas palabras; no dio opción a que el inspector Álvarez le hiciera una pregunta. Sabía por experiencia que cualquier otra información en esos momentos era superflua y un pequeño comentario podía entorpecer en la investigación. Amanda se vistió a sabiendas de que ya no volvería a retomar el sueño y, como en ocasiones anteriores, se dirigió caminando hacia la comisaría.

Atendiendo a la presión social por conocer todos los entresijos de la noticia, se decidió habilitar el pabellón municipal de deportes de Las Rozas para dar una rueda de prensa. Al día siguiente, decenas de medios de comunicación se concentraron para atender a las explicaciones de la policía sobre la liberación de una chica, secuestrada la semana anterior, en ese mismo barrio. A las dos de la tarde, los informativos de todas las cadenas conectaron en directo con la improvisada sala de comunicaciones.

En los televisores de toda España aparecían el subdirector general del Cuerpo Nacional de Policía y el delegado del Gobierno en Madrid sentados en el centro de la mesa, mientras que al verdadero cerebro de la operación, le relegaron a uno de los extremos. Eso no era lo que más enojaba a Amanda, sino que tras media hora dando explicaciones sobre el asalto a una nave industrial por parte de un grupo de operaciones especiales, la captura de los secuestradores y la posterior liberación de la joven, no habían agradecido la colaboración del inspector. Al menos, respetaron la voluntad de Amanda de mantenerse en el anonimato, básicamente, porque las estadísticas mostraban un increíble 94% de casos resueltos desde que contaban con su ayuda.

Amanda, sentada a escasa distancia de un televisor de cuarenta pulgadas y enfadada por el trato mostrado hacia su amigo, posó la mano sobre la pantalla y arrastró sus dedos hasta pararse sobre el demacrado rostro del inspector Álvarez. Por un instante creyó notar una sensación desconocida hasta entonces; quizás experimentaba ese sentimiento llamado "amor", aunque pronto comprendió que se trataba únicamente de una ilusión.

"¡Estáis en peligro! ¡Salid de ahí!". Una notificación en forma de luz parpadeante junto con un corto pitido alertaron de la llegada de un aviso. El inspector Álvarez volteó su móvil, leyó atentamente el mensaje y desenfundó su pistola bajo la mesa.

De pronto, uno de los reporteros de la primera fila dejó caer su micrófono, abrió su chaqueta y mostró lo que era, sin duda alguna, un chaleco explosivo. El terrorista gritó algo en un idioma irreconocible, pero, fuese lo que fuese, no tuvo tiempo de acabar la frase. El inspector Álvarez alzó su arma, apuntó a la cabeza del individuo y realizó un disparo certero. Su cuerpo cayó de espaldas sobre el resto de los periodistas.

Tras unos segundos de desconcierto, un tímido aplauso, iniciado con titubeo desde una de las últimas filas, se convirtió en una gran ovación en apoyo de la rápida respuesta del inspector. Los destellos de las cámaras fotográficas inmortalizaron el momento y los titulares de los principales diarios del día siguiente se centraron en una sola noticia, la heroica actuación del inspector Ernesto Álvarez.

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En la puerta, un letrero recuerda que el nuevo subdirector general del Cuerpo Nacional de Policía es aquel inspector Álvarez. Lo primero que llama la atención al entrar en el despacho es un gran retrato de Amanda sobre la vitrina de las medallas; esta es la manera de darle las gracias por su ayuda, no solo por salvar su vida, ni por influir en su meteórico ascenso sino por continuar con la misión de encontrar personas desaparecidas.

Amanda también tiene su propio despacho, mucho más modesto y, por supuesto, bien lejos de la comisaría. Ahora, vive en un bonito chalet con vistas a Navacerrada para sentir el fresco aire de la sierra. A pesar de la lejanía, siempre está conectada al teléfono del subdirector general.

En las paredes de su despacho no hay retratos, ni medallas, ni diplomas que le recuerden quién es. En esas paredes despobladas solo destaca un cartel con un texto motivador: «La casualidad no existe», en clara alusión a la labor que realiza con sus premoniciones.

Diez años después de aquel primer encuentro, Amanda Ochoa y Ernesto Álvarez siguen en contacto. Ella pasa habitualmente por las dependencias policiales, pero ahora, en calidad de "asesora" del Centro Nacional de Desaparecidos, un eufemismo para no reconocer que se trata de una vidente al servicio de la policía. Aquellos que pensaron que sus logros eran cuestión de suerte, ya han cambiado de opinión.

