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jueves, 24 de abril de 2025

[ 4' 40''] La curiosidad...




Sentado en la terraza del bar, Jacob decidió leer el periódico local mientras esperaba por una taza de café bien caliente. Ojeó las primeras páginas sabiendo que no encontraría ninguna oferta de trabajo hasta llegar a las hojas de color sepia y, una vez allí, repasó cada línea en busca de algún anuncio que llamase su atención.

Desde que se graduó no pudo encontrar un empleo a tiempo completo. A veces, se preguntaba por qué había elegido una carrera como Filología Inglesa, con tan pocas salidas profesionales. Seguramente, las cosas habrían mejorado si, en vez de seguir estudiando como quería su padre, hubiera buscado trabajo al finalizar el bachillerato. Ahora vivía, sin grandes lujos, gracias al sueldo como periodista de su esposa, Samantha.

Siguió leyendo el resto de los anuncios sin hallar nada de interés, así que, pasó las páginas rápidamente en busca del crucigrama. Se lo encontró a medio hacer y, como siempre, lo terminó tras corregir algunas palabras incorrectas. De pronto, sus ojos se fijaron en un pequeño recuadro. Aunque se trataba de otro anuncio por palabras, lo que encontró escrito parecía exclusivamente dirigido a él.

"Jacob, llámame. 1-808-CALLME"

El texto, realizado con letra cursiva, casi femenina, le llevó a pensar que podría tener una admiradora secreta. Instintivamente, miró a su alrededor, comprobó que no había ninguna mujer en el local y, por supuesto, descartó la idea. Había visto anuncios similares, con textos provocativos, que casi siempre escondían una campaña de marketing bien organizada o un número de teléfono de alguna casa de apuestas. De todos modos, recortó el anuncio con cuidado y lo guardó en su cartera, sorprendentemente, tras la foto de su esposa.

Decidió volver caminando por Cedar Street, paseando bajo los árboles para protegerse del abrasador sol de verano. Solo daba ese rodeo cuando no había nadie esperándole en casa y esto sucedía, últimamente, demasiado a menudo. Preparó algo para comer y esperó a que Samantha volviese de una reunión de empresa para tomar un café con ella. El resto de la tarde lo pasó organizando los trastos viejos del garaje; olvidando, por unas horas, los problemas económicos que empezaban a tener.

Por la noche, con Samantha ya acostada, recordó el enigmático mensaje y una extraña ansiedad se apoderó de él. Mientras la intranquilidad continuaba minando su interior, sonaron las dos de la mañana en el reloj del salón. Decidió que tenía que acabar con eso, se levantó, sacó el recorte de su cartera y se dirigió a la cocina. Tras descolgar el teléfono y dudar un instante, marcó el número. Una voz femenina respondió desde el otro lado:

"En estos momentos no puedo atenderte. Por favor, Jacob, llámame de nuevo".

No comprendió el mensaje y supuso que su curiosidad vendría reflejada como un cargo de unos pocos dólares en la próxima factura del teléfono, no le importó. Hizo una pequeña bola con el papel y la tiró a la basura; con ese acto, la sensación de desasosiego desapareció y, tras volver a la cama, durmió plácidamente toda la noche.

A la mañana siguiente regresó a la cafetería. Era más barato tomar un café con leche que comprar el periódico. Esta vez, lo primero que hizo fue buscar un anuncio similar al del día anterior, repasando, concienzudamente, cada página hasta comprobar que no había ninguno. Continuó con una rápida mirada a los anuncios de trabajo, acabó el crucigrama y regresó a casa. Hoy tampoco había tenido suerte.

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Retiró, meticulosamente, la nieve del parabrisas con una rasqueta de plástico. El invierno estaba resultando tan frío que, antes de subir, ya sabía que su coche tardaría en arrancar; no se confundió. La única manera de llegar a su trabajo era circulando por la estatal 95, dirección al aeropuerto de Bangor y tomando una carretera comarcal en la primera salida. Desde mediados de Septiembre estaba trabajando en una franquicia de la U-Haul Company y el único requisito para que lo admitiesen fue la recomendación de Andrew Duncan, el director del Bangor Daily News.

