viernes, 26 de marzo de 2021

[ 1' 50'' ] Juntos

Estaba más delgada, más pálida y más bella que nunca, y él se dirigió a ella con ternura infinita.

-Marina -le dijo de forma tímida-, te amo.

Ella lo miró con ojos llenos de amor y tristeza... y le respondió:
-¿Quién eres?

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Lorenzo llevaba meses planeando aquel encuentro. Su amor por Marina era tan intenso que estaba deseando y temiendo, a partes iguales, que regresara a casa.

Su esposa estuvo ocho meses internada y, en cierta manera, ya no podía vivir con ella, pero tampoco sin ella. Precisamente, por ese motivo, decidió que el reencuentro fuese inolvidable para ambos.

Los meses anteriores a su ingreso habían deambulado de consulta en consulta en busca de alguna esperanza. Por desgracia, los especialistas coincidieron en el diagnóstico y todos los informes reflejaban un mismo final.

Esa mañana, Lorenzo compró flores, velas aromáticas e, incluso, se dejó aconsejar para adquirir un excelente vino. Ese sería el punto culminante de una celebración tan especial.

La acompañó hasta la puerta de la vivienda; al abrirla, Marina se encontró con la misma estancia que había dejado ocho meses atrás, salvo que estaba repleta de flores y velas. El salón mantenía el toque minimalista, acogedor y luminoso que a Marina tanto le gustaba.

Lorenzo la observaba, atónito. Nunca había visto a su esposa tan radiante.

- Marina, ¿estás bien?

- Sí, Lorenzo. Muy bien.

Marina le dio un beso en la mejilla y, sonriendo, entró en el salón. Él la siguió, cerrando la puerta tras de sí. Ella no podía dejar de sonreír. Se sentía feliz. Lorenzo, por su parte, parecía algo nervioso.

Decidió recrear el mismo menú que, pocos años antes, les sirvieron en el banquete de sus "Bodas de oro". Un éxito seguro que, por supuesto, les traería buenos recuerdos.

Comenzando por una "Crema fría de champiñones y queso gorgonzola", aderezada con especias, le siguió un plato de "Salmón al horno con miel y limón" y, como postre, lo que más les gustaba, "Coulant de avellanas y crema helada". Todo ello regado con un buen Borgoña. No se merecían menos.

Tras la cena, pasaron el resto de la velada rememorando viejos tiempos. Así, recordaron el día en que se conocieron, sesenta años atrás, trabajando en la cocina del mejor restaurante de Madrid. Poco después, se enamoraron y, partir de ahí, decidieron apostar por un futuro juntos.

Ojearon los álbumes y, de esta manera, pudieron recordar los buenos momentos junto a sus hijos y sus nietos. Pero hubo una foto en particular de la cual Marina no podía apartar la mirada, la del día de su boda. Quizás en ese momento no recordaba la fecha ni el lugar, pero su rostro hablaba por sí solo. Era una mujer feliz. De repente, la lucidez regresó a la mente de Marina, quien miró a Lorenzo y, acariciándole la mano, le dijo:

-¿Te acuerdas, Lorenzo? ¿Recuerdas la noche que te pedí que te casaras conmigo?

-Claro que me acuerdo. Fue una noche de verano, una noche calurosa. ¡Cómo olvidarlo!

-¿Y sabes qué? Aún te quiero.

-¿Te quieres volver a casar conmigo?

-¡Una y mil veces!- respondió Marina.

Marina sintió una punzada en el corazón y una sensación de alegría la embargó. Entonces, recordó aquel día, cuando le dijo sí a su esposo; recordó la felicidad de cuando nacieron sus hijos; la felicidad de todos estos años juntos. Su rostro se iluminó y decidieron inmortalizar aquel momento, haciéndose fotos abrazados, sonriendo y besándose. Un legado digital que dejarían para la posteridad.

Pasada la medianoche, brindaron por sus familiares. Ella depositó el informe médico y una breve carta de despedida sobre la mesa del despacho, mientras él abría la llave del gas. Aún no era demasiado tarde, podrían arrepentirse, pero se miraron a los ojos y supieron que había llegado su momento.

Se abrazaron y, sin decir una palabra, se acostaron juntos para ya no despertar.

Esteban Rebollos (Marzo, 2021)


jueves, 18 de marzo de 2021

[ 0' 40'' ] Desde la distancia




Cuando posó el teléfono sobre la mesa sintió una sensación de calma y una sonrisa se dibujó en su rostro.

Una fuerza, hasta ahora desconocida, hizo que lo tomara de nuevo y leyese los mensajes intercambiados pocos minutos antes.

Mientras los leía, sintió un cosquilleo. Se dio cuenta de que las frases allí escritas no eran solo palabras inconexas sino que transmitían sentimientos verdaderos. No tenía duda de que era pronto para cualquier tipo de relación.

—Solo es amistad —se dijo —2000 km es demasiada distancia  —pensó mientras unía dos puntos lejanos en un mapa mental.

Por un minúsculo instante se sintió deseada por un desconocido e intentó borrar rápidamente ese pensamiento de su mente.

—Sigo siendo joven susurró en voz baja.

Recorrió el largo pasillo para mirarse en el espejo de su dormitorio. Realmente le gustó lo que vio. Estaba radiante. Los años la habían tratado muy bien. Ante sí se encontraba una mujer segura de sí misma, una mujer que sabía lo que quería, una mujer capaz de darse tantas oportunidades como le fuera posible. Echó un vistazo a la habitación y vio la chaqueta que su marido había usado el día anterior, decidió guardarla, abrió el armario y la colgó de una percha de madera.

