sábado, 26 de septiembre de 2020

[ 3' 00" ] Espérame para cenar




Hora del vuelo: 23:05 h

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Miércoles 23, 19:14 h

El puto coronavirus había acabado con mi beca Erasmus, mis ganas de aprender inglés y mi trabajo a media jornada en un kebab de Brighton.

En octubre dejé mi apartamento para ir a vivir con mi chica. A pesar de mi precaria situación, reconozco que prevaleció más la atracción que sentía por Ashia, una bella joven de ascendencia somalí, que la idea de compartir gastos.

Después de casi tres meses viviendo juntos, Ashia perdió el empleo como recepcionista en el Ambassador Hotel, su visado caducó y no tuvo más remedio que volver a Mogadiscio.

Sin clases, sin trabajo, sin pareja, sin dinero y, ahora, sin casa, me planteé volver a España. Decidí dar una sorpresa a mis padres y no decirles que llegaba justo para la cena de Nochebuena.

«Menos preocupaciones, mamá»

A falta de dos semanas para acabar el año, conseguí un vuelo en una aerolínea "Low Cost" y me hice la PCR obligatoria para entrar en España. Al menos, estas fiestas estaré rodeado de mi familia.

Como equipaje, llevo una maleta de 25 kg, repleta de cosas totalmente prescindibles, excepto lo más importante... los buenos recuerdos que, por suerte, no pesan.

Sobre la mesa de la cocina, debidamente ordenados, he dejado el billete de avión, el pasaporte, el resultado de la PCR, un par de barritas energéticas y mis últimas 40 libras.

Rebuscando en los armarios solo encontré una pequeña mochila Kanken de color rosa, seguramente, olvidada por alguna amiga cursi de Ashia. Estaba claro que no compaginaba con mi parka de Hilfiger, pero no tenía más opciones, o eso o llevar mi "equipaje de mano" en una bolsa de plástico.

El punto de "no retorno" fue cuando cerré la puerta del apartamento que había alquilado Ashia y dejé las llaves en el buzón de su casero. Una vez en la calle, no quise ni mirar atrás, no fuese a saltarme alguna lágrima. Por suerte, mi Uber ya estaba esperando para llevarme al Aeropuerto de Southampton.

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Miércoles 23, 21:20 h

He llegado pronto, como siempre, no me gusta ir a la carrera. Por cierto, acabo de recordar que aún no he cenado. Me paro a tomar un café expreso y un sándwich vegetal, mientras escucho mi último noticiero de la BBC.

A pesar de mis 24 años y estar en plena forma física, siento decir que ya estoy cansado de tanto arrastrar esta pesada maleta. Aún falta una hora para el embarque pero decido ponerme en la cola para facturar mi equipaje. Otras 32 libras menos por exceso de peso.

«¡Ufff, por fin libre de tanta carga!»

Con tan solo mi mochila, decido adentrarme en la zona de los Duty-Free. Está claro que esos precios son totalmente incompatibles con lo que llevo en la cartera, así que solo puedo pararme y disfrutar de los animados escaparates navideños. ¡Espero que no me cobren!

Ya solo queda asegurarme de que no me falta nada. Una última comprobación entre mis cosas y...

«¡Todo en orden!»

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Miércoles 23, 22:30 h

Una vez en la cola de embarque, ya me relajo. La fila no es muy larga; está claro que con esto del coronavirus la gente no se decide a viajar.

Un policía me pide el pasaporte y me pregunta cuatro cosas sin importancia.

«Por suerte, no tengo pinta de terrorista.»

Se acerca el perro, olisquea mis zapatos, da una vuelta a mi alrededor y se sienta frente a mí.

«¡Qué majo este perro, quiere que le acaricie! Una lástima que no tenga una golosina.»

De repente, dos policías se acercan y me piden, amable pero contundentemente, que salga de la fila y les acompañe.

«¡Pero si ya estoy en la puerta de embarque!
¡Soy el siguiente!»

Vuelven a repetirme que les acompañe.
Uno de ellos, se cuadra frente a mí y en perfecto español, con acento andaluz, me dice:
—¡Acompáñeme y traiga su equipaje! —este acaba de llegar de Gibraltar, pensé.

Con un policía delante y otro detrás me llevan a una sala más parecida a una enfermería que a un calabozo.

—El perro ha detectado sustancias en su equipaje —me dice el agente que habla español. Me echo a reir, la única vez que probé un porro fue en un viaje de estudios antes de acabar la carrera y del colocón que me dio no lo volví a probar.

—Deposite todos sus objetos en esta bandeja.

Llaves, pasaporte, informe PCR, cartera, el poco dinero suelto que llevo, el móvil. Vacío la mochila y mis bolsillos.

«Todas mis pertenencias no ocupan ni media bandeja.»

A continuación dejan la bandeja en el suelo y, nuevamente, el perro se pone a olisquear. Esta vez no se sienta, no detecta nada en la bandeja, el agente me acerca el perro, me olfatea y tampoco se sienta.

«Creo que eso es buena señal.»

Cuando se acerca a la mochila, empieza a ladrar. Me ordenan que vacíe la mochila, le doy la vuelta del revés y no cae nada. Más vacía no puede estar... o sí.