En el trabajo se encargaba un poco de todo; desde inscribir en la base de datos a un nuevo cliente hasta vaciar el cenicero de un camión de mudanzas a su regreso. En su hora libre solía acercarse al Dunkin' Donuts de Odlin Road para tomar un café y hacer el crucigrama. Como siempre, le tocaba finalizar lo que otros habían iniciado. Ese era el único esfuerzo mental que realizaba a lo largo de su jornada.

Una fría mañana de Diciembre, mientras esperaba por un "Capuccino", sus ojos se posaron sobre un texto conocido. Allí, nuevamente, por encima del crucigrama, cerca del margen superior del periódico, encontró el mismo anuncio por palabras que había visto seis meses atrás. Un escalofrío recorrió su cuerpo y sus manos empezaron a temblar. Volvió al trabajo sin probar el café y el resto de la mañana se le hizo interminable.

Al igual que la vez anterior, el nerviosismo se apoderó de él. Había pasado la tarde discutiendo con su mujer sin motivo alguno. Como si de una droga se tratase, Jacob sentía la necesidad de llamar; esa curiosidad insana era su síndrome de abstinencia. En vez de cenar junto a Samantha, prefirió quedarse en el garaje esperando que llegase la noche para realizar la llamada.

Cuando comprobó que su mujer se había dormido, se dirigió al salón. Pensó que estaría más tranquilo si llamaba cómodamente sentado en el sofá. Nada más lejos de la realidad. Se sirvió una copa de bourbon y bebió un gran trago, así obtuvo el valor necesario para marcar el número.

Como en la pasada ocasión, transcurrieron unos segundos hasta que la voz femenina contestó:

"Hola, Jacob. ¿Cómo estás, cariño? Esperaba tu llamada".

Esta vez no se trataba de una grabación y se sorprendió al escuchar una voz en directo al otro lado de la línea telefónica. Se puso nervioso, le temblaron manos y rodillas y, en vez de responder, instintivamente, colgó el teléfono. Fue entonces cuando decidió volver a llamar pasados unos minutos, una vez que se hubiese tranquilizado. Mientras esperaba, rellenó el vaso y lo apuró de un sorbo.

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Samantha estiró el brazo y observó que el otro lado de la cama no estaba revuelto. Tras calzarse las zapatillas, se dirigió al salón, se acercó a Jacob y se cercioró de que ya no respiraba. Escondió la botella de bourbon, recogió el vaso que estaba sobre la mesa y lo metió en el lavavajillas para limpiar todo rastro de diazepam. Desde su teléfono móvil realizó dos llamadas, la primera, al despacho del director del periódico para informarle de que todo había salido como habían planeado y, la siguiente, solo por obligación, al número de emergencias. Mirando a su marido, esperó sentada a que llegase la ambulancia.

Su vecina, la señora Darwin, salió al porche alertada por el ruido de la sirena del coche patrulla y permaneció allí hasta la llegada de la furgoneta del forense. Cuando entró en su casa, decidió seguir fisgando tras la ventana, resguardada del frío de la mañana y, satisfaciendo, así, su curiosidad.

Mientras el ayudante tomaba fotografías del cuerpo de Jacob tendido sobre la alfombra, el sheriff recogió el teléfono del suelo, comprobó la última llamada y lo posó en la mesa de castaño. Inspeccionó el resto de la casa, no vio nada sospechoso y regresó al salón.

-Hay ciertas cosas que es mejor mantener en secreto y realizar llamadas a una línea erótica creo que es una de ellas, ¿le parece bien, señora? -dijo el sheriff en voz baja, mientras se fijaba en la gran belleza de Samantha. Ella asintió.

El forense consideró que todo estaba en orden y, sin indicios de haberse cometido un delito, anotó en su informe: "Muerte súbita por paro cardíaco". Por supuesto, no era necesaria una autopsia ni una investigación posterior; el sheriff estuvo de acuerdo.

Una breve noticia en la edición matutina del "The Bangor Daily News" informaba del fallecimiento, por causas naturales, de un hombre en el condado de Maine.

Ahora, Samantha y Andrew tienen "reuniones de empresa" más a menudo, a veces, en el misma cama donde dormía con su marido, otras, en el mismo sofá donde murió.