Efectivamente, diez años después, ambos conocen la respuesta a aquella primera pregunta.


Esteban Rebollos (Abril, 2019)


[ 5' 50'' ] Informe Malena: Caso cerrado


Releyó el informe que él mismo había escrito, corrigió algunos errores tipográficos y tras repasar cuidadosamente los dos últimos párrafos decidió eliminarlos. En ellos, desvelaba información que aún debía mantener en secreto, datos que utilizaría como señuelo para conseguir ese puesto que tanto deseaba en la CIA.

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Al pasar bajo el arco de seguridad presintió que, a partir de ese instante, su vida cambiaría. Estaba en lo cierto. Le entregaron una credencial en la que se podía leer "Daniel Jacobs - Agente en prácticas", la cual colgó, con orgullo, de la solapa de su chaqueta.

Una joven secretaria le acompañó hasta la sala de espera del segundo piso. Allí, Daniel se acomodó en el sillón situado frente a la puerta del despacho, colocó su portafolios sobre una pequeña mesa de cristal y escudriñó cada rincón en busca de alguna cámara de seguridad. Por suerte, no encontró nada que le hiciera suponer que estaba siendo observado; odiaba sentirse acosado por cámaras de vigilancia.

-Señor Jacobs... mi nombre es James Carter, director del Departamento de Análisis de Perfiles Psicológicos -oyó decir al hombre rechoncho que llegaba por el pasillo a paso ligero, medio jadeando, en mangas de camisa y con un vaso de café en cada mano.

-Por favor, pase y siéntese. ¿Le apetece un café? -sin esperar la respuesta, el director posó uno de los vasos frente a Daniel, dejó caer unos azucarillos sobre la mesa y fue a sentarse en su butaca de piel, diciendo, -Lo tomo solo. El azúcar y la leche matan, bueno, ...la cafeína también mata. ¡De algo hay que morir! -esbozó una sonrisa y empezó a remover su café de manera obsesiva.

La tesis que Daniel Jacobs presentó para su doctorado consistía en un novedoso procedimiento de localización de personas desaparecidas. Desarrolló un algoritmo de Inteligencia Artificial para encontrar patrones capaces de rastrear conductas personales. El éxito en el ámbito universitario llegó cuando la revista "Science" publicó un artículo de su nuevo método de afrontar la investigación criminal, en cambio, el reconocimiento social lo obtuvo cuando la policía, con la única ayuda del "algoritmo" de Jacobs, rescató tres niños que habían sido raptados.

A pesar de que varias agencias gubernamentales estaban interesadas en sus servicios, solo la CIA había adquirido los derechos para el uso del programa. El Departamento de Análisis Antiterrorista había implementado el algoritmo para la localización, seguimiento y, posterior, detención de terroristas, delincuentes y espías a nivel mundial. Con el fin de comprobar las mejoras realizadas en el programa, se encargó al propio Daniel un minucioso informe sobre las actividades de "Malena", la espía rusa Masha Kuznetsova, una identidad ficticia creada por la CIA para el adiestramiento de sus agentes en materia de contraespionaje. Para ello, pusieron a su disposición todos los recursos de los que disponía la Agencia.

-Señor Carter, quiero mostrarle el informe que me encargaron -dijo Jacobs mientras sacaba algunos papeles de su portafolios.

-Sí, yo mismo lo solicité. ¿Qué información ha obtenido? -dijo el director, ávido por conocer los resultados.

-Señor Carter, aquí tiene el informe pero permítame que le haga un resumen -le dijo. El director no se molestó ni tan siquiera en consultar las más de cien páginas que Jacobs le había dejado sobre la mesa. La historia de la espía no le era nueva, de hecho, él había sido uno de los impulsores del programa de entrenamiento de nuevos agentes. Carter asintió y miró al joven a la espera de sus explicaciones.

-Masha Kuznetsova, nacida en 1981 en un pequeño pueblo cerca de Odessa, Ucrania. Padre militar, de origen ruso, y madre ucraniana, trabajadora en una fábrica de automóviles. Masha estudió en su pueblo natal donde destacó, sobre todo, por su excelente memoria visual.

Al terminar el primer ciclo, es llevada a Kiev a una escuela para alumnos de "altas capacidades"; allí potencian también su destreza en otras materias. En 1995, con tan sólo catorce años, la trasladan a Moscú donde se le pierde la pista hasta que siete años después reaparece como traductora en la Embajada de Rusia en Berlín.