Sacan un hisopo, o sea, el típico bastoncillo de la serie CSI. Lo restriegan por todo el interior, especialmente por las costuras y lo meten en la máquina de análisis de estupefacientes.

Unos instantes después aquella infernal máquina empieza a pitar: positivo en opiáceos, positivo en opiáceos.

Los veinte minutos que vinieron a continuación prefiero obviarlos. Digamos que me hicieron una revisión "en profundidad" y, como era de esperar, no hallaron nada.

Esta vez, sin ningún miramiento, metieron todo el contenido de la bandeja en una bolsa de plástico y me acompañaron de nuevo hasta la puerta de embarque. Allí me dejaron frente a la gran cristalera.

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Miércoles 23, 23:08 h

Las puertas cerradas, mi avión iniciando el despegue y yo en tierra, sin equipaje, sin apenas dinero y todos los vuelos cancelados indefinidamente por culpa de la nueva cepa de coronavirus.

Para colmo, por megafonía dan indicaciones para abandonar las instalaciones, al menos, eso me pareció entender en la lengua de Shakespeare.

«Ya decía yo que trabajar con un mexicano, dos turcos y un pakistaní no era la mejor manera de aprender inglés»

Cinco minutos después, las persianas de la cafetería y los Duty-Free estaban bajadas. Debería salir del aeropuerto en menos de diez minutos pero sin dinero y sin tener a donde ir, decido quedarme a pasar la noche en una de las innumerables salas de espera.

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Jueves 24, 00:52 h

Ya veis, amigos, aquí me encuentro el día de Nochebuena, solo y atrapado en un aeropuerto vacío, cenando una barrita energética y leyendo vuestros cuentos de Navidad.

Gracias por estar ahí y compartir.

Creado especialmente para el grupo: 

"Cómo escribir relatos cortos y divertirse". 

Reto cumplido

FELICES FIESTAS y cuidaos!!!

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Viernes 25, Día de Navidad, 10:08 h

«Buenas noticias. ¡Por fin he podido salir de Reino Unido!»

Con 4000 camiones atascados en la frontera de Calais, queriendo entrar en Inglaterra, he tenido la suerte de encontrarme con un camionero asturiano que ya está de regreso.

Entre polvorones, sidra y villancicos esperamos llegar antes de las uvas de Nochevieja. ¡Feliz Año!

Esteban Rebollos (Diciembre, 2020)



sábado, 8 de agosto de 2020

[ 2´ 20" ] A corazón abierto




Cerca de la media noche, una notificación en su móvil le informaba de un nuevo mensaje en la bandeja de entrada. Sin embargo, ese ahogado pitido y la monótona luz intermitente no llamaron su atención hasta que la alarma de las seis de la mañana le despertó de su profundo sueño.

Había llegado la confirmación que tanto esperaba; por fin, veía cumplido el deseo de formar parte de la "Agencia Estatal de Trasplantes de Órganos". Desde que su mujer envió la solicitud, veinte meses antes, había asistido a una entrevista inicial, dos controles médicos, una prueba de esfuerzo, un riguroso estudio psicológico y, finalmente, a un bufete de abogados. Todo ello, de acuerdo a los estrictos protocolos establecidos por la agencia.

Animado por su esposa, comenzó a realizar ejercicio habitualmente. La rutina diaria estaba compuesta por un suave precalentamiento, una carrera de ocho kilómetros y, para finalizar, diez minutos de estiramientos. Esa actividad le ayudaba a reducir la ansiedad y la depresión que arrastraba desde que dejó de trabajar. El mismo recorrido, en el mismo tiempo; por supuesto, nada que requiriese un esfuerzo extra para su corazón. Debía mantenerse en buena forma.

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Cuarenta minutos después, llegó sudoroso a su chalet. Tras una ducha de agua templada, se vistió con ropa cómoda y preparó un café sin azúcar. En esta ocasión, optó por abrir el mensaje desde el MacBook de su despacho y con un sencillo "doble clic" ejecutó el programa informático de la agencia de trasplantes.

Una colorida presentación de bienvenida se inició automáticamente al introducir su clave personal. Más tarde, repasó las condiciones legales, ojeó el código deontológico de la agencia y, por último, accedió a lo que más le interesaba: el listado de precios. Apoyó el dedo índice en la pantalla y fue arrastrándolo, hacia abajo, en busca del apartado de "Enfermedades cardiacas", dentro del epígrafe: "Donaciones incompatibles con la vida".

Comprobó que la cifra asociada a esta intervención era la más alta de la lista:
Trasplante de corazón: 420.000 € más un "bonus" por calidad. Miró a su alrededor y constató el alto nivel de vida que disfrutaba su familia, por eso, la cuantía le pareció razonable. No tuvo duda de que se lo podía permitir.

Esperó a que su mujer y sus hijos despertasen para darles la buena noticia. Todos le felicitaron por haber sido aceptado en el programa de trasplantes. Su esposa le abrazó e, incluso, derramó alguna lágrima de alegría antes de proseguir con sus actividades cotidianas.

Un mes después, por fin, había decidido someterse a la operación. Tras recibir el beneplácito de su familia, se puso en contacto con la agencia estatal y, en apenas una semana, todo estaba dispuesto para la intervención.