El color de un conjunto de fiesta, casi olvidado en su vestidor, le hizo pensar de nuevo en los mensajes que le enviaba el desconocido. No podía evitar sentirse halagada, pero una parte de ella seguía pensando que aquello era una locura.

Aún eres una hermosa mujer le dijo en voz baja a su reflejo.

Por más que lo intentase, no podía borrar de su mente aquellos mensajes. Precisamente, la incertidumbre de no saber quién los enviaba hacía ese juego más interesante. Siempre le gustó la idea de que alguien pensara en ella y, ahora, un desconocido le dedicaba toda su atención. No dejaba de pensar en él y, para ella, eso era una sensación muy agradable.

¿Qué quiso decir con eso del hilo rojo? ¿Existe realmente esa conexión capaz de unir a dos personas tan distantes? se preguntó. Quizás el destino la estaba poniendo a prueba.

La mujer reflexionó unos instantes. Luego, decidió responder al misterioso mensaje. Sí, creo que existe. Algo nos ha unido, aunque no sabemos exactamente qué es. Pero estoy dispuesta a descubrirlo.

Cerró los ojos y notó una mano acariciándole la mejilla. No se asustó, sino que se concentró y se dejó llevar. Había ternura en ese acto y se sintió bien. Notó unos labios besar los suyos y unas manos recorrer su cuerpo. Pura suavidad. Deseó sentirse amada nuevamente. No había nada malo en ello. En ese momento, la mujer supo que estaba enamorada. No importaba la distancia, ni el tiempo, ni nada. Lo sabía, y era feliz. Se trataba de un juego en el que, únicamente, importaban ellos dos.

—Imposible pensó —Es imposible hacer el amor sin tocarse, sin besarse.

—Si lo deseas... nada es imposible —le susurró él desde la distancia.


Esteban Rebollos (Marzo, 2021)

miércoles, 6 de enero de 2021

[ 2' 10'' ] Día de Reyes (Cuento infantil)


Tras una noche viajando alrededor de medio mundo, por fin, sus Majestades los Reyes Magos habían regresado a Oriente. Como era costumbre, en una sola noche habían repartido todos los juguetes que les habían pedido los niños. 

Bueno, eso creían ellos...

El rey Gaspar, mientras estaba quitando la montura de su camello, descubrió, en el fondo de una de las alforjas, un regalo que había quedado sin entregar.

Aunque no era muy habitual, de vez en cuando los Reyes tenían un descuido como este y, por eso, seguían una regla no escrita. Si el niño había pedido muchos regalos no pasaba nada si le faltaba alguno pequeño, pero si el niño había pedido pocos regalos o era el más deseado de la lista debían solucionarlo esa misma noche.

—¡Melchor, la he vuelto a liar! Búscame una carta, porfa.

—¿Otra vez? ¡Venga, dime el nombre! —le respondió.

—Victoria García Menéndez, Vicky.

Melchor rebuscó entre las cartas de los niños que comenzaban por la letra "V" y, rápidamente, localizó la de la pequeña. Tras leerla, dijo a Gaspar:

—Siento decirte que Vicky solo ha pedido una muñeca, así que, te toca solucionarlo antes de que se despierte. —pero continuó con sorna—
¡Y rapidito, que ya está amaneciendo!

Gaspar se quitó apresuradamente los ropajes que vestía y se disfrazó de repartidor; así conseguiría pasar desapercibido mientras llevaba el paquete.

Con la magia propia de los Reyes Magos, en apenas unos segundos, Gaspar llegó frente a la casa de Vicky.

Por curiosidad, decidió mirar por la ventana y, allí, vio a los padres, desesperados, buscando el regalo de la niña por todos los rincones de la pequeña casa. Observó, también, que el árbol de Navidad estaba vacío.

Gaspar, al ver lo que estaba sucediendo se entristeció y decidió hacer un poco de su magia. Chascó sus dedos y donde solo había un regalo, aparecieron dos más. Era el momento de llamar a la puerta y entregar los regalos. El padre abrió y, al ver al repartidor con tantos paquetes en los brazos, se quedó boquiabierto.

—¡Ta-cháaaan, entrega especial para Vicky!—dijo con cierto entusiasmo, intentando transmitir alegría.

El padre seguía mirándole con cara de asombro, recogió los regalos y solo acertó a decir:

—¡Gracias, Gaspar! —y cerró rápidamente, dándole con la puerta en las narices.

El rey, que no esperaba ese recibimiento tan frío, se quedó atónito y tampoco supo qué decir. En vez de irse, decidió, nuevamente, mirar por la ventana. Esta vez, vio a la niña recoger su regalo, colocado bajo del árbol, abrirlo y empezar a jugar con su muñeca. Vicky estaba feliz, sobre todo, por ver que, este año, sus padres también tenían regalos.

Satisfecho por haber enmendado su error, Gaspar decidió regresar a Oriente. Cuando llegó, se encontró con Baltasar que estaba recogiendo cuidadosamente los trajes utilizados la noche anterior.

—¿De qué vas disfrazado? —le preguntó Baltasar.

—De repartidor, ¿a que mola?

—¡Anda, mírate en el espejo!