-Efectivamente, es ahí donde comienza su carrera como espía. Prosiga, por favor.

-A partir de 2004, utiliza su trabajo en distintos consulados de Europa como tapadera para extender una gran red de espionaje. Posteriormente, es enviada a América Latina, donde desempeña labores de asesoramiento al gobierno de Venezuela, lo que culmina con la compra de equipamiento militar a Rusia por más de 2000 millones de dólares. Tras esto, reside además en Guatemala, Brasil y Argentina.

-Perdone... -interrumpió nuevamente el director -¿Sabe por qué la llaman "Malena"?

-Sí, claro. En Buenos Aires, mientras trabaja infiltrada en un grupo fascista, recibe la orden de asesinar a sus cinco componentes. En el plazo de dos días, sus cadáveres aparecen repartidos por toda la ciudad; fue entonces cuando recibe el alias de "Malena, la asesina rusa". A partir de ahí, se vuelve más violenta, participa en numerosos atentados y se le relaciona, al menos, con once muertes. Veinte meses después, se traslada a México en donde es captada por la CIA.

Tras su deserción del Departamento de Inteligencia Ruso, antigua KGB, pasó a cooperar con el gobierno estadounidense en el desmantelamiento de varios cárteles que operaban en la frontera. Tras ese trabajo cambia de identidad y, a partir de principios de 2011, se pierde todo rastro.

-¡De alguna manera había que recompensar los favores prestados! -exclamó Daniel.

-Desde entonces no se tiene constancia de que haya participado en actividades delictivas en Estados Unidos.
Fin del informe.

-Excelente trabajo, señor Jacobs.
¡Todo esto en apenas una semana!
Un equipo de seis personas hubiera tardado tres meses en obtener estos mismos resultados. Su procedimiento es asombroso. ¡Necesitamos agentes como usted en nuestra organización! -El director se puso en pie, extendió su mano para saludarle y, así, dar por finalizada la reunión.

Daniel recordó los dos párrafos que había eliminado del informe original y decidió que ese era momento de enseñar sus cartas. ¡Ahora o nunca!

-Gracias, señor, pero... ¿No le gustaría saber qué ha sido de "Malena" desde entonces?

-¿Cómo dice? No hay un "después" de 2011. El perfil de Kuznetsova no se completó más allá de esa fecha. No era necesario para el adiestramiento.

-Usted sabe que no es así. La mejor manera de mantenerse en la clandestinidad es ser visible pero sin llamar la atención. -Apostilló -Lo aconsejable es residir en una pequeña comunidad de las afueras de la ciudad, donde apenas se tiene relación con los vecinos. Es decir, refugiarse bajo la apariencia de la típica ama de casa, la perfecta esposa y la ajetreada madre; hacer vida normal, comprar en el supermercado, llevar a los niños al parque y hablar con otras madres de lo difícil que resulta cuidar de gemelos. Nada fuera de lo habitual.

Efectivamente, tras pronunciar la palabra "gemelos", su corazón se paró. Se dio cuenta de que ningún algoritmo, ninguna inteligencia, por muy artificial que fuera, podría deducir eso. Supo que no tendría que haber dado aquel dato. Su boca se secó, aunque, era inútil seguir hablando. Levantó la vista y sus ojos se encontraron con los del director. Por un instante fue capaz de leerle la mente. Le había descubierto y era tarde para enmendar su error.

Aunque no lo había dicho expresamente, no solo acababa de desvelar la existencia real de "Malena" y su familia, sino que había descubierto que era capaz de identificarles y, por tanto, ponerles en peligro.

-Reconozco que sería un buen final, pero aún debemos mejorar su programa. Preséntese mañana en el departamento de Perfiles y, allí, le asignarán un destino. ¿Es lo que buscaba, no?... Le felicito-. Ahora, sí, ahora le estrechó la mano.

Las falsas palabras de Carter y su fría despedida hizo que a Daniel le embargase una sensación de desasosiego. Cuando devolvió su credencial en la entrada notó como si un desgarro interior lo partiera en dos. Tuvo la impresión de haber fallado en el momento más crítico de su vida. Ya no tendría una segunda oportunidad.

Al director le gustaba el café solo, sin leche ni azúcar y, además, no le importaba que estuviese frío. El que Jacobs no se tomó, sería el tercero de la mañana en la cuenta de Carter.

-¡De algo hay que morir! -exclamó, mientras removía el café.