Esteban Rebollos (Noviembre, 2015)

[ 2' 10'' ] La colección





Sus libros carecían de la palabra "Fin". Ese era su modo de darles continuidad eterna. Enlazando sus historias, el lector siempre tenía la necesidad de adquirir su última obra. Había descubierto la clave de su triunfo.

A su espalda se encontraban, ordenados cronológicamente, una veintena de libros pertenecientes a un mismo género. En esa colección había invertido los mejores años de su vida a cambio de múltiples éxitos efímeros. Incluso, había sacrificado a su familia en aras de un reconocimiento dentro del mundo del Terror. ...pero esa, esa es otra historia.

Acabó de escribir su manuscrito y, como de costumbre, decidió firmarlo justo bajo el título. Aquella acción la había realizado en todas sus novelas sabiendo que representaba un punto sin retorno. No volvería a leer el texto hasta verlo impreso.

Encima de la mesa se encontraban agrupados todos los capítulos que conformarían su última obra. Los ordenó con cuidado de no confundirse al numerar sus páginas, incluyó la portada recién firmada y del cajón de su mesa sacó una carpeta en la que introdujo el original. Todo estaba listo para ser enviado a su editor.

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Apagó las luces de su despacho y se dirigió hacia el dormitorio. Encima de la cama se encontraba el vestido gris perla, el bolso y los zapatos aún sin estrenar. Se vistió con calma y se apoyó en el escabel para calzarse los tacones. Mientras contemplaba su imagen reflejada en el espejo, sonreía, pensando en sus próximos pasos.

Una pequeña caja plateada permanecía sobre la mesita de noche esperando que su dueña se acordase de ella. La agitó, a modo de sonajero, únicamente para comprobar que en su interior aún quedaban suficientes pastillas. Más tarde, la guardaría en su bolso.

Salió a la calle y esperó a que pasase un taxi para subirse en él, camino de Bangor. Apenas habló con el taxista en los treinta minutos que duró el trayecto. Se apeó en las inmediaciones de Hayford Park ya que deseaba sentir el aire fresco mientras se dirigía, por Webster Avenue, a la cafetería del Club de Golf.

Sentada en la barra del bar, notó como los hombres se giraban al verla. Acostumbrados a retarse entre ellos, solo era cuestión de tiempo que alguno cayese en su trampa. Con la excusa de pedir una cerveza, un joven se acercó lo suficiente como para rozar su brazo, disculparse y, de ese modo pueril, entablar conversación.

Veinte minutos después salieron del bar y, entre carcajadas, se dirigieron al Riverside Hotel, a pocas manzanas de allí. El hombre se sintió mareado en el ascensor mientras veía pasar los números de cada piso. Una vez en la habitación, cayó desplomado sobre la cama. Las pastillas, disueltas en la cerveza, habían cumplido su cometido. Permanecía consciente, aunque paralizado por los efectos de la atropina.

Horas más tarde, la mujer abandonó la habitación dejando el cadáver de un hombre desollado. La cama, ensangrentada, mostraba la brutalidad del asesinato mientras que en el pasillo se encontraron sus vísceras esparcidas por el suelo. En las paredes, símbolos y mensajes diabólicos reivindicaban la autoría del salvaje crimen.

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Sentada ante su máquina de escribir inició otra novela. Sobre la mesa, las polaroid la ayudaban a recordar fielmente las escenas recreadas unas horas antes. El primer capítulo describía, con todo detalle, la tortura y posterior asesinato de un famoso hombre de negocios a manos de una secta satánica.

Sus historias siempre estaban basadas en hechos reales. 
¡Otro éxito de Brenda Swan!

Esteban Rebollos (Noviembre, 2015)


[ 3' 00'' ] Stephen King... el secreto de su éxito




"Muebles viejos, cuadros antiguos, cajas llenas de libros y, sobre todo, montones de polvo y telarañas fueron sus compañeros durante muchos años. Había permanecido olvidada hasta que, por fín, Stephen King la rescató del desván llevándola a un sitio no mucho mejor, el cuarto de la caldera. Ese era un lugar angosto, siempre en penumbra y con una atmosfera opresiva pero, al menos, estaba junto a su maestro. La que antes había guardado los peluches de Naomi durante su corta estancia en la caravana, ahora cumplía su verdadero cometido como... papelera. 