Cuando Gaspar se vio reflejado en el espejo, se quedó asombrado. Efectivamente, tenía el uniforme completo: zapatos negros, pantalón beige, cinturón a juego, chaqueta de repartidor, barba y cabello pelirrojos y... ¡Oh! todavía llevaba su corona.
Solo entonces, lo comprendió todo.

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Moraleja: Ahora, peques, ya sabemos por qué, a veces, no llegan todos los regalos que pedimos.
¡Estos Reyes Magos son un poco despistados!


        Esteban Rebollos (6 de enero, 2021)

sábado, 26 de diciembre de 2020

Mis lecturas...




LECTURAS 2020  

 Irène (Pierre Lemaitre)****
- Personas desconocidas (John Katzenbach)***
- La Nena (Carmen Mola)*****
- Lobos (Donato Carrissi)****
- La química (Stephenie Meyer)**
- Loba negra (Juan Gómez-Jurado)****



LISTA DE DESEOS
Algunos títulos que han llamado mi atención.

- Rey blanco (Juan Gómez-Jurado)
- Sabotaje (Arturo Pérez-Reverte), tercera entrega de la serie "Falcó".
- El hombre de los círculos azules (Fred Vargas)
- La quinta víctima (J.D. Barker)
- El hombre de tiza (C.J. Tudor)
- El murciélago (Jo Nesbo), primer libro de la larga saga del detective Harry Hole.
- La química del odio (Carme Chaparro)
- La mujer en la ventana (A. J. Finn)


LECTURAS 2019  

Una bala con mi nombre (Susana Rodríguez Lezaun)*****
- Carne de primera (Rafael Estrada)*****
- La desaparición de Annie Thorne (C.J. Tudor)****
- 13. El asesino... está entre el jurado (Steve Canavagh)*****
- ¿De quién te escondes? (Charlotte Link)*****
- Galveston (Nic Pizzolatto)*****
- Ángeles de sangre (Rafael Estrada)*****
- Justo (Carlos Bassas del Rey)****
- La gran mentira (Klaren Cleveland)*****
- La caza del turista (Massimo Carlotto)***
- Una jaula de oro (Camilla Läckberg)*****
- Aguas oscuras (Robert Bryndza)*****
- La red púrpura (Carmen Mola) *****
- Reina roja (Juan Gómez-Jurado)*****



LECTURAS 2018

- El cuarto mono (J. D. Barker)***
- Toda la verdad (Karen Cleveland)****
- Vestido de novia (Pierre Lemaitre)****
- El paciente (Juan Gómez-Jurado)****
- Cicatriz (Juan Gómez-Jurado)*****
- El último trabajo del señor Luna (César Mallorquí)****
- La novia gitana (Carmen Mola)****
- Jaque al psicoanalista (John Katzenbach)****
- El día que se perdió el amor (Javier Castillo)***
- Asesinos de series (Roberto Sánchez)***
- Una sombra en la oscuridad (Robert Bryndza)****
- El tigre (Joël Dicker)***
- Te veré esta noche (Susana Rodríguez Lezaun)****
- No soy un monstruo (Carme Chaparro)****
- Eva (Arturo Pérez-Reverte)***
- El principito (Antoine de Saint-Exupéry)***



LECTURAS 2017

- El día que se perdió la cordura (Javier Castillo)****
- Falcó (Arturo Pérez-Reverte)***
- Deudas del frío (Susana Rodríguez Lezaun)****
- Sin retorno (Susana Rodríguez Lezaun)****
- Mi nombre es penumbra (Pablo Barrera)***
- El editor indiscreto (F. Bellart)***
- El libro de los espejos (E. O. Chirovici)****
- El experimento (Sebastian Fitzek)**
- El lector (Bernhard Schlink)***
- La vidente (Lars Kepler)****
- Mr. Mercedes (Stephen King)*****
- El último susurro (Gema Tacón)***
- La sustancia del mal (Luca D'Andrea)**** 
- La cacería (J.M. Peace)***
- La chica en la niebla (Donato Carrisi)****
- Arrancada (Karin Slaughter)**
- Flores cortadas (Karin Slaughter)****
- La matanza de los gitanos (Ken Bruen)***
- Maderos (Ken Bruen)***
- Headhunters (Jo Nesbo)****
- Te veré bajo el hielo (Robert Bryndza)*****
- El contrato (Lars Kepler)***
- Juan Salvador Gaviota (Richard Bach)****
- Terapia (Sebastian Fitzek)***
- El pasajero 23 (Sebastian Fitzek)****
- En la mente del hipnotista (Lars Kepler)****
- El hipnotista (Lars Kepler)*****
- Deja en paz al diablo (John Verdon)***
- Ofrenda a la tormenta (Dolores Redondo)***
- Tinta, una muerte inexplicable (Carlota Suárez García)***


LECTURAS 2016

Legado en los huesos (Dolores Redondo)***
- El método 15/33 (Shannon Kirk)****
- El guardián invisible (Dolores Redondo)****
- El último pasajero (Manel Loureiro)*****
- No abras los ojos (John Verdon)****
- Juegos de ingenio (John Katzenbach)*****
- Sé lo que estás pensando (John Verdon)****
- El almacén (Bentley Little)****