El renombre adquirido por la agencia garantizaba que disponía de equipos médicos de primer nivel, expertos cirujanos y, todo ello, a precios más que razonables. Además contaba con un inmejorable "servicio postoperatorio" en todas sus franquicias.

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Tras cuatro interminables horas, todo había salido como estaba programado. Incluso, el cirujano jefe se acercó hasta la sala de espera para felicitarme por la buena calidad del corazón de mi marido.

Al día siguiente, una notificación en el móvil me informó del ingreso en mi cuenta de la cantidad estipulada en el contrato, por supuesto, incluyendo el "bonus" por calidad. Algo más de medio millón de dólares que aliviarán mis ya preocupantes deudas, al menos, durante un par de años.

Ahora, el corazón de mi marido late en el pecho de otra persona y, gracias a eso, mis hijos y yo seguimos disfrutando de una vida de lujo.

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Acabo de recibir un emotivo mensaje del receptor del trasplante; agradecido por la generosidad de mi esposo y la excelente calidad de la "mercancía", desea conocerme.

Debo pensar en mi futuro y no puedo desaprovechar esta nueva oportunidad.

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Y, por supuesto, todos mis maridos
siempre me han querido
"a corazón abierto".

Esteban Rebollos (Agosto, 2020)

viernes, 7 de agosto de 2020

[ 2' 40'' ] Cadena de favores - Serie Maine (VIII)




Dawson, ¿Recuerda que me debe una?


- Sí, claro, jefe... ¿A quién hay que romperle las piernas?

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A pesar de todo lo que pudiera parecer, desde hace dos décadas, los índices de delincuencia en Bangor siguen una curva descendente. Está claro que la corrupción del Departamento de Policía no se refleja en las estadísticas oficiales. Aunque los métodos utilizados por el sheriff son poco ortodoxos, nadie duda de que es altamente eficaz controlando su ciudad.

A primera hora de la mañana, un aviso del agente James Dawson informó sobre un extraño incidente en la mansión de un reconocido abogado de la ciudad.

En esta ocasión, la comitiva formada por el coche patrulla y el equipo forense, iba precedido por el todoterreno particular del sheriff. Todos ellos atravesaron las tranquilas calles del centro de la ciudad sin apenas llamar la atención. Si querían realizar su trabajo eficientemente debían llegar antes de que los medios de comunicación emitieran las imágenes en los informativos de la mañana.

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La primera vez que empuñó un arma apenas tenía siete años y, desde entonces, no había dejado de matar. Primero fueron lagartijas y pequeños pájaros, a continuación jabalíes y ciervos, más tarde, varias misiones en la Guerra del Golfo y ahora acababa de disparar contra un hombre blanco en su propia casa.

- ¡Qué coño ha pasado! ¡A ver cómo explico esto! - se dijo Dawson, con la pistola, aún humeante, en sus manos.

Al ver el estado del cuerpo que se encontraba a sus pies, se dio cuenta de que no lo solucionaría sin pedir ayuda.

Cuando el sheriff llegó a la mansión, no pudo reprimir su enfado. - ¡Joder, Dawson... Se trataba de un pequeño susto, no de vaciar el cargador!

Como en ocasiones anteriores, el Departamento de Asuntos Internos abriría una investigación que finalizaría, como mucho, en una amonestación administrativa y uno o dos meses sin sueldo. En su defensa, declararía que el joven abogado le atacó, sin motivo aparente, tras abrirle la puerta.

Aún, así, no podía cometer ningún error o su carrera como agente de la ley sería historia. De todos modos, a James Dawson no le importaban las sanciones sino la palmadita de aprobación que recibiría de su jefe y amigo, el sheriff Raymon Stalker.

No era el primer trabajo de este tipo que realizaba. Ya había roto brazos, partido piernas e incluso asesinado por encargo antes, pero, en esta ocasión, reconocía que se le había ido de las manos.
Una vez más, Dawson habló con el supervisor del Dpto. de Recogida de Muestras y dijo eso que tanto odiaba, "Hoy por mí, mañana por ti". Una hora más tarde, entre las pruebas ya se encontraba un cuchillo de grandes proporciones, una bolsita de polvo blanco y una listado de traficantes de poca monta.

Estas falsas evidencias permitían desviar la atención sobre el verdadero motivo de la muerte del abogado y, así,  crear una nueva línea de investigación ficticia.

El hecho de que el fallecido fuera un hombre blanco, de rasgos caucásicos, evitó que la expresión "brutalidad racista" apareciera en la portada de los diarios y, con ello, los habituales disturbios en las ciudades del país.

Oportunamente, el informe de la autopsia también confirmó la versión inicial de que el joven se encontraba bajo los efectos de las drogas en el momento de su muerte. Ahora James le debía otro favor más al forense.

Y ya por último, un fallo en la cadena de custodia de pruebas facilitó la desaparición de unas fotos escandalosas entre la exmujer del sheriff y el joven fallecido.

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- ¡Ray, cariño, te dije que le rompieses las piernas, no que le mataras!

- Pero, ¿por qué?

- No podía permitir que el muy cabrón me dejara por una jovencita - dijo Madison, mientras se subía en el Mercedes SLK que un día perteneció al abogado.