A las dos de la tarde, Carter se puso las gafas, sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y pulsó la memoria M1. Un tono intermitente de llamada se escuchó a través del minúsculo altavoz, hasta que, por fin, una voz femenina respondió.

-¡Hola, cariño! ¿Qué me cuentas? -le respondió en tono jocoso.

-¡Nos han descubierto! ¡Toma nota! -dijo Carter, con voz seca. A continuación, le explicó lo sucedido y le dio unas instrucciones breves y claras.

No era la primera vez que Mariah se encontraba en una situación como esta. Sabía bien cómo actuar, así que, memorizó el nombre y la dirección que le había indicado su marido; era todo lo que necesitaba.

-¿A qué hora llegas, Jim? -preguntó, como si la conversación anterior no hubiese existido.

-Saldré un poco más tarde. Pasaré por el centro a hacer alguna compra y recogeré a los niños a las cinco. Nos vemos en casa a la hora de la cena.

-Perfecto, os espero. -Con calma, Mariah se preparó para lo que vendría a continuación.

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Se incorporó a la autopista y circuló más de treinta kilómetros en dirección Norte. Concentrada en sus propios pensamientos, visualizó lo que pasaría en apenas una hora. Estaba acostumbrada. Conducía sin prestar mucha atención al resto del tráfico hasta que la voz metálica del navegador le recordó cual era el camino más rápido hacia Silver Spring.

Veinte minutos más tarde, el sedán plateado de Mariah Carter recorría una céntrica calle del lujoso barrio donde residía Daniel. Tardó poco en encontrar el número buscado, aparcó su coche bajo la sombra de un roble y salió a inspeccionar la zona. Comprobó que la casa no disponía de cámaras de vigilancia ni sistema de alarma, así que, decidió entrar a través de la ventana de la cocina y esperar sentada en una cómoda butaca del salón. Se sentía tranquila y segura de sí misma, probablemente, por la confianza que le proporcionaba su Beretta 9mm Parabellum.

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Había pocas cosas tan gratificantes como una ducha de agua caliente. Mariah permaneció entre espuma y jabón hasta bajar su nivel de adrenalina. El agua limpió no solo su piel sino también los pecados de su alma; fue entonces, cuando sintió la tranquilidad que solo proporciona el "trabajo" bien hecho.

A las seis menos diez, James Carter entró en el garaje en su Chevrolet deportivo; aunque no era un coche apropiado para ir de compras y, mucho menos, para llevar dos sillas de bebé, se negaba a cambiarlo por una berlina familiar. Su vida había dado un giro radical desde el nacimiento de sus gemelos.

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En algún lugar de la casa de la familia Carter se encuentra un expediente desaparecido de los archivos de la sede central de la CIA en Langley, Virginia. La portada, amarillenta por el paso del tiempo, tiene como único identificador las iniciales "M.K." escritas con tinta roja. Dentro, descansan más de setecientas páginas sobre alguien que, según la versión oficial de la Agencia, nunca existió. Masha Kuznetsova, más conocida como "Malena", y ahora esposa de James Carter, sigue en busca y captura por espionaje internacional en más de veinte países. Se le atribuyen atentados en embajadas de medio mundo y se le relaciona, al menos, con once muertes.

Aunque, ahora, deberían ser... doce.

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El cuerpo de Daniel Jacobs apareció en la ducha de su casa con el cráneo fracturado. El informe oficial incluía la expresión "accidente doméstico".

-¡De algo hay que morir!

Caso cerrado.

Esteban Rebollos (Enero, 2018)

 

[ 3' 30'' ] Sin medias tintas




 (Una historia de la Yakuza)


Tras mi muerte me arrancarán la piel y la venderán al mejor postor.

Quizás sea un orgullo ser expuesto en una vitrina como un animal de caza —dijo Hikaru, esbozando una sonrisa.

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Hikaru y Tadashi, amigos desde la infancia, practican Kendo dos veces por semana en el Budo Kyotoshi, en pleno corazón de Kioto. Desde hace más de seis décadas este dojo es el centro de reunión de los miembros de más alto nivel de las Yakuzas de la costa este japonesa.

Durante más de una hora, los continuos ataques, a veces con sables de bambú, a veces con dagas de madera, se acompañan de gritos agudos que aumentan la intensidad de cada golpe. Si bien, la mayoría de los envites son parados con el sable, algunos consiguen alcanzar el cuerpo del contrincante provocando gran dolor. Los golpes son tan contundentes que ninguna protección evita que aparezcan marcas y moratones bajo una armadura realizada con algodón, acero y cuero.