LECTURAS 2015

- Violetas de marzo (Philip Kerr)*
- La sombra (John Katzenbach)****
- El profesor (John Katzenbach)*****
- La historia del loco (John Katzenbach)*****
- El psicoanalista (John Katzenbach)*****
- El juego de Ripper (Isabel Allende)***
- El misterio de la Casa Aranda (Jerónimo Tristante)***
- La lista (Frederick Forsyth)***
- Los últimos días de nuestros padres (Joël Dicker)***


LECTURAS 2014

- Gente Tóxica (Bernardo Stamateas)***
- La llave del destino (Glenn Cooper)**
- La noche en que Frankenstein leyó El Quijote (Santiago Posteguillo)*
- El alquimista (Paulo Coelho)***
- El discurso secreto (Tom Rob Smith)****
- El niño 44 (Tom Rob Smith)*****
- La verdad sobre el caso Harry Quebert (Joël Dicker)*****
- El fin de los escribas (Glenn Cooper)***
- La hora de la verdad (Glenn Cooper)***


LECTURAS 2013 

- El libro de las almas (Glenn Cooper)****
- La biblioteca de los muertos (Glenn Cooper)****
- El arte de no amargarse (Rafael Santandreu)**
- Crimen en directo (Camilla Läckberg)**
- Las hijas del frío (Camilla Läckberg)***
- Inferno (Dan Brown)****
- Los gritos del pasado (Camilla Läckberg)****
- La princesa de hielo (Camilla Läckberg)****
- Los amigos del crimen perfecto (Andrés Trapiello)***




Nota: Las lecturas más recientes se incluyen en la parte superior de cada lista.
Máxima valoración: 5 estrellas (*****)

viernes, 18 de diciembre de 2020

[ 2' 35'' ] Divisando la meta




Rassul se paró frente a la gran valla publicitaria que anunciaba la "Media Maratón de San Silvestre". Lo que realmente llamó su atención fue la imagen estilizada de un corredor con una puesta de sol de fondo. Por un instante, esa imagen le trasladó a su África subsahariana.

Faltaba una semana para la fecha de la carrera y la inscripción ya se había cerrado unos días antes. De todos modos, no hubiera tenido suficiente dinero para afrontar tal gasto. Decidió participar, aunque solo fuese por el placer de correr.

A su regreso, en el Centro de Acogida, consiguió intercambiar unas zapatillas viejas por un amuleto que había traído de Senegal. Cuando las calzó descubrió que eran varios números mayores de lo que pensaba. Ese inconveniente lo solventó utilizando dos pares de calcetines de lana. Un pantalón corto raído y una camiseta con publicidad completaban su "equipación".

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Ese día de "San Silvestre" resultó ser más frío de lo habitual y, a pesar, de no estar acostumbrado a tan bajas temperaturas, Rassul llegó a la salida sin ninguna prenda de abrigo. Además de estar medio entumecido, aún no estaba seguro de poder participar al no llevar dorsal; le tranquilizó comprobar que no todos los corredores lo portaban.

Tras el disparo de salida, se dio cuenta que sus piernas no respondían como esperaba. Con cada zancada, un dolor punzante atravesaba sus entrañas. Al ver el grupo alejarse, no tuvo más remedio que iniciar la marcha con pasos lentos y cortos. Decidió no perder la calma, olvidar las preocupaciones, correr a su ritmo, inspirando profundamente y espirando con suavidad, dejándose llevar solo por sus propias sensaciones.

Poco a poco, según avanzaba la competición, se sentía mejor. Recordó sus carreras a la salida del colegio. Recordó el calor abrasador en su espalda. Recordó su aldea, tan pobre que tuvo que partir en busca de un futuro mejor. Empezó a entrar en calor y aquellos pinchazos desaparecieron. Fue dejando atrás a los más rezagados y adelantando a quienes corrían solo por diversión. Sin apenas darse cuenta, llegó a los 5 kilómetros, casi un cuarto del total. Ahí, realmente, se vio capaz de lograrlo.

Prosiguió avanzando más rápidamente. Tras pasar por el primer puesto de avituallamiento, repuso líquidos y algo de fuerzas al comer fruta. Se sintió mucho mejor, ya que apenas había comido ese día. Adelantó con facilidad a más participantes. No es que estuviera en plena forma pero su constitución física, al igual que el deportista de la valla publicitaria, era estilizada, puro hueso y nervio, un rasgo común entre los jóvenes de Senegal. ¡Cuánto echaba en falta su tierra natal!

Pronto vio la pancarta de los 10 km. Mentalmente, sopesó sus fuerzas, su respiración seguía siendo regular y acompasada, sus músculos le recordaron que no estaba acostumbrado a correr tanta distancia, pero la dopamina generada por su cuerpo le aportó una cierta sensación de bienestar.

De pronto, se dio cuenta de que ya no sentía dolor, ni cansancio, que estaba centrado, únicamente, en acabar la carrera. Creyó estar acompañado por los amigos que un día se quedaron en medio del mar, camino a España.

Estaba corriendo bajo una lluvia intensa y, concentrado en sus propios pensamientos, olvidó medir el ímpetu de sus zancadas. De pronto, una de sus zapatillas desgastadas resbaló en el empedrado. Su ceja se quebró al dar contra el bordillo de la acera. Se levantó rápidamente mientras un hilo de sangre recorría su mejilla hasta llegar a los labios. A pesar de la herida, no sentía dolor y siguió corriendo.