- ¡Me debes una, Maddie! - exclamó el sheriff, esbozando una sonrisa de complicidad.

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Tras veinte años de matrimonio, dos hijos y un divorcio, Raymon y Madison nunca han dejado de tener sus encuentros amorosos. A pesar de todo, aún confían el uno en el otro y, por supuesto, no dudan en pedirse toda clase de favores.

Esteban Rebollos (Agosto, 2020)





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sábado, 25 de julio de 2020

¿Qué leer cuando no sabes qué leer?


En ocasiones he visto muchas solicitudes del tipo "no sé qué leer, ¿qué me recomiendas?".

Y yo te preguntaría:
¿Qué tipo de lectura te interesa?
¿Qué edad tienes?
¿Qué quieres aprender?

Entre otras muchas opciones, podría recomendarte una novela negra, romántica, policiaca, de suspense, de misterio, erótica, poesía, histórica o, algo distinto como un texto científico, religioso, un libro de autoayuda, un prospecto de un medicamento o, incluso, un manual de una aspiradora.

Si tienes dudas, lo mejor es que leas todo lo que caiga en tus manos. Con el tiempo descubrirás lo que más te interesa, lo que más te emociona o lo que te aburre y no eres capaz de terminar por más que lo intentes.

A estas alturas, confieso que he leído algunos libros sólo porque el autor había ganado muchos premios, por una portada llamativa, por ser un "best-seller" o, incluso, por un título explosivo, pero reconozco que la mayoría han sido por la recomendación de algún buen amigo, que conoce mis gustos.

Últimamente suelo leer a escritores noveles, poco conocidos, con ideas nuevas. Mi teoría es: "Si una gran editorial apuesta por ellos, al menos, serán interesantes".

Si has llegado hasta aquí, te agradezco que te interese mi opinión. Seguramente seas un buen lector y tengas claro tus gustos literarios.

Mi consejo es que leas y disfrutes ...y, si cuando acabas un libro te quedas con las ganas de leer más, es que lo estás haciendo perfectamente.

Por cierto, en estos tiempos que estamos viviendo, leed y cuidaos



sábado, 11 de abril de 2020

[ 3' 10" ] Una segunda oportunidad



Había terminado de descargar los sacos de harina y el sudor perlaba su frente. La rutina diaria y la experiencia adquirida durante los últimos cuarenta años le proporcionaban la seguridad necesaria para desempeñar su trabajo con verdadera maestría.

A medianoche, los hornos de cocción del pan llevaban una hora encendidos y, a pesar de que los extractores rendían a plena potencia, el calor ya resultaba asfixiante dentro del local.

Como cada noche, Sergio subió la persiana lo justo para que una corriente de aire fresco logrará disminuir un poco las altas temperaturas dentro del obrador.

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La vida de Martín no había sido nunca fácil, ya desde pequeño aprendió que nadie regala nada y que todo había que ganarlo con esfuerzo. Su carácter se había forjado a base de peleas por lograr una esquina en la que mendigar y una lucha diaria por evitar que los chicos mayores le robasen lo conseguido tras horas pidiendo a las puertas de la iglesia.

A sus catorce años, su rostro no ofrecía ningún atisbo de alegría, pero tampoco de rencor; las únicas marcas visibles en su cara eran un par de cicatrices, recuerdo permanente de una salvaje batalla campal por conseguir un buen sitio donde dormir y un diente mellado por intentar comer un panecillo duro encontrado entre la basura.

Siempre había conseguido librarse de la policía, unas veces por pura suerte, otras al pasar desapercibido por ser el más pequeño del grupo pero, la mayoría de las ocasiones, por su gran intuición al no seguir los malos consejos de los mayores.

Aquella noche decidió adentrarse en un nuevo barrio y probar suerte rebuscando en los contenedores del mayor mercado de la ciudad. Tenía claro que poco encontraría a aquellas horas. Los comercios habían cerrado a las nueve y, a esa hora, decenas de personas ya se agolpaban ansiosas por recoger las sobras del día.

Como temía, poco pudo encontrar. Una manzana machacada y cuatro galletas resecas serían su cena de hoy. Bebió agua de una fuente y, sin nada más interesante que llevarse a la boca, decidió proseguir su camino en busca de un lugar seguro donde dormir.

De pronto, un aroma embriagador a pan recién horneado llamó su atención. La sutil fragancia, al mezclarse con su olor corporal, consiguió que, por un instante, se sintiera limpio.

Pero ya se sabe que el "hambre aviva el instinto" y, en esos momentos, el chico estaba demasiado hambriento. Se acercó a la persiana que estaba abierta dos palmos. Asomó su cara, no vio a nadie y, empujado por ese instinto de supervivencia que  tenemos todos, decidió entrar, arrastrándose de espaldas por un suelo manchado de harina.

Su extrema delgadez facilitó la labor y, en apenas unos segundos, se encontró ante una larga mesa con barras de pan de distintos tamaños y frente a otra en la que se mostraban panecillos dispuestos como soldados en formación, junto a un amplio abanico de bollería.

Por un instante su mente se bloqueó; no supo que opción elegir, si el dulce de los bollos o el aroma de los panes.

-¿Qué haces ahí, ladrón? 