Tras la práctica intensa de cualquier arte marcial, no hay nada más reconfortante que disfrutar de un baño de aguas termales, el llamado, "onsen". Es ahí donde las conversaciones y acuerdos entre los miembros de distintos clanes adquieren su mayor relevancia. Más tarde esos pactos se firmarán, unas veces con tinta en los despachos de los grandes rascacielos, otras, con sangre en algún oscuro callejón.

Cuando Tadashi se quitó el casco y la armadura, lo primero que resaltó de su cuerpo fue su blanco hombro izquierdo. Única zona, de cuello para abajo, sin tatuajes. Sí, la única. El contraste de los colores negro y rojo hacía que su piel, en aquella zona aún virgen, resplandeciese con más intensidad. En cambio, en su espalda, una gran carpa japonesa nadando a contracorriente, le recuerda, constantemente, su deseo innato por triunfar.

El ritual del baño se inicia con una primera ducha tonificante y, a continuación, sentado en un minúsculo taburete, casi en cuclillas, Tadashi limpia su cuerpo con una pequeña toalla. Posteriormente, vestido con un kimono de algodón y chanclas de madera sale de los muros del acogedor dojo para dirigirse a las pequeñas oquedades talladas en la roca volcánica. Junto a él se extiende un gran espacio repleto de jacuzzis naturales, un lugar reservado únicamente para hombres. Sus cuerpos tatuados son señal inequívoca de la férrea jerarquía establecida dentro de la Yakuza.

Cada tatuaje, "irezumi", simboliza un hecho importante en la vida de su portador, habitualmente, éxitos relacionados con la actividad delictiva desarrollada en la organización. Desde los pequeños ramilletes de flores de loto o crisantemos en diversos tonos de grises que representan los asesinatos realizados por encargo, a los llamativos símbolos religiosos, personajes legendarios o serpientes multicolores que reafirman el estatus conseguido a lo largo de los años.


Y es que ningún tatuaje se realiza al azar, ni tan siquiera se trata de un capricho efímero. El maestro tatuador, único artista que puede hacerse cargo de un trabajo una vez empezado, es elegido por su larga experiencia en los diseños y el uso de las distintas tonalidades. No todos se atreven a utilizar en sus trabajos tintas de llamativos colores como el rojo, verde o amarillo. Solo unos pocos maestros tatuadores guardan el secreto de los pigmentos que los componen; en su mayoría elementos venenosos, perjudiciales para la piel si no se administran con mesura y conocimiento.


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Se hicieron amigos mientras deambulaban por las calles que les vio nacer; calles de un barrio pobre, inmerso en los muelles portuarios de la gran ciudad. Crecieron entre timbas de marineros, prostitución, tráfico de drogas y estraperlo de mercancías proveniente de ultramar. Y, años más tarde, tras una adolescencia rebelde, decidieron buscarse la vida, acabando en el único lugar donde fueron bien recibidos, la yakuza regional. Allí comenzaron con pequeños encargos; normalmente trabajos de extorsión a comerciantes y constructores.

Con el paso del tiempo, obtuvieron un renombre dentro de la organización al no amedrentarse ante ningún grupo rival, aunque, por supuesto, no se libraron de algún que otro golpe o, incluso, algún que otro, navajazo. Sus trabajos, siempre en pareja, les llevó a recibir el apodo de los "Gemelos Rõnin", en clara alusión a la leyenda de los 47 samuráis que vengaron la muerte de su señor feudal.

Pero los problemas siempre acaban llegando y, en esta ocasión, como no podía ser de otro modo, de la mano de una mujer. Aratani, una chica de origen humilde, raptada y obligada a prostituirse en uno de los múltiples garitos de la zona portuaria, entró en sus vidas cuando los "gemelos" decidieron darle una oportunidad, sacándola de aquel ambiente. Con el paso del tiempo, ambos se enamoraron de ella y, por ella, empezaron las primeras discusiones.

A pesar de jurarse fidelidad y respeto, la rivalidad creció entre ellos. Cuando Tadashi decidió tatuarse una geisha con el rostro de Aratani, Hikaru se enfadó hasta el punto de retarle a un combate a muerte. Por suerte o por desgracia, el fatídico asesinato de la chica, por parte de un clan rival, evitó que el combate llegase a celebrarse. Más tarde, debido a ese trágico suceso, retomaron el contacto entre ellos, hasta consolidar, nuevamente, su amistad.