Los kilómetros empezaron a pasar bajo sus pies cada vez más rápidamente. Adelantó a corredores veteranos y a jóvenes promesas. Cuando apareció la pancarta de los 20 km, supo que llegaría con fuerzas suficientes. Fue, entonces, cuando incrementó la longitud de sus zancadas y el frío desapareció al imaginar que estaba arropado por el calor de su tierra.

Y, así, divisando la meta, el público jaleó a Rassul durante los últimos cien metros. Sus fuerzas se renovaron. Se había olvidado del tiempo, del dolor, de la distancia, del frío, incluso, de sí mismo. Cuando cruzó la meta, únicamente sintió la satisfacción por haberlo conseguido. A pesar de no optar a premio, su esfuerzo se vio ampliamente recompensado.

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Doce años después, Rassul es un reconocido atleta, todo ello, gracias a lo ocurrido un día de Nochevieja.

Esteban Rebollos (Diciembre, 2020)

sábado, 14 de noviembre de 2020

[ 2' 15" ] Un oscuro descubrimiento

 


Lo siento. Estamos de liquidación y no se venden sueltos— Esa fue la tajante contestación que recibí. Me dejó claro que compraba todo el lote... o no me llevaría ningún libro. Supongo que es cuestión de marketing.

Tras un día bastante ajetreado, el recorrido por los puestos de segunda mano del Parque Rivadavia había conseguido que me olvidase un poco de mis preocupaciones cotidianas. Más tarde, una breve parada en un KFC evitó que acabase, nuevamente, rebuscando en mi frigorífico y cenando las sobras del día anterior.

Por suerte, de los cinco  que componían el lote, tres de ellos me interesaban; un best-seller de Vargas Llosa que aún no había leído, la edición ilustrada de "El psicoanalista" y un recetario de cocina, imprescindible para un soltero como yo. El cuarto, "El Silmarillion" de Tolkien, lo regalaré al primer amigo friki que pase por mi casa y, en cuanto al último..., el último ni tan siquiera es un libro sino una vieja agenda que enviaré directamente a la basura. Al final, por 800 pesos me he llevado unos buenos libros.

Una vez en casa, las preocupaciones regresaron y como no conseguía dormir, mi mente empezó a divagar sobre cosas sin sentido... Que por qué dejé el Ejército, que si debería retomar mis estudios, que por qué me dejó Elena, que si debería llamarla, que si no. Mil y un pensamientos que me impedían descansar.

Por años de experiencia, reconozco que la manera más rápida de caer vencido por el sueño es una lectura aburrida, así que, siguiendo mi propio consejo, decidí ojear lo primero que tenía a mano..., esa agenda que aún no había tirado al contenedor. Ese fue el principio de mi fin.

¿Quién quiere una agenda usada?— recuerdo que pensé.

Esperando que estuviese lleno de apuntes banales y garabatos, no me defraudó. La mayoría de las anotaciones eran fechas de exámenes, temas de estudio y algunas citas de amor. Nada extraordinario en una agenda perteneciente a una universitaria.

Tras mucho rebuscar, en un bolsillo interior de la agenda encontré un pequeño sobre repleto de fotografías y recortes de periódico. Las primeras mostraban un grupo de estudiantes en el día de su graduación; en todas ellas, una chica, visiblemente embarazada, posaba, sonriente, frente a la cámara. En su rostro se adivinaba el orgullo por mostrar su ya prominente barriga.

En el reverso de cada fotografía, distintos nombres y una única fecha: Teo "Garrafas", Pasquali, Camilo Bonzo, Sergio Cafaro, "La Españolita" - (Diciembre, 1974)

En otra serie de imágenes, la joven acunaba a su bebé recién nacido, junto a uno de los chicos de la graduación. A pesar de las marcadas ojeras, su rostro aún reflejaba una sonrisa.

En contraposición a los momentos felices mostrados anteriormente, los recortes de periódico sólo presentaban noticias escalofriantes, personas torturadas, manifestaciones estudiantiles y todo tipo de represiones militares durante la dictadura de Videla.

Mi interés aumentó al encontrar una fotografía en la que aparecían mis padres en una recepción en el Palacio Santamarina de Buenos Aires. En esa ocasión, mi madre llevaba un niño entre sus brazos; sorprendentemente, el mismo bebé que "La Españolita" mecía entre los suyos.

Nuevamente, otro recorte de periódico llamó mi atención. De una gran lista de militares prófugos de la Justicia argentina, mis ojos se centraron en un nombre conocido, el de mi padre. Condenado en rebeldía por atrocidades como asesinatos, torturas y robo de bebés, consiguió fugarse y permanecer huido hasta que prescribieron sus delitos. Fue, entonces, cuando decidió regresar a Argentina.

El único documento oficial que encontré en la agenda resultó ser una partida de defunción. Tras leerla comprendí quién había sido Irene Reyes, conocida en Buenos Aires como "La Españolita".

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Aquella joven abogada, despojada de su bebé, asesinada por militares y, posteriormente, dada por desaparecida, era mi verdadera madre.

Hoy estoy frente a la Justicia por haber atacado al que creía mi padre. Confieso que no pude contener mi ira y le golpeé hasta matarle, sin embargo..., tras este oscuro descubrimiento, no me arrepiento de mi decisión.


Esteban Rebollos
(Noviembre, 2020)


miércoles, 4 de noviembre de 2020

Y VAN 15 AÑOS JUNTOS

 



-¿Para qué escribes, papá, si nadie te lee? - eso me preguntó Lidia refiriéndose a los relatos breves. Sinceramente, la pregunta, en ese momento, me dolió.
- ¡Otros juegan al Candy! - le contesté sin pararme a pensar.