Una voz retumbó tras él. Le habían pillado, nunca mejor dicho, con "las manos en la masa". Su cuerpo escuálido se tensó y solo pudo susurrar un tímido:

-Tengo hambre. Lo siento -. Mientras una lágrima recorría su mejilla.

-¿Cuántos años tienes?

-¡Catorce, señor, y me llamo Martín! -dijo su nombre, más por un acto reflejo que por haberlo pensado.

-¿Así que tienes hambre, no? Bien, pues... acerca ese taburete y siéntate.

-¡Pero, señor! -replicó con cara de asombro.

-¡Qué te sientes, coño! -le ordenó, esta vez con voz contundente.

El joven le hizo caso y se sentó, lentamente, mientras le miraba con cara de incredulidad.

-¿Por dónde quieres empezar? ¿Por el pan caliente, los bollos de chocolate o las rosquillas de azúcar?

El chico miraba al panadero, pero temía que nada más poner su mano sobre uno de los panes le golpease; no sería la primera vez que recibía una paliza por intentar robar algo de fruta en un puesto callejero.

-¡Come de una vez!, ¡El horno está encendido y no tengo toda la noche para que te decidas!

El chico alargó su brazo y, casi sin mirar, cogió lo primero que tocaron sus dedos, un magnífico bollo brillante con pepitas de chocolate en su interior. Lo acercó a su boca y, lejos de devorarlo, lo saboreó como si no hubiese probado bocado jamás. Se permitió, incluso, cerrar los ojos para apreciar mejor su aroma y su delicada textura.

Tras el bollo, comió un panecillo con semillas de sésamo, mordisqueó con cuidado la corteza de un pan recién cortado y bebió un gran vaso de leche.

Diez minutos después, el chico no podía comer más y miró al panadero con cara de agradecimiento.

-¿Sabes que significa esto? -dijo Sergio, clavando sus ojos en los del muchacho -¡No quiero volver a ver tu cara por aquí nunca más! ¡Llévate un par de barras y lárgate de mi vista!

El joven miró al panadero y le contestó:

-¡Gracias, señor!- Deje el pan para el próximo que se cuele. Se lo agradecerá al igual que yo.

Sergio quedó dubitativo; había perdido demasiado tiempo y decidió zanjar el asunto de una vez.

-Tú decides, Martín. Te llevas esas barras o... o vuelves mañana con las manos limpias.

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Hoy soy yo aquel muchacho quien, veinte años después, continúa el legado de Sergio, carga los sacos de harina y espera, cada noche, que un joven se cuele bajo la persiana para darle una segunda oportunidad.

Esteban Rebollos (Abril, 2020)

domingo, 27 de octubre de 2019

El lugar donde me gustaría estar...




Seguro que tienes un lugar que te regala paz, que se convierte en ese "refugio" donde te sientes a salvo, aunque la vida te quiera robar la calma...

Seguro que tienes un libro, o incluso un relato corto, que mientras lo lees, piensas, "no se da cuenta pero lo ha hecho para mí, si yo supiera, también hubiera escrito lo mismo"...

Probablemente, esa misma sensación también la sientes con algunas personas. Sí, esas que aunque solo sonrían para ti, te salvan de unas cuantas lágrimas y, de repente, son capaces de contagiarte su alegría... esas, que te ayudan sin pedirte nada a cambio, esas que les fluye la letra pero, sobre todo, esas que convencen con sus actos.

Esas que son como una cascada y te llenan de emociones...

Pues si eso te ocurre, quédate cerca...
Ese lugar y esas personas, te hacen bien.


(Palabras de Lau Alonso Pérez)

miércoles, 16 de octubre de 2019

[ 3' 20'' ] Tiempos de escasez


María metió sus pequeñas manos en el saco de lino que guardaba les fabes y fue sacando tantos puñados como comensales tendría al día siguiente. Como era habitual, cinco eran suficientes para satisfacer a un matrimonio con tres hijos, entre los que me contaba yo, con catorce años, y mis dos hermanas pequeñas, Florentina y Violeta.

Mi madre revisó, una a una, cada faba en busca de alguna mancha que delatara la presencia del "cocu", luego, tras descartar las dañadas, las introdujo en la olla y la llenó de agua hasta cubrirlas por completo. Les fabes pasarían la noche a remojo, empapándose, aumentando de volumen y, así, obteniendo una piel tersa y, al parecer, según dicen, más blanca.

Al día siguiente, como si de un efecto óptico se tratara, los cinco puñados parecían casi el doble. Mi madre se había levantado temprano para hacer sopas de ajo, que mi padre, Ramón, desayunaba habitualmente; un plato contundente para afrontar las horas que estaría en la mina barrenando la dura roca.

Mi madre le preparó un bocadillo de tortilla de patatas porque, cuando le brindaban la oportunidad, mi padre doblaba jornada para traer un sueldo mayor a fin de mes y, ese bocadillo sería su único sustento. Más tarde, hirvió la leche, extrajo las natas y tostó varias rebanadas de pan sobre la chapa de la cocina de carbón. Virtió un poco de malta y rellenó los tres tazones con leche, untó el pan con las natas y las espolvoreó con un poco de azúcar, conseguido de estraperlo. Aquel sería nuestro desayuno antes de partir hacia la escuela.