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¿Cuántos tienes? —dijo señalando su cuerpo.

Demasiados. Hace tiempo que perdí la cuenta.

¿Y el hombro? Aún no está tatuado.

Está reservado para algo especial.
¿Cuál te gusta más?

No he visto ningún dragón.

******

Dos años después de aquel último combate de Kendo y antes de que el Alzheimer estuviese en su estado más avanzado, Hikaru le solicitó ayuda a su amigo para poner fin a su vida. Tadashi, atendiendo a su petición, inició el ritual del "seppuku", la milenaria ceremonia japonesa del suicidio, prohibido en nuestros días.


Ahora, Tadashi, luce un dragón en su hombro derecho junto al retrato de Aratani, su gran amor. Un recuerdo permanente de su buen amigo, Hikaru. Este es el único tatuaje de su cuerpo que no simboliza un asesinato, sino todo lo contrario, una muerte digna y honrosa.
Por supuesto, es el tatuaje del que más orgulloso se siente.


Esteban Rebollos (Junio, 2021)


miércoles, 23 de abril de 2025

[ 1´ 40" ] 23 de abril

 



Hacía muchos años que había dejado de escribir. Esa no fue una decisión repentina, sino una rendición ante una batalla imposible de ganar. Desde su juventud, había sido una escritora reconocida, con libros traducidos a varios idiomas y lectores que aguardaban cada nueva publicación con entusiasmo. Ahora, en cambio, pasa los días sentada frente a la ventana, contemplando un horizonte inexistente.

Quizás, muy dentro de sí, las historias aún existan. Puede que sigan agitándose, buscando una salida, como las raíces que empujan la tierra para volver a la luz. Pero su cuerpo, frágil y vencido por los años, ya no responde igual que antes. Sus manos tiemblan, y su mente se desliza entre la niebla en la que las palabras parecen desaparecer.

Su marido acude cada día, sin falta. Se sienta a su lado, le habla con ternura y le toma la mano. Ella lo mira y una chispa de reconocimiento ilumina sus ojos. Entonces, sonríe, aunque no recuerda su nombre ni la historia que compartieron.

—Hoy es un día muy especial —dice él, con voz emocionada—. Hace 55 años me dedicaste tu primer libro... y, desde entonces, nunca nos hemos separado.

Como cada año, un 23 de abril, él le regala una rosa. Ella la toma con un movimiento lento, casi ceremonial, y la acerca a su nariz. Cierra los ojos, inhalando con delicadeza el aroma y, por un instante, parece recordar buenos momentos. Pero, lamentablemente, solo se trata de un espejismo.

—Aunque no puedas decírmelo, sé que aún me quieres —susurra él, sabiendo que quizás sus palabras se pierdan en el laberinto de su mente.

Ella asiente y él se alegra, mientras el sol de abril entra por la ventana, cálido y dorado, como si el tiempo pudiera detenerse solo para ellos. Y en este momento, donde ya no importan la memoria ni los años, la historia de su amor sigue escribiéndose en silencio.


Esteban Fdez.-Rebollos (Abril, 2025)

martes, 22 de abril de 2025

[ 3' 45'' ] 27 segundos




Lugar: La Gomera. Lunes, 10 de julio de 2023. 23:59 (hora insular)

Un click seco, mecánico y definitivo al pulsar la tecla Enter marcó el inicio de todo.

Desde el gran ventanal de su habitación, en lo alto de San Sebastián, observó cómo las luces comenzaban a apagarse en cadena. Primero, las farolas de la carretera principal. Luego, las pequeñas casas del poblado. Más tarde, el puerto. Todo se sumió en una oscuridad densa, artificial, cuidadosamente provocada. El silencio que acompañó al apagón fue aún más inquietante. No se oyeron motores, ni radios, ni tan siquiera el murmullo de los pájaros.

Durante 27 segundos, La Gomera se convirtió en una isla oculta, desconectada por completo del mundo.

Y él lo había causado con unas pocas líneas de código.

En ese momento, lo vivió como una victoria. Pero cometió dos errores imperdonables para alguien que pretendía permanecer en las sombras. Incomprensiblemente, eligió el día de su decimosexto cumpleaños y su ciudad natal para iniciar su carrera delictiva. Esa nefasta alianza marcaría el comienzo de su persecución.