Al día siguiente, la pregunta todavía seguía dando vueltas en mi cabeza buscando una respuesta racional.
En lo relativo a las historias breves, hay varios motivos. El primero es tomármelo como un reto, practicar a base de escribir nuevas historias e intentar mejorar. Ese relato que lees en menos de cuatro minutos, en ocasiones, me lleva muchas horas realizarlo. Es necesario buscar información incluso para los detalles más insignificantes. Todos los lugares que aparecen son reales, es necesario repasar biografías y cuadrar fechas; toda una serie de requisitos para hacer la historia lo más real posible. Una vez escrito, requiere pequeños ajustes, corregir formas verbales, eliminar adverbios, modificar la situación de las comas, todo ello, para conseguir una lectura fluida y mantener el interés en todo momento. Aún así, siempre son mejorables.

En cuanto a la segunda parte de la pregunta (la que me dolió), sólo decir que escribo por el placer de hacerlo, sabiendo que muy pocas personas lo leerán. Un simple "me gusta" o un pequeño comentario, siempre es más importante por saber que alguien lo ha leído que por valorar lo escrito.

Lo dicho... ¡como jugar al Candy!


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Actualización 04.11.2020


Efectivamente, quince años más viejo y sigo opinando lo mismo. A lo largo de este tiempo han aparecido otros medios en los que es más sencillo escribir y más fácil publicar. Ahora escribo desde Wattpad por la facilidad de acceder a todos mis relatos desde cualquier lugar y en cualquier momento. 

En cuanto al número de lectores, prefiero calidad a cantidad. A veces, es preferible un comentario del tipo: "yo cambiaría esto...", porque esa persona demuestra que ha puesto interés en la lectura y no se ha limitado solo a ojear.

Por otra parte, están esos pensamientos inconexos, esos post que provienen la mayoría de las veces de reacciones a noticias hirientes o situaciones personales que hacen que me lance a escribir con más fluidez. 

Hoy en día, Lidia conoce la respuesta a esa primera pregunta e inicia una andadura que, al menos, ya le ha llevado más lejos que a su padre.

-¿Para qué escribes, papá?

Está claro que para que me leáis vosotros. Muchas gracias por pasar por aquí.

¡Vamos a por otros cinco años mas!



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Actualización 04.11.2015


Un día como hoy de hace diez años empecé esta andadura, probablemente pensando que no tendría más continuidad que la propia experiencia de aprender a usar un nuevo medio de comunicación y luego quedaría, como otras muchas cosas, en el cajón de los olvidos. Milagrosamente, aún sigue abierto.


En esta década he intentado, sobre todo, ser honesto conmigo mismo e incluir aquellas noticias que consideraba interesantes, tanto a nivel social como personal. He querido mantener un carácter constructivo, en cierta manera optimista, aún sabiendo que quizás nadie las leyera. Lamentablemente, no siempre lo he conseguido.

Actualmente permanecen más de un centenar de entradas visibles, aunque han sido muchas las eliminadas al perder su interés o quedarse anticuadas. De todos modos, existen otras ocultas, en forma de borrador, a la espera de ser terminadas y publicadas algún día.

Seguramente, al igual que la historia se repite, algunos de mis post vuelven a estar de moda; de ahí que algunos entradas sean recurrentes. En ocasiones me gusta actualizar la información e incluir nuevos comentarios vistos desde la perspectiva del paso del tiempo. Otras veces, simplemente, me apetece rememorarlas.

A pesar de que el blog ha permanecido cerrado en múltiples ocasiones, casi siempre por motivos personales (estudios, trabajo o, simplemente, obligaciones familiares), siempre he estado a la espera de noticias que avivasen la necesidad de expresar mis opiniones. Y así ha sido, siempre he encontrado una buena excusa para continuar alimentándolo.

Habréis notado que en los últimos tiempos ha dado un giro hacia contenidos relacionados con el cine y la literatura, incluyendo diversas reseñas sobre libros, críticas de películas e, incluso, algún que otro relato breve. De todas formas, no temáis, pronto llegarán otras entradas de lo más variopinto.

Por último, no quisiera despedirme sin dar las gracias a todos; a quienes habitualmente entráis en el blog por vuestra constancia y a los que habéis llegado por casualidad, os invito a volver cuando queráis, quizás la próxima vez haya algo que os interese.


De todos modos... ¡Gracias por vuestra visita!

sábado, 26 de septiembre de 2020

[ 3' 00" ] Espérame para cenar




Hora del vuelo: 23:05 h

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Miércoles 23, 19:14 h

El puto coronavirus había acabado con mi beca Erasmus, mis ganas de aprender inglés y mi trabajo a media jornada en un kebab de Brighton.

En octubre dejé mi apartamento para ir a vivir con mi chica. A pesar de mi precaria situación, reconozco que prevaleció más la atracción que sentía por Ashia, una bella joven de ascendencia somalí, que la idea de compartir gastos.

Después de casi tres meses viviendo juntos, Ashia perdió el empleo como recepcionista en el Ambassador Hotel, su visado caducó y no tuvo más remedio que volver a Mogadiscio.

Sin clases, sin trabajo, sin pareja, sin dinero y, ahora, sin casa, me planteé volver a España. Decidí dar una sorpresa a mis padres y no decirles que llegaba justo para la cena de Nochebuena.