Tras quedarse a solas, era el momento de empezar con los preparativos de la comida y la limpieza de la casa. Vació el agua de la noche y rellenó la olla con agua fría, añadió una cebolla, tocino, chorizo y una morcilla mediana. Colocó la olla en el extremo más alejado de los aros que componían el llar, junto a la pared del tiro de la chimenea. Permanecería allí durante horas, medio olvidada, siempre lejos del intenso calor de las brasas. Entre tanto, María aprovechaba el tiempo para realizar las tareas matutinas, típicas del ama de casa.

De vez en cuando se acercaba hasta la cocina para echar un vistazo. El secreto de una buena fabada consistía en agitar la olla con cariño, "asustar les fabes" con medio vaso de agua fría cada vez que empezaban a hervir e introducir la cuchara de madera únicamente para probar el caldo, por si requería una pizca de sal. Por supuesto, la mera idea de remover los ingredientes mientras se cocinaban se hubiese interpretado como un sacrilegio.

Las horas pasaban y, en el interior de la olla, los ingredientes se cocían a fuego lento. El caldo en ebullición difundía un aroma penetrante, impregnando de un intenso olor a compango no solo la cocina, sino los lugares más recónditos de la pequeña casa.

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El capataz tenía sus trabajadores preferidos y, entre ellos, se encontraba mi padre; picadores que en una jornada realizaban más del doble de la tarea que hacían otros. Pero el capataz también era un hombre justo, conocedor de que el sueldo de los picadores era escaso, intentaba repartir los tajos equitativamente. Esa conducta no solo contribuía a evitar rencillas entre los compañeros por las diferencias de sueldo, sino que contribuía a ser mejor valorado ante sus superiores.

Lamentablemente, ese día Ramón no tuvo suerte y no formó parte de los mineros que alargaron su jornada, así que volvió con su bocadillo bajo el brazo. Llegó sudoroso tras subir la empinada rampa que unía la carretera con el grupo de pequeñas casas que componía nuestra aldea. Era una subida de tierra y piedras sueltas, adecentadas por los propios vecinos en las múltiples sextaferias realizadas después de la guerra. Este año, antes de que llegase el otoño tendrían que reunirse para reparar algún pequeño tramo que las primeras lluvias de primavera habían agrietado por completo.

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A las cuatro en punto la comida estaba sobre la mesa. La fabada había pasado de la olla a una fuente de loza, único vestigio de los escasos regalos de boda que perduraron tras la guerra.

Nuestro padre se servía primero. Troceaba el chorizo, al igual que la morcilla, en cinco partes y rebuscaba los trozos más pequeños para depositarlos en su plato. Después se echaba apenas tres cucharadas de fabes y rellenaba el plato con caldo casi hasta el borde. Luego nuestra madre repartía al resto. Primero me servía a mí, supongo que por ser el hijo mayor. Sin apenas disimulo se entretenía buscando los mayores trozos de compango para echarlos en mi plato. Mi padre la miraba y cuando ella volvía la vista, le hacía un gesto de aprobación. A continuación servía dos buenas raciones a mis hermanas, mientras que ella se echaba el resto del caldo, una cucharada de fabes y los pocos trozos desmenuzados de chorizo y morcilla que aún quedaban en el interior de la fuente.

Mi padre decía: "Antonio solo tien que crecer y facese un home... Metelu na mina ya ye cosa mía", mientras apoyaba su mano en mi hombro y sonreía a mi madre.

Sin apenas hablar, comíamos todos en silencio. Los platos se rebañaban con trozos de pan, a veces de trigo, a veces de centeno, a veces, como ese día, con el pan del bocadillo que mi padre no tuvo oportunidad de comer.

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Aunque la guerra había terminado hacía algunos años, aún seguían siendo tiempos de escasez.

Cuando cumplí dieciséis, mi padre hizo realidad su promesa; habló con el capataz y empecé a trabajar en la mina. Al principio, como peón en el exterior, después como ayudante minero dentro de la galería, más tarde "posteando" en las rampas y al final, junto a mi padre como barrenista.

A partir de entonces, comenzaron mejores tiempos; dos sueldos en casa y cuando doblábamos, casi tres. Hoy en día, cuarenta años después, al olor de una fabada recuerdo aquella olla, aquel aroma intenso y, sí, a pesar de todo, echo de menos aquelles fabes de antaño.

(En recuerdo de mis abuelos, Ramón y María, y de mis tíos,  Antonio y Violeta)

Esteban Rebollos (Octubre, 2019)


viernes, 12 de abril de 2019

[ 4' 45'' ] La casualidad no existe




Amanda, ¿eres una bruja o una timadora—le preguntó el inspector en su primer encuentro. En aquella ocasión, la pequeña aún no conocía la respuesta.

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La primera vez que tuvo una visión apenas tenía doce años. No supo explicar a su madre como unas imágenes tan aterradoras se habían apoderado de su mente y una sensación de inquietud le había despertado. Ante la insistencia de la pequeña, la madre decidió llamar a la policía. En menos de veinte minutos, un coche patrulla llegó a las puertas de la casa y dos hombres uniformados se las llevaron para prestar declaración en la comisaría más cercana. Nunca se habían sentido tan avergonzadas ante las miradas inquisitivas de los vecinos. Una vez en presencia del inspector, no pudieron dar una explicación convincente de como la pequeña Amanda conocía el paradero de dos cadáveres en plena Sierra de Madrid, más aún, cuando nadie había alertado sobre su desaparición. Desgraciadamente, tres días después encontraron los cuerpos congelados de dos excursionistas bajo los restos de un alud. A pesar de todo, algunos altos mandos de la policía consideraron el acierto de la niña solo una mera casualidad.