Cada día recibía las historias inconclusas que King rehusaba utilizar y guardaba sus secretos como nadie. En su interior se amontonaban papeles troceados con rabia, desquebrajados, mutilados por las mismas manos que les habían dado vida; sufriendo. Los relatos que jamás verían la luz se revolvían de angustia por ser resucitados, mientras cientos de líneas mecanografiadas brotaban como ríos de tinta desde el fondo. Y no eran malas historias, sino que el autor era exigente con todo lo que salía de su máquina.

Viendo tanto sufrimiento, decidió ponerse a trabajar. Se sentía a gusto reconstruyendo historias, combinando palabras, entretejiendo líneas de distintos párrafos e, incluso, de diferentes relatos. Aprendía con facilidad; tenía un buen maestro, ...el mejor. Para ella era un juego reconfortante construir un relato a partir de personajes que habían sido repudiados, incluso antes de nacer, y que pasarían a ser protagonistas de los próximos relatos, subsistiendo en escenarios inimaginables.

Aunque no era la primera vez que le ayudaba, recordó la vez que King descartó un manojo de folios. El escritor lanzó un manuscrito dentro de la papelera, apagó la luz y con un portazo dio el día por terminado. Salió apresurado, seguramente, camino del bar. Ella, se lanzó a leerlos con voracidad y comprendió el gran error que era desprenderse de aquella historia acerca de una adolescente acosada por sus compañeros de instituto que contaba con poderes psíquicos. No se lo podía creer, era el momento de hacer algo, corrigió algunos textos, perfiló nuevos personajes y rectificó el final. Tras haber terminado su trabajo, se balanceó como un barco en medio de la tormenta y, consiguió que el borrador de "Carrie" cayera al suelo, cerca de la caldera. Allí lo encontró Tabitha.

La venta de los derechos de su primera novela proporcionó a la familia King suficientes ingresos para pagar todas sus deudas y concederse algún que otro capricho. Una pequeña reforma en la casa permitiría al escritor acondicionar una habitación, donde acomodarse para dejar volar su imaginación, y así, trabajar libremente en un ambiente propicio. Los años escribiendo en el cuarto de la caldera, por fin, darían paso a una cómoda y acogedora estancia.

A finales del verano del 72, los antiguos compañeros de desván habían ocupado cada rincón de aquel cuarto. Una mesa de madera con las patas algo carcomidas presidía la sala. Sobre ella, reposaba la Olivetti portátil, una máquina de escribir con tantas millas a su espalda como su dueño. La lámpara de sobremesa, que se antojaba de interrogatorio, aún se mantenía envuelta en papel a la espera de alojar la bombilla y ser enchufada. Los cuadros con sus marcos ya restaurados parecían haber recuperado todo su esplendor y, aquellas inmensas pilas de libros, antes amontonadas en el desván, se habían convertido en una elegante biblioteca, más por su disposición por tamaño y color que por el contenido de sus textos.

Una silla de madera, un perchero de tres brazos y una alfombra algo raída, habían sido adquiridos en un mercadillo de fin de semana. Las cortinas, únicos elementos nuevos de aquella sala, presidían el gran ventanal, tamizando la luz que entraba de forma espontánea a través de los cristales traslúcidos.

Durante la reforma, algunos días había permanecido boca abajo haciendo labores de taburete para los obreros, otros, boca arriba manteniendo las cervezas frescas en remojo para los pintores y, por fin, a principios de Septiembre, tras buscarle acomodo bajo la mesa, había recuperado, nuevamenta, su verdadera naturaleza. Y allí se encontraba ella, huérfana, a la espera de nuevos relatos. Por suerte, no tardaría en recibir las sobras de su mentor.

En las épocas de explosión literaria de King, las pilas de hojas se amontonaban ocupando cada rincón de la mesa. Sentía rabia y envidia a partes iguales. Mientras una novela tomaba forma estaba incómoda; esa era la época en la que únicamente recibía ideas fallidas, escenarios demasiado dantescos para ser desvelados al gran público. Se sentía menospreciada y, eso, le sirvió como estímulo para dar lo mejor de sí.

Intuía que las nuevas tecnologías se impondrían, que dentro de poco ya no sería necesaria su presencia y, con un poco de suerte, únicamente estaría alimentada por latas vacías, algún que otro panfleto publicitario y apuntes repletos de información estéril. Por este motivo, estaba preparada para cambiar de estrategia y seguir adelante.