«Menos preocupaciones, mamá»

A falta de dos semanas para acabar el año, conseguí un vuelo en una aerolínea "Low Cost" y me hice la PCR obligatoria para entrar en España. Al menos, estas fiestas estaré rodeado de mi familia.

Como equipaje, llevo una maleta de 25 kg, repleta de cosas totalmente prescindibles, excepto lo más importante... los buenos recuerdos que, por suerte, no pesan.

Sobre la mesa de la cocina, debidamente ordenados, he dejado el billete de avión, el pasaporte, el resultado de la PCR, un par de barritas energéticas y mis últimas 40 libras.

Rebuscando en los armarios solo encontré una pequeña mochila Kanken de color rosa, seguramente, olvidada por alguna amiga cursi de Ashia. Estaba claro que no compaginaba con mi parka de Hilfiger, pero no tenía más opciones, o eso o llevar mi "equipaje de mano" en una bolsa de plástico.

El punto de "no retorno" fue cuando cerré la puerta del apartamento que había alquilado Ashia y dejé las llaves en el buzón de su casero. Una vez en la calle, no quise ni mirar atrás, no fuese a saltarme alguna lágrima. Por suerte, mi Uber ya estaba esperando para llevarme al Aeropuerto de Southampton.

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Miércoles 23, 21:20 h

He llegado pronto, como siempre, no me gusta ir a la carrera. Por cierto, acabo de recordar que aún no he cenado. Me paro a tomar un café expreso y un sándwich vegetal, mientras escucho mi último noticiero de la BBC.

A pesar de mis 24 años y estar en plena forma física, siento decir que ya estoy cansado de tanto arrastrar esta pesada maleta. Aún falta una hora para el embarque pero decido ponerme en la cola para facturar mi equipaje. Otras 32 libras menos por exceso de peso.

«¡Ufff, por fin libre de tanta carga!»

Con tan solo mi mochila, decido adentrarme en la zona de los Duty-Free. Está claro que esos precios son totalmente incompatibles con lo que llevo en la cartera, así que solo puedo pararme y disfrutar de los animados escaparates navideños. ¡Espero que no me cobren!

Ya solo queda asegurarme de que no me falta nada. Una última comprobación entre mis cosas y...

«¡Todo en orden!»

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Miércoles 23, 22:30 h

Una vez en la cola de embarque, ya me relajo. La fila no es muy larga; está claro que con esto del coronavirus la gente no se decide a viajar.

Un policía me pide el pasaporte y me pregunta cuatro cosas sin importancia.

«Por suerte, no tengo pinta de terrorista.»

Se acerca el perro, olisquea mis zapatos, da una vuelta a mi alrededor y se sienta frente a mí.

«¡Qué majo este perro, quiere que le acaricie! Una lástima que no tenga una golosina.»

De repente, dos policías se acercan y me piden, amable pero contundentemente, que salga de la fila y les acompañe.

«¡Pero si ya estoy en la puerta de embarque!
¡Soy el siguiente!»

Vuelven a repetirme que les acompañe.
Uno de ellos, se cuadra frente a mí y en perfecto español, con acento andaluz, me dice:
—¡Acompáñeme y traiga su equipaje! —este acaba de llegar de Gibraltar, pensé.

Con un policía delante y otro detrás me llevan a una sala más parecida a una enfermería que a un calabozo.

—El perro ha detectado sustancias en su equipaje —me dice el agente que habla español. Me echo a reir, la única vez que probé un porro fue en un viaje de estudios antes de acabar la carrera y del colocón que me dio no lo volví a probar.

—Deposite todos sus objetos en esta bandeja.

Llaves, pasaporte, informe PCR, cartera, el poco dinero suelto que llevo, el móvil. Vacío la mochila y mis bolsillos.

«Todas mis pertenencias no ocupan ni media bandeja.»

A continuación dejan la bandeja en el suelo y, nuevamente, el perro se pone a olisquear. Esta vez no se sienta, no detecta nada en la bandeja, el agente me acerca el perro, me olfatea y tampoco se sienta.

«Creo que eso es buena señal.»

Cuando se acerca a la mochila, empieza a ladrar. Me ordenan que vacíe la mochila, le doy la vuelta del revés y no cae nada. Más vacía no puede estar... o sí.

Sacan un hisopo, o sea, el típico bastoncillo de la serie CSI. Lo restriegan por todo el interior, especialmente por las costuras y lo meten en la máquina de análisis de estupefacientes.

Unos instantes después aquella infernal máquina empieza a pitar: positivo en opiáceos, positivo en opiáceos.

Los veinte minutos que vinieron a continuación prefiero obviarlos. Digamos que me hicieron una revisión "en profundidad" y, como era de esperar, no hallaron nada.

Esta vez, sin ningún miramiento, metieron todo el contenido de la bandeja en una bolsa de plástico y me acompañaron de nuevo hasta la puerta de embarque. Allí me dejaron frente a la gran cristalera.

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Miércoles 23, 23:08 h

Las puertas cerradas, mi avión iniciando el despegue y yo en tierra, sin equipaje, sin apenas dinero y todos los vuelos cancelados indefinidamente por culpa de la nueva cepa de coronavirus.

Para colmo, por megafonía dan indicaciones para abandonar las instalaciones, al menos, eso me pareció entender en la lengua de Shakespeare.