Durante las siguientes semanas, una actividad febril se apoderó de la mente de Amanda; era raro el día que no se despertaba con algún presentimiento. A veces, se frustraba porque las sensaciones percibidas eran tan ambiguas que no sabía interpretarlas y otras, en cambio, lograba dar indicaciones precisas para dirigir una brigada de salvamento en plena noche. Comprobó que con la ayuda de ansiolíticos descansaba mejor y sus predicciones eran más acertadas. Esa fue una época en la que todo formaba parte de un aprendizaje.

Veinte meses después, un aviso al 112 alertaba de la desaparición de un vehículo con tres personas en su interior. Carlos, Inés y su pequeño de dos años, Álex, no habían regresado de una corta escapada de fin de semana. Por aquel entonces, la policía ya había constatado el alto grado de aciertos de Amanda y decidió aprovechar sus habilidades psíquicas para localizar a la familia lo antes posible. Para ello, le mostraron algunas prendas de vestir y juguetes del pequeño que se encontraban en casa de los abuelos. La policía pretendía "acelerar" el proceso de localización. Como era de esperar, esa misma noche, Amanda entró rápidamente en un duermevela propicio para sus visiones y así, reveló que el coche se había precipitado por un barranco en Despeñaperros, tras salirse en una curva. Efectivamente, unas horas más tarde, hallaron el vehículo oculto bajo arbustos y maleza. Allí encontraron el cuerpo malherido de Álex junto a sus padres, medio moribundos. Por suerte, aunque con graves lesiones, todos consiguieron salir con vida de ese terrible accidente. Se había abierto una nueva vía de colaboración en la búsqueda de personas desaparecidas.

Por desgracia, algunas visiones llegaban demasiado tarde, cuando la víctima había perecido; esto dejaba una sensación agridulce en Amanda. Por una parte se entremezclaba el dolor por no haber podido salvar esa vida, con el hecho reconfortante de que los familiares recuperaran el cuerpo para darle, al menos, un digno final. En cambio, cuando averiguaba el paradero de una víctima que aún seguía viva, una sensación de bienestar la envolvía, la adrenalina recorría su cuerpo, y, como si de una droga se tratase, la motivaba más para seguir empleando sus habilidades.

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¡Ayúdame a salir de aquí! —oyó decir. Aunque estaba convencida de haberlo soñado, el grito de la chica le pareció real y lo suficientemente intenso como para despertarla. Amanda descolgó el teléfono y marcó el número al que tantas noches había llamado.

¿Inspector? La chica está en un pozo, rodeada de aceite. Muy cerca del lugar de la desaparición. Dense prisa. Aún está viva. —y colgó. Esas fueron sus únicas palabras; no dio opción a que el inspector Álvarez le hiciera una pregunta. Sabía por experiencia que cualquier otra información en esos momentos era superflua y un pequeño comentario podía entorpecer en la investigación. Amanda se vistió a sabiendas de que ya no volvería a retomar el sueño y, como en ocasiones anteriores, se dirigió caminando hacia la comisaría.

Atendiendo a la presión social por conocer todos los entresijos de la noticia, se decidió habilitar el pabellón municipal de deportes de Las Rozas para dar una rueda de prensa. Al día siguiente, decenas de medios de comunicación se concentraron para atender a las explicaciones de la policía sobre la liberación de una chica, secuestrada la semana anterior, en ese mismo barrio. A las dos de la tarde, los informativos de todas las cadenas conectaron en directo con la improvisada sala de comunicaciones.

En los televisores de toda España aparecían el subdirector general del Cuerpo Nacional de Policía y el delegado del Gobierno en Madrid sentados en el centro de la mesa, mientras que al verdadero cerebro de la operación, le relegaron a uno de los extremos. Eso no era lo que más enojaba a Amanda, sino que tras media hora dando explicaciones sobre el asalto a una nave industrial por parte de un grupo de operaciones especiales, la captura de los secuestradores y la posterior liberación de la joven, no habían agradecido la colaboración del inspector. Al menos, respetaron la voluntad de Amanda de mantenerse en el anonimato, básicamente, porque las estadísticas mostraban un increíble 94% de casos resueltos desde que contaban con su ayuda.

Amanda, sentada a escasa distancia de un televisor de cuarenta pulgadas y enfadada por el trato mostrado hacia su amigo, posó la mano sobre la pantalla y arrastró sus dedos hasta pararse sobre el demacrado rostro del inspector Álvarez. Por un instante creyó notar una sensación desconocida hasta entonces; quizás experimentaba ese sentimiento llamado "amor", aunque pronto comprendió que se trataba únicamente de una ilusión.

"¡Estáis en peligro! ¡Salid de ahí!". Una notificación en forma de luz parpadeante junto con un corto pitido alertaron de la llegada de un aviso. El inspector Álvarez volteó su móvil, leyó atentamente el mensaje y desenfundó su pistola bajo la mesa.