A pesar de tener devoción por su dueño, se veía capaz de imitarlo, superarlo y, si fuera necesario, salvarlo del mayor de sus temores... la falta de imaginación.

Decidió actuar por su cuenta, inventar relatos que no habían sido engendrados en la mente de King; adentrarse en un mundo hasta entonces desconocido.

Así concibió su segundo gran éxito,
"El Misterio de Salem's Lot".

¡El resto ya es historia!

A día de hoy, siguen trabajando juntos."

Esteban Rebollos (Octubre, 2015)

Escrito en homenaje al maestro del Terror, Stephen King.


miércoles, 6 de mayo de 2009

Enfrentándose a la crisis


Debemos empezar por decirle "GoodBye" a la crisis, a ver si empezamos a ser optimistas...

La crisis Mundial desde el punto de vista del escritor colombiano Gabriel García Márquez.

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora mayor que tiene dos hijos, uno de 19 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación.

Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:
'No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo'.

El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: 'Te apuesto un peso a que no la haces'. Todos se ríen. El se ríe.

Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla, y él contesta:
'Es cierto, pero me he quedado preocupado por una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a sucederle a este pueblo'.

Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su madre, feliz con su peso y le dice :
'Le gané este peso a Dámaso de la forma más sencilla porque es un tonto.

¿Y porqué es un tonto?, Porque no pudo hacer una carambola sencillísima, según él preocupado con la idea de que su madre amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.'

Y su madre le dice: 'No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen.'

Una pariente que estaba oyendo esto y va a comprar carne, le dice al carnicero: 'Déme un kilo de carne', y en el momento que la está cortando, le dice: 'Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado'.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice: 'Mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas'.

Entonces la vieja responde: 'Tengo varios hijos, mejor déme cuatro kilos...'
Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor.

Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde.

Alguien dice: '¿Se ha dado cuenta del calor que está haciendo? ¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor!.'

(Tanto calor que es pueblo donde los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.)

'Sin embargo', dice uno, 'a esta hora nunca ha hecho tanto calor.'

Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.

'Sí, pero no tanto calor como hoy.'

En el pueblo todos están alerta, y la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: 'Hay un pajarito en la plaza'. Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

'Pero señores', dice uno, 'siempre ha habido pajaritos que bajan aquí. Sí, pero nunca a esta hora.'

Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. 'Yo sí soy muy macho', grita uno. 'Yo me voy.'

Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve.

Hasta que todos dicen: 'Si éste se atreve, pues nosotros también nos vamos'.

Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: 'Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa', y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado:
'¿Viste mi hijo, como algo muy grave iba a suceder en este pueblo?'

Por eso:
- No debemos hacer caso de los rumores.
- No seamos un instrumento para crear el caos.
- Recuerda que lo negativo atrae a lo negativo
- Sé siempre positivo.

"SI SEGUIMOS HABLANDO Y PENSANDO EN LA CRISIS, INDUDABLEMENTE ÉSTA SE HARÁ MÁS FUERTE"

viernes, 19 de diciembre de 2008

Los Reyes Magos son verdad


Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escuchar, como todos los días, lo que su hija le contaba de sus actividades, cuando ésta en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
- ¿Papá?
- Sí hija, cuéntame.
- Oye quiero...que me digas la verdad.
- Claro hija. Siempre te la digo.
- Respondió el padre un poco sorprendido.
- Es que...- titubeó Lidia.
- Dime hija, dime.
- Papá ¿existen los Reyes Magos?.
El padre de Lidia se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?.
La nueva pregunta de Lidia le obligó a volver la mirada hacia la niña y tragando saliva le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hija?.
- Yo no se, papá,...que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen porque tu no me engañas, pero como las niñas dicen eso.
- Mira hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero...
- ¿Entonces es verdad?-, cortó la niña con los ojos humedecidos.- ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen,- respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Lidia
- Entonces no lo entiendo papá.
- Siéntate, cariño, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla.- dijo el padre mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Lidia se sentó entre sus padres ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
Cuando el Niño Dios nació, tres Reyes que venían de Oriente guiados por una gran estrella se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño!. Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían.
- ¡Oh, sí!.- exclamó Gaspar.
- Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría comentó:
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero sería tan bonito.
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo.
El Niño Jesús que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
- Sois muy buenos, queridos Reyes, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?- ¡Oh, Señor!- dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas.
Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos, pero..no podemos tener tantos pajes..no existen tantos.-
- No os preocupéis por eso - dijo Dios - yo os voy a dar , no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! ¿pero cómo es posible? - dijeron a la vez los tres Reyes con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben de querer mucho a los niños?- preguntó Dios.
- Sí claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje - respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
- Pues decidme, queridos Reyes, ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los tres Reyes de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos. Yo, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los tres Reyes Magos todos son más felices.
Cuando el padre de Lidia hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
- Ahora sí que lo entiendo todo papá. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.
Y corriendo se dirigió a su cuarto regresando con su hucha en la mano mientras decía:
- No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero.
Y todos se abrazaron mientras a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.
¡Feliz Navidad desde todas las partes del mundo!