Al día siguiente, los periódicos hablaron de un fallo técnico en la subestación principal. Un transformador, decían unos. Un cortocircuito, especulaban otros. Nadie, ni siquiera el más paranoico, mencionó la palabra «ciberataque». Aun así, el Centro Nacional de Inteligencia activó sus protocolos de ciberseguridad.

Él supo que lo buscaban por los cambios sutiles en los sistemas, por pequeñas alteraciones en los tiempos de respuesta y, sobre todo, por la aparición de huellas de vigilancia digital. Nuevas direcciones IP intentaban rastrear sus últimos movimientos mientras él dejaba pistas falsas que apuntaban a hackers rusos o israelíes.

Para desviar las sospechas, orquestó una serie de pequeños apagones por todo el archipiélago. Cortes breves, caídas de tensión, todos con explicaciones técnicas plausibles. Tenerife. El Hierro. La Palma. Ninguno conectable con el incidente de La Gomera. Aprendió rápidamente; jamás volvería a ejecutar un ataque tan personal ni tan próximo.

Pero todo tenía un propósito.

Durante los dos años siguientes, construyó su infraestructura desde cero. Un ordenador de última generación, tres monitores, sistemas redundantes, redes cifradas, túneles de acceso encubiertos. Se formó en foros ocultos, devorando manuales prohibidos y siguiendo vulnerabilidades en tiempo real.

Las noches fueron su laboratorio y el teclado, su arma perfecta.

Y entonces, llegó el momento.


Lugar: Deep Web. Lunes, 28 de abril de 2025. 12:33 h (hora peninsular)

Una oleada de comandos se propagó por la red eléctrica nacional y, uno a uno, los nodos fueron cayendo. Desde Galicia hasta Andalucía. Portugal se apagó. El sur de Francia titubeó… y luego, toda España se sumió en la penumbra.

El caos fue inmediato. Pero él no buscaba el caos.

Mientras unas pantallas quedaban negras, otras mostraban gráficas en movimiento. Líneas rojas, verdes, puntos que subían y bajaban. Su verdadero objetivo era el mercado bursátil. Llevaba año y medio adquiriendo acciones en sectores clave como energía, transporte y telecomunicaciones. La caída del sistema haría temblar el IBEX 35.

Y justo antes del colapso, vendió.

No todo. Solo lo necesario. En silencio.

En unos milisegundos, inversores de todo el mundo perdieron apenas unos céntimos por acción. Lo justo para pasar desapercibido. Pero, con la reactivación gradual del sistema, sus algoritmos ejecutaron órdenes precisas. Compraron. Vendieron. Reinvirtieron. En cuestión de minutos, su cartera de bitcoins se infló como una burbuja.

Al día siguiente, los titulares hablaron de un “cero energético” sin precedentes. De tormentas solares. De sabotaje extranjero. Nadie pensó en él. Nadie imaginó que aquel apagón era la cobertura de un robo silencioso. El atraco perfecto.

Y mientras los gobiernos reconstruyen sus redes y debaten nuevos protocolos de ciberdefensa, él ya piensa en su próximo golpe.

Objetivo: Índice Nikkei (Japón)

Fecha prevista: lunes, 8 de junio de 2026


«Y esta vez… no cometeré errores.»

 


Esteban Fdez.-Rebollos (abril, 2025)


sábado, 31 de agosto de 2024

[ 3´ 20´´] No todas somos iguales - Serie Maine (IX)




Cuando el proyectil impactó en su chaleco de Kevlar, sintió como si le arrancaran las entrañas. Su siguiente pensamiento fue lo vulnerable que se sentía, así, tendida en el suelo. Y luego, luego todo se volvió negro.

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-Necesitamos un agente de refuerzo y nos envían a una secretaria -se escuchó decir desde la esquina más lejana.

El sheriff Raymon Stalker, con la solicitud de personal en la mano, comenzó a leer:

Allison Harper, 42 años, exmarine condecorada, agente de policía en Providence, Rhode Island, durante los últimos doce años. Solicitó el traslado voluntario tras agredir a un superior.

-¡Menudo marimacho! -interrumpió la voz.

-Si puedo elegir, siempre escogeré a quien mejor me cubra las espaldas y eso lo hacía muy bien mi hermana -respondió Dawson, revolviendo su café.

El sheriff sabía desde hacía dos meses que el nuevo refuerzo sería una mujer. Él mismo había seleccionado a la candidata ideal para una comisaría como la de Bangor. Si la nueva ley estatal obligaba a tener, al menos, una mujer en plantilla, debía ser tan eficiente como el resto de los ayudantes.