De pronto, uno de los reporteros de la primera fila dejó caer su micrófono, abrió su chaqueta y mostró lo que era, sin duda alguna, un chaleco explosivo. El terrorista gritó algo en un idioma irreconocible, pero, fuese lo que fuese, no tuvo tiempo de acabar la frase. El inspector Álvarez alzó su arma, apuntó a la cabeza del individuo y realizó un disparo certero. Su cuerpo cayó de espaldas sobre el resto de los periodistas.

Tras unos segundos de desconcierto, un tímido aplauso, iniciado con titubeo desde una de las últimas filas, se convirtió en una gran ovación en apoyo de la rápida respuesta del inspector. Los destellos de las cámaras fotográficas inmortalizaron el momento y los titulares de los principales diarios del día siguiente se centraron en una sola noticia, la heroica actuación del inspector Ernesto Álvarez.

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En la puerta, un letrero recuerda que el nuevo subdirector general del Cuerpo Nacional de Policía es aquel inspector Álvarez. Lo primero que llama la atención al entrar en el despacho es un gran retrato de Amanda sobre la vitrina de las medallas; esta es la manera de darle las gracias por su ayuda, no solo por salvar su vida, ni por influir en su meteórico ascenso sino por continuar con la misión de encontrar personas desaparecidas.

Amanda también tiene su propio despacho, mucho más modesto y, por supuesto, bien lejos de la comisaría. Ahora, vive en un bonito chalet con vistas a Navacerrada para sentir el fresco aire de la sierra. A pesar de la lejanía, siempre está conectada al teléfono del subdirector general.

En las paredes de su despacho no hay retratos, ni medallas, ni diplomas que le recuerden quién es. En esas paredes despobladas solo destaca un cartel con un texto motivador: «La casualidad no existe», en clara alusión a la labor que realiza con sus premoniciones.

Diez años después de aquel primer encuentro, Amanda Ochoa y Ernesto Álvarez siguen en contacto. Ella pasa habitualmente por las dependencias policiales, pero ahora, en calidad de "asesora" del Centro Nacional de Desaparecidos, un eufemismo para no reconocer que se trata de una vidente al servicio de la policía. Aquellos que pensaron que sus logros eran cuestión de suerte, ya han cambiado de opinión.

Efectivamente, diez años después, ambos conocen la respuesta a aquella primera pregunta.


Esteban Rebollos (Abril, 2019)


viernes, 15 de marzo de 2019

Confieso que te he sido infiel


Desde hace unos meses, miro a otras, paso el tiempo con ellas, pero créeme, sigo pensando en ti. No es tu culpa, ni mis gustos han cambiado, ni tampoco quiero hacerte daño.  Quizás, ahora, necesite probar nuevas experiencias.

Siento reconocer que te he sido infiel y no creas que intento justificarme pero las circunstancias que nos rodean han facilitado este desliz.

Han sido muchas y, sinceramente, no recuerdo todos sus nombres, ni tampoco recuerdo dónde las conocí.

Cada noche te miro, tan cerca de mí, esperando obtener mi atención y, poco antes de dormir, prometo que mañana será distinto, que encontraré tiempo para estar contigo.

Perdóname, desde hace meses no hago otra cosa que ver series.

Te he sido infiel con "Peaky blinders", "Mindhunter", "True detective", "Breaking bad", "Luther", "Broadchurch", "La casa de papel", "El puente" y un largo etcétera. 

Si me lo permites volveré a ti para tenerte en mis manos, pasar tus hojas, leer tus capítulos, en fin, vivir lo que tu vives y sentir lo que tu sientes. 

Mañana será distinto, lo prometo.

Esteban Rebollos (Marzo, 2019)



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Algunas series vistas (por orden alfabético ...para no perderse) - Actualización Diciembre 2023

- 1883

- 1923

- Atrapados

- Black mirror

- Breaking bad

- Blacklist

- Broadchurch

- Chernobyl

- Cobra Kai

- Collateral

- Cómo defender a un asesino

- Creedme

- Doctor Foster

- El abogado del Lincoln

- El alienista

- Elementary

- El cuento de la criada

- El embarcadero

- El hombre en el castillo

- Élite

- El juego del calamar

- El puente

- El marginal

- Gambito de Dama

- Ghost wars

- Hanna

- Happy valley

- Hermanos de sangre

- Homeland

- Jack Ryan

- Killing Eve

- La casa de papel

- La mantis

- La víctima número 8

- Lupin

- Luther

- Making a murderer

- Manhunt: Unabomber

- Manifest

- Mar de plástico

- Mare od Easttown

- Marginal

- Mindhunter

- Mr. Mercedes

- Mr. Robot

- Ozark

- Paranoic

- Peaky blinders

- Poker face

- ¿Quién es Anna?

- River

- Sense 8

- Sherlock

- Sucesor designado

- Stranger Things

- Taboo

- The Bletchley circle

- The end of the f***ing world

- The Frankenstein chronicles

- The old man

- The rookie

- The sinner

- True detective

- Tulsa king

- Vikingos

- Westworld

- Yelowstone

- You

- Zona fronteriza