He recibido esta historia de una persona que, a pesar de que aún no tiene hijos, ha sabido darme un sabio consejo para cuando los míos me pidan, dentro de unos años, explicaciones. Espero que también os sea de utilidad.
(Por supuesto, me he permitido la licencia de cambiar el nombre de la niña)

martes, 6 de diciembre de 2005

[ 1' 20" ] Cuando la resaca nos hace reflexionar


Uno ve que el tiempo pasa y no ha realizado grandes cosas. Y luego, siempre está el peligro de quedarse al margen de todo. La única delicadeza de la sociedad consiste en no sacar borrachos en los anuncios de “priva”. Y no es cuestión de delicadeza sinó de índice de ventas.

Bueno, tío, siempre nos queda el suicidio.

¿El suicidio?, el suicidio es como el caviar, uno sabe que existe porque la gente habla de él y luego, luego sólo lo ves en sucedáneos. El tabaco, el alcohol y las mujeres son el sucedáneo del suicidio.

Eso, al menos, siempre nos queda consolarnos con una botella de whisky.

A tiempo pasado todo parece mejor.

Déjalo. ¿Aún la recuerdas?

Cómo no, ella hacía el bachiller y nosotros mirábamos como lo hacía.

¿Cómo se llamaba?

No lo sé. Nunca se lo pregunté. Las mujeres así no necesitan ningún nombre. No, verdaderamente, no lo necesitan para volvernos locos.

Bueno, está a punto de amanecer y yo me voy a casa.

Espera, te llevo.

¿Podrás conducir?

Ya veremos. Mi coche es como un viejo dinosaurio, un día se parará y no volverá a arrancar más.
...
Nunca he querido estar en los sitios donde he estado. Un día me iré y cogeré un tren a medianoche. Todos los grandes viajes empiezan de noche.

¿Aún la recuerdas, no?

Ha pasado mucho tiempo, demasiado tiempo para cualquier cosa, cualquier extensión de tiempo es demasiado larga. Sí..., aún la recuerdo. He intentado olvidarla una y mil veces. Te juro que lo he intentado, pero en los bajos momentos siempre venía a mi mente.

¿Recuerdas sus piernas?

¡Cómo voy a olvidarlas! Se sentaba y sus piernas parecían tener vida propia. Las miraba una y otra vez. Parecía que estaba soñando.

Ahora sí que estás soñando. ¿Qué hora es?

No lo sé, hace tiempo que no utilizo reloj. El reloj sólo sirve para recordarnos que a las nueve empieza la resaca y a esa hora sólo prefiero pensar en mujeres.

Ya ves, empeñadas en hacernos sufrir y nosotros, “masocas” de pacotilla, siempre caemos en sus redes.

Y, sin embargo, queremos caer. Son noches como estas las que elegimos para reflexionar, en realidad son noches como estas las que realmente nos hacen vivir.

Tienes razón. Hay días que te levantas y sólo esperas a que llegue la noche.

No, si al final de toda una vida, sólo quedan las huellas de lo que podríamos haber hecho y no nos dejaron o no nos atrevimos. Y compruebas, día a día, que te has dedicado a esperar, a esperar, simplemente, que una copa en la mano te dé el valor para enfrentarte a ella.

Sí..., aún la recuerdo.

(Para aquellos que el alcohol, la resaca y el hablar de mujeres es cosa de dos).