-Buenos días, soy Allison Harper. ¿El sheriff Raymon Stalker, por favor? -esas fueron sus primeras palabras al entrar en la comisaría.

El mal humor de los ayudantes del sheriff se disipó en cuanto Harper entró por la puerta, pues todas las miradas se centraron en ella.

El ayudante Paul Wesley acompañó a Harper hasta la oficina del sheriff. Allí, Raymon y Allison conversaron durante más de veinte minutos.

-Os presento a la agente Harper, Allison Harper. Se incorpora hoy como refuerzo y creo que será un miembro valioso para nuestra plantilla -anunció el sheriff, invitándola a hablar con un gesto.

-Buenos días, como ha dicho el sheriff Stalker, vengo a ser una más del grupo y ayudar en todo lo posible. No soy una novata pero como cada comisaría tiene su forma de trabajar, solo espero que me echéis una mano hasta que me ponga al día. Muchas gracias. Si tenéis alguna pregunta...

Un silencio sepulcral se instaló en la sala hasta que Wesley se atrevió a preguntar:

-¿Por qué solicitaste el traslado?

-Veo que las noticias vuelan. Digamos que mi jefe y yo tuvimos algo más que palabras pero, no os preocupéis, cuando tengamos más confianza, os dejaré leer el informe completo.

Las dos semanas siguientes a su incorporación fueron inusualmente tranquilas. Harper se ocupó de organizar montañas de papeleo y, de vez en cuando, patrullar por las calles de una ciudad casi vacía.

-¿Esto siempre está tan tranquilo? Me hace falta algo de acción.

-No te preocupes. En cuanto pase esta ola de calor, todo volverá a la normalidad.

Y así fue, a principios de Septiembre, los avisos aumentaron exponencialmente. Una actividad febril se apoderó de la ciudad, aunque nada fuera de lo común.

Efectivamente, la tranquilidad de Harper terminó una noche de sábado. Un aviso por intento de allanamiento en uno de los barrios más lujosos de Bangor la llevó a una persecución hasta las afueras de la ciudad. Un robo frustrado por las alarmas de una mansión se convirtió en una peligrosa cacería.

Dos enmascarados, con armas automáticas, disparaban a discreción sobre el coche patrulla del ayudante Paul Wesley. El vehículo recibía una lluvia de balas y, sin poder hacer nada más, Wesley se acurrucó en su asiento, consciente de que su refugio no le protegería por mucho tiempo.

Por suerte, momentos después, Harper llegó en el todoterreno que solía conducir el sheriff. Bajó del vehículo y, con su arma reglamentaria, disparó certeramente al ladrón que aún permanecía en su coche. Mientras tanto, el segundo hombre se acercó al coche de Wesley y, apuntándole a la cabeza, se preparó para disparar. En un rápido movimiento, Harper se interpuso en el camino del proyectil justo cuando ella le disparó en la cara. El ladrón cayó como un saco de patatas, estrellando lo que quedaba de su cabeza contra el barro del camino.

Harper sintió un fuerte impacto, una quemazón en el pecho y su respiración se cortó. En un instante, su mente la llevó al recuerdo de las imágenes de televisión donde el cuerpo de un policía de Rhode Island yacía bajo una manta. Su padre había fallecido en un tiroteo similar, quince años atrás. Sus piernas se doblaron, apoyándose contra la puerta del coche patrulla a modo de escudo. Luego, todo se volvió negro.

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En su primera intervención, Harper salvó la vida de un compañero y recibió un disparo a quemarropa que le fracturó varias costillas. Nada que unos días de reposo no curasen.

Cuando Harper se reincorporó al trabajo, todos aplaudieron su valentía en un improvisado acto de bienvenida. Una fotografía colgada en la pared de la comisaría mostraba un cordial abrazo entre Harper y Wesley. Ella le había salvado la vida, pero él no sabía cómo recompensárselo. De todos modos, ya encontraría la manera.

Una vez más, los logros de los ayudantes aparecerían en los noticiarios de la ciudad. Una condecoración, una paga extra y la promesa de unos días de vacaciones serían la recompensa por arriesgar sus vidas.

Mientras tanto, el informe sobre el verdadero motivo del traslado aún permanece, bajo llave, en el escritorio del sheriff. Después de ese fin de semana, nadie volvió a ver a la agente Harper como a una "secretaria".


Esteban Rebollos (Agosto, 2024



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