«Ya decía yo que trabajar con un mexicano, dos turcos y un pakistaní no era la mejor manera de aprender inglés»

Cinco minutos después, las persianas de la cafetería y los Duty-Free estaban bajadas. Debería salir del aeropuerto en menos de diez minutos pero sin dinero y sin tener a donde ir, decido quedarme a pasar la noche en una de las innumerables salas de espera.

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Jueves 24, 00:52 h

Ya veis, amigos, aquí me encuentro el día de Nochebuena, solo y atrapado en un aeropuerto vacío, cenando una barrita energética y leyendo vuestros cuentos de Navidad.

Gracias por estar ahí y compartir.

Creado especialmente para el grupo: 

"Cómo escribir relatos cortos y divertirse". 

Reto cumplido

FELICES FIESTAS y cuidaos!!!

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Viernes 25, Día de Navidad, 10:08 h

«Buenas noticias. ¡Por fin he podido salir de Reino Unido!»

Con 4000 camiones atascados en la frontera de Calais, queriendo entrar en Inglaterra, he tenido la suerte de encontrarme con un camionero asturiano que ya está de regreso.

Entre polvorones, sidra y villancicos esperamos llegar antes de las uvas de Nochevieja. ¡Feliz Año!

Esteban Rebollos (Diciembre, 2020)



sábado, 8 de agosto de 2020

[ 2´ 20" ] A corazón abierto




Cerca de la media noche, una notificación en su móvil le informaba de un nuevo mensaje en la bandeja de entrada. Sin embargo, ese ahogado pitido y la monótona luz intermitente no llamaron su atención hasta que la alarma de las seis de la mañana le despertó de su profundo sueño.

Había llegado la confirmación que tanto esperaba; por fin, veía cumplido el deseo de formar parte de la "Agencia Estatal de Trasplantes de Órganos". Desde que su mujer envió la solicitud, veinte meses antes, había asistido a una entrevista inicial, dos controles médicos, una prueba de esfuerzo, un riguroso estudio psicológico y, finalmente, a un bufete de abogados. Todo ello, de acuerdo a los estrictos protocolos establecidos por la agencia.

Animado por su esposa, comenzó a realizar ejercicio habitualmente. La rutina diaria estaba compuesta por un suave precalentamiento, una carrera de ocho kilómetros y, para finalizar, diez minutos de estiramientos. Esa actividad le ayudaba a reducir la ansiedad y la depresión que arrastraba desde que dejó de trabajar. El mismo recorrido, en el mismo tiempo; por supuesto, nada que requiriese un esfuerzo extra para su corazón. Debía mantenerse en buena forma.

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Cuarenta minutos después, llegó sudoroso a su chalet. Tras una ducha de agua templada, se vistió con ropa cómoda y preparó un café sin azúcar. En esta ocasión, optó por abrir el mensaje desde el MacBook de su despacho y con un sencillo "doble clic" ejecutó el programa informático de la agencia de trasplantes.

Una colorida presentación de bienvenida se inició automáticamente al introducir su clave personal. Más tarde, repasó las condiciones legales, ojeó el código deontológico de la agencia y, por último, accedió a lo que más le interesaba: el listado de precios. Apoyó el dedo índice en la pantalla y fue arrastrándolo, hacia abajo, en busca del apartado de "Enfermedades cardiacas", dentro del epígrafe: "Donaciones incompatibles con la vida".

Comprobó que la cifra asociada a esta intervención era la más alta de la lista:
Trasplante de corazón: 420.000 € más un "bonus" por calidad. Miró a su alrededor y constató el alto nivel de vida que disfrutaba su familia, por eso, la cuantía le pareció razonable. No tuvo duda de que se lo podía permitir.

Esperó a que su mujer y sus hijos despertasen para darles la buena noticia. Todos le felicitaron por haber sido aceptado en el programa de trasplantes. Su esposa le abrazó e, incluso, derramó alguna lágrima de alegría antes de proseguir con sus actividades cotidianas.

Un mes después, por fin, había decidido someterse a la operación. Tras recibir el beneplácito de su familia, se puso en contacto con la agencia estatal y, en apenas una semana, todo estaba dispuesto para la intervención.

El renombre adquirido por la agencia garantizaba que disponía de equipos médicos de primer nivel, expertos cirujanos y, todo ello, a precios más que razonables. Además contaba con un inmejorable "servicio postoperatorio" en todas sus franquicias.

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Tras cuatro interminables horas, todo había salido como estaba programado. Incluso, el cirujano jefe se acercó hasta la sala de espera para felicitarme por la buena calidad del corazón de mi marido.

Al día siguiente, una notificación en el móvil me informó del ingreso en mi cuenta de la cantidad estipulada en el contrato, por supuesto, incluyendo el "bonus" por calidad. Algo más de medio millón de dólares que aliviarán mis ya preocupantes deudas, al menos, durante un par de años.

Ahora, el corazón de mi marido late en el pecho de otra persona y, gracias a eso, mis hijos y yo seguimos disfrutando de una vida de lujo.

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Acabo de recibir un emotivo mensaje del receptor del trasplante; agradecido por la generosidad de mi esposo y la excelente calidad de la "mercancía", desea conocerme.

Debo pensar en mi futuro y no puedo desaprovechar esta nueva oportunidad.

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Y, por supuesto, todos mis maridos
siempre me han querido
"a corazón abierto".

Esteban Rebollos (Agosto, 2020)